«Hay que sospechar de un progreso que pone al ser humano a su servicio y no al revés»

Entrevista a Olga Belmonte García

Olga Belmonte García

Olga Belmonte García es doctora en Filosofía por la Universidad Pontificia de Comillas y profesora en la Universidad Complutense de Madrid. Su pensamiento camina a ras del suelo, muy pegado a cuestiones éticas claves en este momento de la historia. Entre sus publicaciones destaca la edición de las obras colectivas Pensar la justicia, la violencia y la libertad (2012) y De la indignación a la regeneración democrática (2014). A principios de este año presentó su libro Víctimas e ilesos. Un ensayo sobre la resistencia ética, sobre el que nos sentamos a hablar en una soleada mañana.

¿Quiénes son las víctimas y quiénes los ilesos de los que hablas en tu libro?

El libro habla de las víctimas morales, aquellas que lo son porque alguien ha atentado contra ellas y su dignidad. Hablar de víctima moral implica la idea de victimario, de quien ha convertido a esa persona en víctima. La palabra ilesos trata de visibilizar una categoría de actores que, dentro de esas situaciones de violencia y sufrimiento, no hemos sido ni víctimas ni victimarios y que normalmente pensamos que no tenemos ningún papel en ellas. El ensayo es una llamada a decir sí que tenemos un papel, una responsabilidad en esas situaciones.

 Tu libro tiene un subtítulo, Ensayo sobre la resistencia ética. ¿A qué o a quién tenemos que resistir?

Tenemos que resistir a la barbarie y la crueldad. También a la indiferencia que es muchas veces el paso previo a la barbarie. Es resistir a que todo dé igual, a que nos den todo pensado y a las pequeñas violencias que vemos. Es resistir a los discursos de odio y ser una barrera frente a ellos. Es importante ejercer esa resistencia también frente al pasado, no creer que lo que ya ha pasado da igual o justificarlo porque pensemos que había que pasar por allí para llegar hasta una situación mejor.

Dices en tu libro que hacer justicia a las víctimas es una tarea irrenunciable, pero muchas personas miran —o miramos— hacia otro lado.

Hay quien dice que la indiferencia en una situación de barbarie no solo es cómplice, sino criminal. Yo no digo que todas las indiferencias lo sean. Pero una indiferencia generalizada sí puede ser cómplice de los discursos de odio y estigmatización del otro. Esa indiferencia no es neutra, porque no se puede ser neutro en situaciones de injusticia. En algunas ocasiones, si no te posicionas ya te estás posicionando.

No sé si por la indiferencia, pero llevamos un tiempo en que horrores que parecían cosas del pasado vuelven: guerra en Europa, auge de la extrema derecha… ¿por qué?

Hay varias causas. Una es que, como no gestionamos bien el pasado, no aprendemos de él. Por otro lado, tenemos una forma muy individualista y autosuficiente de gestionar nuestras vidas, en la que creemos que no necesitamos a los demás. Como creemos que no necesitamos a nadie, no atendemos a nadie, no nos preocupamos por el sufrimiento de nadie. Una tercera causa es que desde el ámbito político y de algunos medios de comunicación se fomenta la polarización, una vivencia de las ideas y de las ideologías muy de trinchera, muy de enfrentamiento y eso, al final, te acaba preparando para que todo pueda desembocar en un conflicto de violencia no solo verbal o estructural, sino física.

Hay muchas lecturas posibles de la guerra en Ucrania. Una de ellas es que parece haber víctimas de primera y de segunda.

Por supuesto, está bien responder a la necesidad concreta de los ucranianos que tienen que huir de la guerra, pero deja claro que no respondemos igual a unas víctimas y a otras. Claro, es más fácil ser solidarios con los que se parecen a nosotros. Es una solidaridad, digamos, cerrada, vinculada a “los nuestros”. Pero el reto de esa resistencia ética es abrir el concepto de solidaridad, tener una solidaridad más abierta que abarca a los que son diferentes o están lejos. Desde el punto de vista político, este es un ejemplo de que, cuando hay voluntad, las leyes y las políticas se pueden cambiar.

Todas las comparaciones son odiosas, pero parecería que España es un país que trata especialmente mal a sus víctimas. No sé si estás de acuerdo.

No sé si las trata especialmente mal, porque no conozco la situación en todos los países. Pero sí que tenemos un problema a la hora de atender y de comprender lo que significa ser víctima. Por la historia que tenemos, por no haber elaborado nada del pasado, tendemos a sospechar de la víctima, a considerar que busca aprovecharse de la condición de víctima, en lugar de empatizar con ella y conocer su situación e historia. Por eso el ensayo intenta poner encima de la mesa los relatos y las víctimas, para entender qué supone ser víctima y, desde ahí, asumir la deuda que tenemos con ellas.

