Ángeles en la cárcel

La cárcel es una realidad dura, que proporciona a menudo más sufrimiento que oportunidades a quienes están dentro de sus muros. La sociedad suele, solemos, vivir de espaldas. No toda la sociedad. Hay personas y colectivos que se sienten interpeladas por la situación que viven quienes la sufren y construyen respuestas. Una de estas personas es Ángeles Pérez Guerrero.

Ángeles Pérez Guerrero tiene 80 años, tres hijos y siete nietos. Hace ahora cuarenta años decidió participar en algún voluntariado. Coincidió con una petición para la cárcel y acabó en lo que se llamaba el reformatorio, una cárcel para jóvenes adyacente a la antigua de Carabanchel.

Ángeles Pérez Guerrero durante una entrevista en Onda Cero. Foto: Onda Cero

Comenzó, pues, visitando a aquellos jóvenes -estaban allí hasta la mayoría de edad, entonces a los 21 años-, pero pronto pensó que aquellas visitas no eran suficientes.

Así fue cómo una ama de casa con tres hijos y sin recursos propios imagina y pone en marcha un proyecto, Apromar, por el cual los jóvenes de la cárcel puedan ser acogidos y acompañados hasta que consigan su libertad y un trabajo. Un proyecto aparentemente ilusorio, pero no sin duda para Ángeles.

Comienza, pues, a moverse; llama a las puertas de los conocidos, a las parroquias del contorno, a las Cajas de ahorro, y al poco tiempo la asociación que ha fundado puede alquilar un piso para los primeros acogidos. A éste sigue el segundo, alquilado a unos conocidos (no es sólo un problema de dinero, es que no es fácil alquilar viviendas para ese fin). Pero lo único que hay que conseguir no es dinero; hay que estudiar, ponerse al día sobre los mecanismos y protocolos penitenciarios, nada fáciles y a menudo cambiantes.

Finalmente una visita a Ruiz Gallardón, entonces alcalde de Madrid, le aporta seis pisos más y un almacén, los que ahora gestiona, alquilados a bajo precio.

Ángeles ha visitado todas las cárceles madrileñas, pero no siempre ha sido bien recibida y de algunas ha sido literalmente expulsada. Quiérase o no, su trabajo pone al descubierto la casi nula eficacia de la prisión en su supuesta tarea de reinserción. Hay que tener en cuenta que un joven preso, con algunas condiciones previas, puede obtener permisos penitenciarios cuando cumple un cuarto de su condena, el tercer grado cuando cumple un tercio y la libertad condicional al cumplir tres cuartos, pero todos dependen de un juez que exige siempre un aval. Pero ¿dónde van a encontrarlo muchos de los reclusos? Apromar se compromete con ellos y los acoge, como ya queda dicho, hasta que son libres y encuentran un trabajo.

Durante todos estos años han sido cientos los y las jóvenes que han pasado por Apromar, dejando un reguero de historias, casi todas buenas, algunas maravillosas, algunas milagrosas. Ángeles no tiene empacho en utilizar ese adjetivo porque verdaderamente es un milagro el que jóvenes con historias siempre adversas, de infancias infelices, de familias desestructuradas, encuentren unos brazos amigos que los acojan, los acompañen, les enseñen y finalmente los reintegran a una sociedad que antes no los quería.

Nunca ha tenido dinero en serio, pero confiesa que nunca le ha faltado. En momentos de apuro, siempre ha llegado de donde menos se esperaba. Nunca ha dejado de pagar el alquiler de los pisos.

Naturalmente, al paso de los años Apromar ha ido creciendo y armando su propia estructura, en alguna medida con antiguos residentes, pero nada podría haberse hecho ni seguir adelante sin una persona disponible cualquier día, a cualquier hora, para cualquier contingencia. Y ahí sigue, a sus ochenta años.

Carlos F. Barberá
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