Los pequeños teólogos

El siglo XX ha sido uno de grandes teólogos: limitándonos sólo al campo católico, está plagado de grandes nombres; Teilhard de Chardin, Rahner, Von Balthasar, Danièlou, De Lubac, Chenu, Congar, Schillebeeckx, Häring, Gustavo Gutiérrez, Jon Sobrino, Küng, Metz… En el siglo XXI sólo perduran los cuatro últimos, el primero con más de 70 años y los demás cumplidos los 80. ¿Y después? Parece que no el diluvio sino la sequía.

A alguien puede ocurrírsele que lo mismo sucede en otros campos. Del siglo XX son Kandinsky, Picasso, Miró, Matisse, Braque… ¿Alguno de los lectores conoce el nombre de un pintor de primera fila actual? Compositores del siglo pasado son Sostakovitch, Honegger, Hindemith, Messiaen, Stravinsky, Falla…. ¿Y dónde están los del siglo XX? Se podría argüir que sin grandes pintores podemos pasarnos y que nos basta para ir tirando con la música de las películas o de los musicales, que a veces son grandes composiciones, pero que no podemos seguir adelante como creyentes sin una buena teología.

En dos ocasiones distintas les pregunté a Hans Küng y a Jon Sobrino por qué ya no había grandes teólogos como los que llenaron el siglo XX. El primero contestó: “Con la persecución que el Vaticano organiza contra la inteligencia, los intelectuales prefieren ir a otras ramas del saber”. La respuesta de Jon Sobrino consistió en negar la mayor: “No es verdad que no haya teólogos, lo que ocurre es que son teólogos del pueblo, que hacen una teología narrativa”. Puesto que la respuesta de Küng augura un panorama sombrío, podemos acogernos a la del teólogo salvadoreño y confiar en que en el futuro haya una buena teología narrativa.

Hay que recordar que, prácticamente hasta nuestros días, la teología ha sido elaborada primero por monjes y después por profesores clérigos, y ha sido sobre todo una teología especulativa. Partiendo de los textos de la Biblia y de las sucesivas declaraciones dogmáticas, sus formulaciones tenían un tono especulativo. Olvidaban algo fundamental en el Antiguo Testamento y en los Evangelios y es que tanto uno como los otros son libros de relatos. Jesús es un narrador de historias y el Evangelio narra las del propio Jesús. Sólo en los finales del siglo XX se ha empezado a prestar atención no sólo a las verdades o la doctrina de Jesús sino a sus hechos. A ningún teólogo clásico se le habría ocurrido decir, como ha hecho uno actual: “A Jesús lo mataron por cómo comía”. Hasta hace bien poco, las comidas de Jesús no habían interesado a la teología.

Por otra parte, la teología de la liberación sostiene que la teología es un acto segundo. Primero es actuar, es luchar por la justicia y, sólo después, se puede elaborar teología. Eso quiere decir al menos que no se puede elaborar una teología válida que no tenga un punto de referencia en la realidad y que no vaya avalada por la experiencia. Ya se ve que se trata de un tema arduo, que no puede ser despachado en una columna, pero en todo caso parece que se abre el campo para que los del futuro no sean grandes teólogos desvinculados de la realidad sino pequeños teólogos que nos cuenten sus relatos y nos ayuden a sacar la moraleja. Si después aparece una gran figura capaz de elaborar una gran síntesis, bienvenida sea. Pero entretanto escucharemos y nos alimentaremos de los relatos que nos muestren que el reino de Dios está en medio de nosotros. Los de Simone Weil, luchadora y mística, los de Bonhoeffer, resistente y ajusticiado, los de Dorothy Day, conversa y creadora, los de Pedro Casaldáliga, testigo y poeta. Y los de tantos otros pequeños/grandes teólogos.

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