Llama la atención la relación que estableces entre barbarie y razón, que parecen términos opuestos. Sin embargo, tú explicas cómo a veces barbarie y razón pueden ir unidas y cómo la barbarie no se combate solo con la razón, sino también con el sentimiento.

Son cosas que tendemos a separar por la influencia de la tradición platónica, que identifica la razón con el bien, algo así como “si piensas bien, acabarás haciendo el bien”. Después de la Segunda Guerra Mundial esto se comenzó a cuestionar, viendo cómo el Holocausto fue resultado de un cálculo racional, de una maquinaria diseñada para exterminar. A partir de ahí se habla de la lógica cruel o lógica de la barbarie, que implica que puedes pensar muy bien cómo hacer el mal. Es paradójico, pero tiene que ver con el hecho de que razón y emoción no están tan separadas. En ese sentido, también desde el corazón se puede combatir contra la barbarie. Para que la sociedad asuma la deuda que tiene con las víctimas, lo que hay que trabajar sobre todo es la empatía, que tiene que ver con hacerse cargo del otro de un modo más emocional que racional.

Parece, pues, que la razón está sobrevalorada. Pero, en cualquier caso, lo que está claramente sobrevalorado es el progreso, ¿no? El progreso no ha evitado que siga habiendo víctimas.

Sí, es que el progreso moral no va necesariamente de la mano del progreso científico o tecnológico. El desarrollo técnico no nos asegura automáticamente que vayamos a ser mejores seres humanos. Hay que sospechar de progresos que ponen al ser humano al servicio del progreso y no al revés.

Hay una cita, creo que de Fromm, que incluyes en el libro y que dice que lo característico del ser humano no es que sea bueno o malo, sino que tiene la capacidad de elegir.

 También lo dice Kant.

¿Por qué la gente elige el mal?

Kant dice que la entrada en el mal moral se da por comparación. Cuando vivíamos en el estado de naturaleza, estábamos todos igualados y queríamos lo mismo: comer, dormir, no tener frío…  Cuando empezamos a acumular y aparecen las desigualdades y empezamos a ver lo que tiene el otro y yo no tengo… ahí empiezan los problemas.

Una de las relaciones más curiosas es la que estableces entre barbarie-reparación-voz/palabra. Tanto por las dificultades que tienen las víctimas para hablar como por las dificultades, cuando deciden hablar, de ser escuchadas.

En el proceso de reparación, hay un juego difícil entre la palabra y el silencio. Pero es un juego fundamental. Igual que para poder hablar o escribir necesitamos silencio entre las palabras, hay momentos de expresión de lo que uno ha sufrido que no necesitan de las palabras. Después del trauma, muchas víctimas entran en una situación de silencio —a veces, elegido; a veces, sobrevenido— y eso es algo que también hay que saber acompañar con gestos más que con palabras, con disponibilidad, generando espacios de compartir en silencio. También hay que saber escuchar, claro, porque muchas víctimas se quejan de que no se las escucha, de que enseguida la gente quiere que cambien de tema. En todo eso, los ritmos y las formas las tienen que poner las víctimas.

Tu libro es una defensa de las víctimas, pero, al mismo tiempo que las defiendes, criticas el victimismo, al que llegas a calificar de ideología; y el panvictimismo, que es esa idea de que todos somos víctimas de algo.

Ese panvictimismo tiene que ver con no asumir la propia responsabilidad, con creer que los demás son culpables de lo que me ocurre y no asumir que uno tiene algo que hacer en esa situación. Hay veces que hasta los verdugos se proclaman víctimas y caen en el victimismo. El victimismo del victimario es el peor, porque revictimiza a la víctima. Además de abusar de ella, el victimario no asume ni su condición de victimario ni la condición de víctima de la víctima. Por otra parte, hay que tener cuidado con confundir a las víctimas reales, que las hay y muchas, con los victimistas.

Hablas de la necesidad de una filosofía que sea búsqueda de caminos y fuente de transformación. Eso suena a Marx, a aquello de “hasta ahora, los filósofos han pretendido explicar el mundo, a partir de ahora aspirarán a transformarlo”.

Desde la filosofía se puede contribuir a tener una mirada del mundo que permita transformarlo. No directamente, pero sí sentando la base de miradas que construyan y no destruyan. Si nos ponemos de acuerdo en que el mundo no está bien, que no es habitable para todos, es porque hemos elaborado un análisis de la realidad que nos permite reconocer la injusticia. Desde ahí se puede transformar la realidad. Hay gente que no lo entiende así y que cree que la filosofía se debe dedicar solo al ámbito de la reflexión teórica. Me parece perfecto, pero yo la entiendo como algo que te ayuda a ver el mundo de una forma que te lleva a intentar hacerlo mejor, más habitable para todos.

