Cristianos en Tierra Santa: una diáspora inexorable

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El éxodo de la población en Israel y los territorios palestinos parece imparable.  En 1948, el 20% de la población de Jerusalén era cristiana;  hoy lo es el 1’2%.

Tanta ha sido la emigración que se estima que hoy tan sólo el 20% de los cristianos palestinos viven en su tierra de nacimiento.

Es  cristiana el  2’5% de toda la población de Israel y Palestina. Es decir, hay unos  50.000 cristianos árabes palestinos viviendo en Cisjordania y Gaza y unos 120.000 cristianos árabes palestinos viviendo en Israel. Son los herederos de una presencia milenaria, que se remonta al tiempo de Jesús. A ellos hay que añadir unos 150.000 cristianos no árabes que viven en Israel procedentes de la inmigración, especialmente ortodoxos rusoparlantes, pero también filipinos, pakistaníes, etc.

[quote_right]Las peregrinaciones, pulmón de la economía palestina, bajaron un 30% en el 2015[/quote_right]

Los cristianos árabes palestinos viven en las ciudades, trabajan en el sector terciario y su nivel de educación ha sido superior a la media,  al igual que su tasa de emigración. Tienen un fuerte sentido identitario de ser árabes, cristianos y palestinos y las relaciones con sus compatriotas musulmanes han sido tradicionalmente buenas. Al igual que estos, están sufriendo mucho la bajada del turismo, uno de los pulmones de su economía.

La segunda Intifada, en el 2000,  cortó  las peregrinaciones durante cinco años. Luego comenzó un ascenso sostenido que vuelve a estar amenazado. Se estima que en el 2015 las peregrinaciones bajaron en un 30% y en lo que va de año el descenso está siendo aún mayor. Lo cierto es que los ocasionales episodios de violencia entre judíos y palestinos están lejos de afectar al turista y que la guerra en Siria está a muchos kilómetros,  pero el miedo es libre y está rebajando drásticamente la cifra de turistas que cada año visitan Israel y los Territorios, unos tres millones.

La mayoría de cristianos en Palestina tienen que emigrar.Además, las limitaciones impuestas por las autoridades judías para otorgar permisos de trabajo lastran las posibilidades económicas de la población palestina. La construcción del muro es una dificultad añadida a la movilidad de los 30.000 trabajadores palestinos que cada día han de desplazarse a Israel. Los peregrinos y turistas se topan fácilmente, en Belén y cerca de Jerusalén, con ese barrera –el muro de la vergüenza, para algunos- que se ha adentrado en territorio de Cisjordania hasta 20 kilómetros para incluir en su protección importantes asentamientos israelíes. Serán 720 kilómetros cuando esté terminado –de momento está construido en torno al 70%- para aislar el territorio de Israel de Cisjordania mediante alambradas y barreras, pero también, en algunas zonas, mediante un muro de hormigón de hasta siete metros de alto. Según algunos cálculos, por ese método, Israel se anexionará un 10% de territorio palestino. Israel aduce que es legítimo defender su territorio frente a atentados terroristas, que han disminuido desde la construcción del muro. Los organismos internacionales recuerdan que el derecho de Israel a defenderse no puede hacerse a costa de aislar pueblos palestinos enteros y de amenazar su supervivencia económica.

[quote_right]Los episodios de violencia están lejos de afectar al turista, pero el miedo es libre[/quote_right]

A esta compleja cuestión de la relación palestino-israelí se añade la ausencia o escasez de servicios sociales básicos, como seguridad social o pensiones, en el territorio bajo control de la Autoridad Palestina. Y, en lo que respecta a los cristianos, el desinterés oficial de países que fueron muy activos en su ayuda. “Hoy la población cristiana -se lamenta el padre Artemio, un franciscano que es toda una institución en Tierra Santa- apenas recibe ayudas fuera del ámbito de las iglesias. El mundo se desinteresa de ellos…”.

Junto a las peregrinaciones, los franciscanos, que son Custodios de Tierra Santa desde el siglo XIII, promueven obras sociales diversas, desde  orfanatos a escuelas y hospitales. Renuevan casas antiguas y las ofrecen a la población palestina de Jerusalén a precios simbólicos. Y construyen otras que alquilan a parejas jóvenes en buenas condiciones para favorecer que se queden. Cerca de Jerusalén, en Bet Fagé, el lugar conocido como “de la borriquita”, de donde salió Jesús para entrar en la ciudad santa, han construido una promoción de viviendas que alquilan por entre 180 y 280 dólares. No las venden: no quieren ni especulación ni que puedan cambiar de manos; se trata, únicamente, de facilitar la permanencia de las familias cristianas.

Porque los franciscanos basan su trabajo en Tierra Santa en dos pilares: el mantenimiento de una actividad litúrgica y espiritual en la cuna del cristianismo y la ayuda a la población árabe cristiana para que su presencia histórica en estas tierras no desaparezca.

Autoría

  • Lala Franco

    Alandar me permite hacer una de las cosas que mas me gustan como periodista: entrevistar a esas personas que son la sal de la tierra porque van cambiando el mundo con su trabajo, su reflexión y su denuncia.  Además, es un espacio para la libertad y la creatividad dentro de la Iglesia, muy necesitada de ambas. Y me da pistas para vivir de un modo más solidario y menos consumista y para seguir alimentando el núcleo espiritual que nos vincula, desde lo profundo, con el mundo, con los otros y con Dios.  Por lo demás, ahora soy una periodista jubilada de TVE que se mete en muchos líos. En la Revuelta de mujeres en la Iglesia, por ejemplo. Y que está agradecida a dos espacios eclesiales: la JEC (Juventud Estudiante Católica, que me albergó de joven, y Profesionales Cristianos (PX), mi actual comunidad de referencia. Soy murciana y, además de mi tierra de origen, amo Madrid, donde vivo;  pero también la Montaña Oriental Leonesa y Asturias, donde paso buena parte de mi tiempo. La vida, pues, no cesa de abrirme a  paisajes y horizontes nuevos, en todos los sentidos. Y yo trato dejarme sorprender por la riqueza y la novedad que nos rodea y los mensajes de cambio que sugiere. 

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