Las Patronas: vida entregada en las vías del tren

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Norma y Leonila Romero son dos de Las Patronas que visitaron Madrid gracias a la Plataforma “A desalambrar”. El encuentro con Las Patronas hace que a una se le rompan los esquemas. Nos habían dicho que había que enseñar a pescar y no dar el pez. Nos habían enseñado que los proyectos tenían que tener objetivos verificables y evaluables, que había que hacer seguimiento a las personas beneficiarias, que eran necesarios estudios de riesgo, compromisos de las autoridades locales… Y, de repente, llegan ellas -gente humilde, gente de pueblo- y se ponen, simplemente, en marcha ante la realidad que pasa enfrente de sus casas. Y lo que hacen es puro Evangelio.

El tren pasa por su pueblo –La Patrona, en Amatlán de los Reyes, distrito del estado mexicano de Veracruz–, pero no es un tren cualquiera, es La Bestia: una máquina inmensa sobre la cual viajan cientos de migrantes cada día. Provienen, sobre todo, de países vecinos, como Honduras, Guatemala o El Salvador y atraviesan durante meses Centroamérica y México para alcanzar la frontera estadounidense.

Un poco de arroz y frijol

Todo empezó en 1995 cuando, al pasar y verlas desde lo alto del tren, “los muchachos” –como ellas los llaman– empezaron a decirles: “Madre, tenemos hambre”. Una de ellas, que volvía en ese momento de la compra, le dio a un chico su bolsa de pan y el brick de leche que llevaba. A partir de ese momento se empezaron a cuestionar. “Esa gente que va ahí no es mexicana, porque tienen un acento muy distinto al nuestro» y se preguntaban de dónde sería esa gente. “¿Por qué no nos organizamos y les hacemos un lonchecito?”.

Prepararon 30 bolsas de comida y, cuando el siguiente tren iba a pasar, se pusieron al lado de la vía para, sin que La Bestia detuviera su marcha, entregárselas a los muchachos. Lo hicieron con sus propios y humildes recursos: cada una puso una cazuela de arroz y una cazuela de frijol. Y aquel lonche les cambió la vida. “No sabíamos que con algo tan pequeño podíamos ayudar a tanta gente”.

Siguieron con 50, pero venían más inmigrantes y no alcanzaba, así que comenzaron a recoger fruta en las fincas y después pidieron ayuda a los supermercados. Las empezaron a llamar “Las Patronas”, por el nombre de su pueblo y por la labor de asistencia y protección que realizaban.

“Nos metían mucho miedo, nos decían que nos iban a meter en la cárcel”, explica una de las mujeres, Norma Romero, que recientemente ha visitado Madrid con el objetivo de dar a conocer el proyecto y sensibilizar ante la realidad de la migración en México. En aquel momento la ayuda a personas migrantes estaba penada en el país –hoy en día ya es legal– y les podían acusar de delito penado con entre tres y seis años de prisión. Pero el miedo no les hizo retroceder.

Así, poco a poco, el proyecto fue creciendo, se fueron implicando más mujeres de la familia y del barrio. Como Leonila Romero, quien también visitó Madrid y que compartió su proceso personal en un acto en la parroquia de Santa Cristina, organizado por el Movimiento Cultural Cristiano.

Un día su tía le dijo que necesitaban más manos, que necesitaban ayuda porque el flujo migratorio estaba subiendo. “La primera vez que fui el tren venía con más de 200 personas”, recuerda Leonila “y no dábamos abasto”. Entonces, al paso veloz del tren, comenzó a dar las bolsas sin medir el miedo a la enorme máquina que pasaba por su lado. “Recibí muchas bendiciones y palabras de agradecimiento de rostros que no volvería a ver en mi vida”, explica. En aquel tiempo, Leonila era una adolescente que nunca se había preocupado por estos temas y que vivía inmersa en las preocupaciones típicas de la edad. Pero la experiencia de compartir este alimento con gente que no conocía la transformó: “Sentí que había estado perdiendo el tiempo antes”.

