Los comedores del hambre

La pandemia ha agudizado y, en muchos aspectos, visibilizado problemas, carencias e injusticias que estaban ahí, pero que ahora se han multiplicado, hasta el punto de que ha aumentado considerablemente el número de personas que necesitan ayuda para cubrir sus necesidades básicas. Ante la insuficiencia de las respuestas públicas, la ciudadanía se organiza para dar respuesta. Una de estas respuestas son los comedores sociales.

Cola del Comedor Social Ave María. Foto: Carlos F. Barberá

No es fácil hacer un reportaje sobre los comedores sociales en Madrid. Ni son todos los que aparecen en Internet ni aparecen todos los que son. Con cierto margen de error se puede decir que en la capital hay unos veinticinco comedores sociales.

En cualquier país de Europa –aun en los más prósperos- existen instituciones semejantes y en general se trata, como debe ser, de servicios públicos. España es siempre diferente: en Madrid sólo hay dos o tres comedores públicos, gestionados por la Comunidad Autónoma (uno de ellos no contesta nunca), dos pertenecen a grupos laicos, uno lo gestiona REMAR y el resto pertenecen a instituciones católicas. Prácticamente todos se desenvuelven por sus propios medios: socios, donativos, aportaciones del Banco de Alimentos, entregas de restaurantes o comercios cercanos… 

Todo ello supone una cantidad ingente de dinero. Por poner un ejemplo, el comedor del Ave María, que sirve desayunos y ayuda con carros de alimentos a diversas familias, tiene un presupuesto anual que supera los 300.000 euros (y entre paréntesis: el Ayuntamiento de Carmena lo subvencionaba hace unos años con 18.000 euros. Al año siguiente con 10.000, al siguiente con 5.000 y al último con nada. Un ejemplo de cutrez oficial)

Hay que añadir que los comedores no sólo reparten alimentos. Sobre todo desde la aparición de la pandemia grupos de vecinos, comunidades de barrio y parroquias ayudan con alimentos a familias en situaciones  de emergencia. Los mismos comedores suelen hacer repartos de cestas a familias en esta situación. Ciertamente el virus ha desatado una marea de solidaridad. Pongamos que una de cada tres parroquias ayuda a 20 familias de su territorio. Eso nos lleva a 3200 familias.

No es fácil hacer un recuento de las personas que acuden de media a los comedores, pero la suma que he ido elaborando, sin duda con muchas carencias, me permite decir que son seis o siete mil los habituales en los comedores. Todos ellos han podido constatar que la pandemia ha incrementado su número. El citado comedor del Ave María solía repartir 330 desayunos diarios. El número ha aumentado ahora hasta los 4.000.

No sólo es el número lo que ha cambiado: algunos comedores, como el Luz Casanova o los del padre Ángel. han mantenido la comida en mesas. La mayoría la ha cambiado por bolsas o por tapers que se entregan a la puerta. Esa circunstancia ha dañado la cercanía a los asistentes y ha hecho más mecánico el servicio.

¿Y quiénes son los habituales? Se trata de una pregunta difícil. Quien se encuentra en alguna calle con la cola de un comedor verá que no se trata en general de marginados, de personas sin techo. La Covid ha dejado sin trabajo a personas que lo tenían (por ejemplo, las empleadas de hogar lo tienen ahora mucho más difícil) y a éstas se unen quienes tienen una pensión baja o viven de la Renta Mínima de Inserción (el «remi»). Todas ellas encuentran en estos recintos una ayuda a su precario presupuesto.

Habrá sin duda picaresca, la de quienes aprovechan que se desayuna o come gratis para acercarse a un comedor, pero ciertamente no es un plato de gusto esperar una larga cola con frío, lluvia o calor, en la fila de los que los paseantes ven como marginados.

Las colas de los comedores siguen siendo las colas del hambre. 

Muchas de las personas que acuden a los comedores sociales no son personas sin hogar. Foto: Carlos F. Barberá
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