
Hace poco más de dos meses la vida de muchas personas que vivían en casi 100 pueblos y pedanías de Albacete, Cuenca y la Comunitat Valenciana cambiaron y 231, según los últimos datos, perdieron sus vidas o aún están desaparecidas.
Les arrasó una ingente cantidad de lodo y de agua que fue deglutiendo todo cuanto estaba en su recorrido. Las lluvias intensas en partes claves de las cuencas de ríos y barrancos hicieron que los caudales de espacios geográficos como el río Magre, el Xúquer o el Barranc del Poio incrementaran su volumen a lo largo de esa mañana y lo hicieran de modo exponencial ya llegada la tarde. Para la mayoría fue un día de trabajo cotidiano, recogiendo a la familia del cole, desplazándose para ir a comprar alguna cosa y regresando a casa. El sistema en el que vivimos siguió rodando, impidiendo prever la gravedad de todo lo que acontecía.
Sin embargo, hubo señales claras. La televisión y la radio pública valenciana, À punt, informaron en todos sus informativos de la alerta roja. Poblaciones como Utiel clausuraron sus actividades escolares, sociales y deportivas desde primera hora de la mañana. En la ciudad de València, la Universidad pública –las privadas continuaron– canceló también sus actividades. Las alertas se sucedieron también desde Europa, al tiempo que iban aumentando las imágenes que desde los dispositivos móviles la gente iba difundiendo por las redes sociales. La sensación de peligro y de que algo estaba pasando era palpable. No obstante, no fueron suficientes para que el sistema económico se detuviera. Los responsables políticos de la Generalitat Valenciana no dieron la señal de alarma hasta las 20:11 minutos, y para entonces muchos de los que estaban en las carreteras, saliendo de los polígonos industriales, del Puerto de Valencia y de los centros comerciales quedaron atrapados en sus coches sin entender bien qué estaba pasando.
La sensación de peligro y de que algo estaba pasando era palpable. No obstante, no fueron suficientes para que el sistema económico se detuviera.
Los días siguientes fueron desoladores: calles impracticables, coches que ocupaban casi todo el espacio y lodo cubriendo las vidas y ensuciándolo todo. Desde entonces, el miedo, el sinsentido, la sensación de querer entender qué había pasado se ha ido mezclando con sentimientos de rabia, de impotencia y de abandono por parte de quienes debían haber protegido a la población: la incapacidad política se convirtió en desamparo. Sin embargo, la ciudadanía salió de sus casas, caminó, cogió escobas, cubos, botellas de agua, bocadillos en sus mochilas y fue hacia esos lugares, a pie, sin protección y sin saber qué encontraría. Las preguntas que más resonaron entre las gentes fueron: ¿qué puedo hacer?, ¿cómo puedo ayudarte? Todavía miles de personas que actuaron con inmediatez, que se mostraron prójimos y respondieron compasivamente, continúan preguntando lo mismo.
Hemos visto cómo la solidaridad se ha puesto en marcha y ha buscado sus propios cauces organizativos. Al principio casi de modo personal y a través de las redes sociales, pero en pocas horas, parroquias católicas y otras iglesias como la evangélica o la mormona, los sijs y los budistas, los movimientos vecinales, los casales falleros, los gremios y las asociaciones profesionales de todo tipo encontraron formas coordinadas de decirle a los y las vecinas de estos lugares: ¡No estáis solos!
Lo vivido desde el día 29 de octubre de 2024 ha sido expresión de una solidaridad sin precedentes que fue encontrando, como el agua y el lodo, modos por donde ir haciéndose presencia para aliviar y acompañar. Hay infinitos relatos de cómo la ayuda se fue coordinando. Uno de ellos, por ejemplo, tuvo que ver con la alimentación, pues miles de personas se quedaron sin acceso y posibilidades de cocinar nada. De ahí que gran parte de la ayuda recibida inicialmente viniera en forma de alimentos no perecederos y frescos con los que poder paliar estas necesidades.
Lo vivido desde el día 29 de octubre ha sido expresión de una solidaridad sin precedentes que fue encontrando, como el agua y el lodo, modos por donde ir haciéndose presencia para aliviar y acompañar.
Se improvisaron espacios para cocinar, en el que se encendían fogones alimentados con botellas de butano. Muchas fueron las personas que se acercaron a echar una mano y ponerse a pelar patatas, a cortar calabazas, pepinos, ajos o cebollas. Davinia, su hermana y su cuñada cerraron sus propios restaurantes en Granada, dejaron a sus familias y se vinieron para ponerse al frente de esas cocinas improvisadas de las que cada día salieron miles de raciones de sopas, guisados, arroces o fideuà.
La ayuda que llegaba tuvo que ser clasificada, almacenada, cocinada, envasada y etiquetada para evitar alergias e intolerancias y así poder ser distribuida en las zonas afectadas. Una larga cadena de trabajos y cuidados se tejió gracias a gente anónima que se acercó a estos espacios para echar una mano en lo que fuera necesario. Todos ellos ejemplos de un sistema asociativo que vertebra todavía a la ciudadanía.
Francisco recuerda un término necesario para ser una Iglesia capaz de transparentar el Evangelio: la caridad política, la urgencia de estrechar y de fortalecer las redes de cuidado necesarias para que la vida no colapse
Hemos visto estos días movilizaciones y manifestaciones multitudinarias contra la inacción y la irresponsabilidad política. Uno de los lemas más visibles ha sido: “Sols el poble salva al poble” (Solo el pueblo salva al pueblo). A pesar de la certeza que reside en esta afirmación y de lo que hay detrás de ella, hemos de considerar también que la ayuda, la solidaridad o la necesidad de aliviar tanto dolor fue posible gracias a ese tejido asociativo que pudo canalizarlo.
Durante su pontificado, Francisco ha vuelto a recordar un término necesario para ser una Iglesia capaz de transparentar el Evangelio: la caridad política. Este término es poliédrico, pero se refiere principalmente a la urgencia de estrechar y de fortalecer las redes de cuidado necesarias para que la vida no colapse. Quizá este tiempo sinodal y jubilar puede ser un buen momento para reflexionar y buscar cauces que permitan retirar tanto lodo como nos ha llegado.