Actualmente Leonila vive en México D.F. donde trabaja en la oficina de la oficina de la Dimensión de Movilidad del Episcopado Mexicano realizando labores de apoyo a migrantes y de incidencia política.

Una red de ayuda

El empujón definitivo llegó cuando establecieron contacto con la Universidad de Monterrey y cuando el obispo Raúl Vera decidió apoyarlas. Después llegó el documental De nadie (Tin Dirdamal, 2005), que hizo que la historia de estas mujeres sencillas fuera conocida por todo el mundo. “Ahí se vio lo que estábamos haciendo y se visibilizó la situación de estos chicos”, recuerdan. Las Patronas han llegado a la Cámara de Diputados y al Senado para llevar la realidad de lo que está pasando en las fronteras del país.

Al paso del tren Las Patronas entregan comida y agua a las personas migrantes. De esta manera han podido ir ampliando su labor y abriendo albergues –hasta tener hoy en día una red de más de 62 hospedajes– en los que se alojan temporalmente aquellas personas que lo necesitan: migrantes que se caen del tren y se lesionan, personas que vienen enfermas o que sufren extorsión y agresiones durante el largo viaje desde el sur al norte de México. Los acompañan al hospital si vienen lesionados y les curan con los escasos medios de los que disponen.

“Cuando están en la casa se les trata como familia, como hermanos”. Después, cuando ya están repuestos, vuelven a subir al tren y continúan su camino. Al partir, en ocasiones les dejan cartas, dibujos o canciones. “A veces nos llaman para decirnos que cruzaron la frontera y que llegaron bien” y eso es para ellas una gran alegría. Pero la mayor parte de las veces nunca vuelven a tener noticias de estas personas a las que tienden la mano.

También se dan casos más duros, en los que una caída a las vías les provoca la muerte y, cuando esto sucede, si es en su pueblo, Las Patronas reclaman el cuerpo y le dan sepultura digna, ya que en la mayoría de los casos resulta imposible contactar con los familiares de los migrantes.

En esa entrega totalmente desinteresada ya han cumplido 20 años de trayectoria y en ese tiempo las circunstancias han cambiado. “Al principio solo eran chicos jóvenes los que venían en el tren, luego ya empezaron a llegar jovencitas y ahora ya están llegando familias con niños y abuelos”, nos cuentan sorprendidas. “Vemos niños de dos años subidos al tren, madres con sus criaturas… ¿Qué están haciendo los países de origen?”

El rostro de Dios

La zona sureste, en los estados de Chiapas y Tabasco, es la más complicada y se ha desarrollado toda una trama de abuso y extorsión hacia los y las migrantes. “La policía migratoria les quita dinero a lo largo del camino, les cobran 100 dólares por cada parada de tren, en las tiendas les venden los productos más caros, los taxistas y autobuseros les cobran el doble, las mujeres sufren agresiones sexuales…”, relatan.

Por su labor han llegado a conocer las dificultades y las motivaciones profundas de quienes emprenden el proceso migratorio. “La gente no sale de su país por gusto, nadie quiere dejar a su familia y venirse a correr riesgos, esta gente lo único que quiere es trabajo y todo el mundo debería tener derecho al trabajo”. Y, escuchándolas, parece que de fondo se oyen las palabras de Jesús: “Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y las has revelado a la gente sencilla”. Mujeres humildes capaces de ver lo que los gobiernos y las organizaciones internacionales no ven.

“No queremos formar una asociación”, reconocen, porque les da la sensación de que sería como decirle a Dios que ya no le necesitan, que pueden solas. “La fe es la que nos ha mantenido firmes”, recalcan, “el proyecto que tenemos ahí no es un proyecto nuestro sino que es de Dios que nos hizo que volteáramos y le viéramos a Él en el rostro de nuestro hermano migrante”.

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