Reclamas una sociedad “abierta, rebelde, indignada, que no se conforme con la realidad sufriente de las víctimas… [que reconozca] que no somos autosuficientes y que promueva una ética de la resistencia cuyo objetivo último sea la bondad”. Aseguras que, cualquiera que sea la pregunta, la indiferencia y la resignación no son la respuesta. Son frases muy bonitas, pero… ¿son realizables?

En lo pequeño, sí. Cuando hablas de estas cosas, la gente empieza a pedir responsabilidades a los políticos, a las autoridades… En realidad, el libro es una reivindicación de la resistencia en lo pequeño, en lo cotidiano. Se trata de que cada persona identifique en su vida cotidiana posibilidades de cambio, de acciones que generen algo distinto. Para mí, la bondad, como dice Josep María Esquirol, es generosa en el sentido de que “genera” algo distinto. Hoy en día parece que ser bueno es no molestar a los demás. La bondad es activa, no pasiva. Se trata no solo de no molestar, sino de intentar que las cosas vayan mejor. Todos podemos hacer algo porque en nuestro trabajo o en nuestra familia las relaciones sean mejores, por ejemplo. Y eso genera un poso distinto para que, cuando nos enfrentemos en el ámbito de las ideas, no nos miremos como enemigos. La resistencia ética también tiene que ver con eso, con que no triunfe la idea de que todos somos enemigos de todos.

Me parece especialmente acertada la idea que manejas de que si hay una cultura del odio es porque hay una agricultura del odio y eso tiene que ver mucho con el miedo. Un miedo ligado a intereses que lo fomentan.

Ese es el problema. Es normal que tengamos miedo. El problema es cuando se genera miedo respondiendo a unos intereses, con el objetivo de que nos den miedo algunas personas o posibles situaciones futuras. Se empieza a generalizar esa sensación de que hay peligros por todas las partes y ese es un miedo inducido y proyectivo, no real. Y desde ahí tomamos decisiones políticas: votamos, estigmatizamos, cuestionamos, rechazamos. Eso se va cultivando, se va sembrando poco a poco esa idea de que ciertas personas no tienen derechos y de que son nuestros enemigos. Ante eso, hay que pararse a pensar cuánto hay de realidad o de interés. Lo positivo de todo esto es que, igual que se cultiva el odio, se puede cultivar otro tipo de sentimientos o relaciones como la empatía.

Hablas de las tecnologías del miedo y, en este campo, jugamos un papel fundamental los medios de comunicación.

No me gusta generalizar, porque me consta que hay gente en los medios de comunicación muy preocupada por estas cosas, y que quiere contribuir a que la situación cambie, y a visibilizar estos problemas. Pero también hay mucha gente en condiciones laborales muy precarias, además, que no se cuestionan mucho, que dicen lo que les dicen que tienen que decir. Queda mucho trabajo por hacer para crear medios de comunicación que sean realmente medios de comunicación e información y no de desinformación y enfrentamiento. Los medios de comunicación, al final, tienen que tender puentes, porque la comunicación es eso, tender puentes. Pero no es lo que se está haciendo.

Volviendo al tema del miedo, siempre me ha gustado mucho la frase atribuida al presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt que dice que no debemos tener miedo más que al miedo. Aplica bastante, sobre todo en este momento de “miedo en suspensión” al que haces referencia en algún momento del libro.

Yo lo vinculo al tema de la lucidez. ¿Cómo contrarrestar esos miedos que no tienen base en la realidad? Pues intentando tener una mirada lúcida. Eso exige atender a la realidad, escuchar fuentes y gentes distintas y sospechar no de la víctima, sino del miedo. La lucidez implica distanciarse críticamente de lo que estamos sintiendo para ser capaces de darnos cuenta de si realmente hay algo de lo que tener miedo o no. O si hay algo que debería preocupar y no me preocupa y ver si hay alguien a quien le interesa que yo tenga miedo de esto.

Hablas en el libro de saber identificar el momento en el que se puede hacer frente al odio y al miedo y más allá del cual es ya muy difícil. En nuestra sociedad ¿hemos alcanzado ya ese punto de no retorno? ¿Estamos llegando? ¿Lo hemos pasado?

Hay varios análisis posibles. A nivel macro, es claro que no hemos estado lúcidos para evitar la guerra y que ha habido muchas situaciones previas que, según dicen los expertos, podrían habernos llevado a un lugar distinto. En lo micro, siempre estamos a tiempo de tomar decisiones que frenen situaciones irreversibles. Se puede evitar entrar en situaciones que vayan en contra de nuestros principios o conciencia.

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