La política del amor y el soy porque somos

Gustavo Petro y Francia Márquez. Foto: Javier Sulé

En un país colmado de racismo, clasismo, colonialidad y exclusiones ¿no son indispensables grandes dosis de amor para superarlos? ¿No es necesario recordarnos a cada momento que soy porque somos?

La política del amor es una de las ideas fuerza de Gustavo Petro. El soy porque somos es el contenido y el nombre del movimiento político de Francia Márquez Mina. La confluencia de estos dos pensamientos es una de las particularidades más importantes de esta fórmula presidencial elegida por los colombianos para presidir su primer Gobierno popular.

En la indescriptible realidad garcía marquiana de las últimas siete décadas de Colombia, en las desmesuras de su corrupción y descomposición, en la deriva que tomaron las múltiples violencias y las economías ilícitas, en esas ciénagas de odio y violencia a las que llegamos y en las condiciones adversas en que discurrió la campaña electoral percibo que la confluencia de esos dos pensamientos jugó un papel importante en su triunfo político.

Para muchos de sus seguidores o simpatizantes, la duda no era si se podían ganar las elecciones, sino si las élites les reconocerían la legitimidad de su triunfo y les dejarían subir al Gobierno. Porque fue una batalla con toda la oligarquía y la clase dirigente, los grupos de poder, con los poderes del Estado, del dinero y sus agencias políticas. Porque el presidente, el comandante general de las Fuerzas Armadas, los jefes de los organismos de control del Estado intervinieron en su contra y porque los dos recibieron amenazas de muerte. Hubo un paro armado de los paramilitares en muchos municipios y departamentos. Hubo detenciones injustificadas de jóvenes que salieron a las protestas del último paro nacional. Se temía el fraude en el conteo de los votos. Se temía un golpe de Estado. Se temía un magnicidio.

En ese clima político y moral, la política del amor y el soy porque somos generaron sentimientos y energías que contribuyeron a mantener la esperanza, abrieron puertas, tendieron puentes de atracción. Para millones de excluidos durante toda la historia, para las víctimas del conflicto armado, del racismo, de la colonialidad del poder, quizás intuitivamente, sin plena conciencia de ello, esas ideas ejercieron alguna seducción. Para muchos que no compartían las propuestas del Pacto Histórico, pero tampoco aceptaban la continuidad hacia el abismo, esas palabras fuerza quizás contribuyeron a bajar un poco el odio y las prevenciones.

Para algunos, puede que esas dos expresiones no tengan importancia, sean apenas una consigna más como tantas otras, un adorno al discurso sin un significado especial. Pero intentemos reflexionar sobre unas preguntas.

En un país con tantos discursos de odio, masacres y asesinatos permanentes de líderes sociales, ambientales y luchadores por la paz ¿no juega un papel importante la invitación al amor?

En un país en donde la derecha y la izquierda apenas se empiezan a reconciliar ¿no son necesarias mega-toneladas de amorosidad, de políticas del corazón, de soy porque somos?

En un país colmado de racismo, clasismo, colonialidad y exclusiones ¿no son indispensables grandes dosis de amor para superarlos? ¿No es necesario recordarnos a cada momento que soy porque somos?

Aquí, donde el Estado tiene unas herencias, unas costumbres, unas inercias y unos aparatos hiper armados que no reconocen los derechos del otro, la otra, ni de la naturaleza; aquí en una sociedad que se dice cristiana, que adora a Jesús, que ora todos los días ¿es trivial inventar una política del amor?

¿Podemos ser potencia de la vida sin amar a la vida? ¿Podemos mitigar y adaptarnos al recalentamiento del planeta sin desplegar el amor a la Madre Tierra? ¿Podemos hacer las paces con la insurgencia que queda, y con la contrainsurgencia que permanece, sin acudir al diálogo y a la fraternidad que son expresiones del amar?

La emoción del amar, que es el reconocimiento y la aceptación del otro como legítimo en nuestra convivencia, es algo que atrae, que desarma los espíritus, crea simpatía, desata sinergias. El “soy porque somos” es invitar al “soy porque tú eres”, al nosotros, al estar juntos, a la reciprocidad, al construir entre todos. Es vivir en la cooperación, en un paradigma relacional y no en la competencia despiadada y salvaje del capitalismo especulativo y rentista. Es revertir la negación del otro, la otra. Es la síntesis de la cosmovisión del vivir sabroso. Es recuperar la comunidad. Recuperar las culturas, las cosmovisiones, los pueblos originarios y negros que siguen siendo negados desde la colonia y, hasta hoy, en la República.

Si esa confluencia de la política del amor y el soy porque somos se constituye en una corriente que se afianza en los miembros del Pacto Histórico y en los movimientos sociales, si gana terreno en la cultura política del país, si ilumina hasta donde sea posible la resolución de las tremendas dificultades que afrontará este Gobierno, si es tenida en cuenta y equilibra en alguna medida el pragmatismo que requiere cualquier gobernabilidad, este Gobierno marcará una diferencia cualitativa con todos los demás Gobiernos del mundo tanto de derecha como de izquierda.

José Aristizábal G.

Escritor colombiano. Estuvo varios años exiliado en Barcelona y durante ese tiempo formó parte de la Taula Catalana per la Pau i els Drets Humans a Colòmbia, vinculado a diferentes organizaciones que trabajan por la paz y los derechos humanos.

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