Panorama geopolítico mundial: del gris plata al gris ceniza

Camino de una recesión generalizada que parece imparable, se hace cada vez más evidente que el modelo político (democracia parlamentaria) y económico (economía de mercado) ha tocado techo y genera simultáneamente una notable pérdida de atractivo y mayores brechas de desigualdad en el marco de una globalización en la que son muchos más los que pierden y se quedan atrás que los que ganan.

Foto: UNAMID Khor Abeche. Web IECAH

Ucrania sigue sumida en una guerra provocada por Rusia con potentes ondas expansivas que afectan, como mínimo, a toda Europa y que nublan, en gran medida, muchos otros focos de violencia en los que los más fuertes aprovechan para avanzar posiciones. China, de la mano de Xi Jinping, refuerza su modelo autoritario y su ambición de sustituir a Estados Unidos como líder hegemónico mundial, lo que prefigura un escenario de creciente tensión en la zona Indo-Pacífico, centro de gravedad de la geopolítica mundial a partir de ahora. La ONU se muestra impotente para cumplir con su tarea fundacional de evitar la guerra. La Unión Europea sigue preguntándose qué quiere ser de mayor, manteniendo a duras penas su unidad frente a la agresión rusa a Ucrania y soñando con dejar de ser el campo de juego de otros para convertirse, algún día, en un jugador activo dotado de medios propios para defender sus propios intereses.

En paralelo, se siguen acumulando señales de que la emergencia climática y la proliferación de armas de destrucción masiva son las más graves amenazas para la especie humana. Sin embargo, en el primer caso no solo se trata de que el Acuerdo de París resulta insuficiente para cambiar el modelo energético vigente, sino que la guerra en Ucrania está provocando una ralentización de la indispensable transición energética, lo que nos retrotrae a una nueva apuesta por los combustibles fósiles y la energía nuclear (sirva Alemania como ejemplo), al tiempo que la más cruda real politik reconvierte a personajes como Nicolás Maduro y Mohamed bin Salman en “buenos chicos”. En el segundo, las nueve potencias nucleares existentes se afanan por modernizar sus arsenales, mientras se debilita inquietantemente el marco de acuerdos de control de armas y desarme logrados en la Guerra Fría y Vladimir Putin nos recuerda a diario que la destrucción mutua asegurada no es una imagen metafórica.

Mientras tanto, vuelve a aumentar el número de personas que sufren malnutrición crónica, que viven en la extrema pobreza y que se ven obligadas a abandonar sus hogares por un conflicto violento o una catástrofe. Todo ello mientras, camino de una recesión generalizada que parece imparable, se hace cada vez más evidente que el modelo político (democracia parlamentaria) y económico (economía de mercado) ha tocado techo y genera, simultáneamente, una notable pérdida de atractivo (sea con caídas sucesivas en los porcentajes de participación electoral o con alternativas tan inefables como el desacomplejado modelo “democrático” chino) y unas mayores brechas de desigualdad en el marco de una globalización en la que son muchos más los que pierden y se quedan atrás que los que ganan. Aumenta, de ese modo, el hartazgo y la insatisfacción de amplias capas de población que no se sienten representadas por sus gobernantes y que, poniendo en riesgo la paz social, se sienten crecientemente tentadas de adoptar posiciones incendiarias.

En gran medida ese inquietante panorama– que hay quien confía ciegamente en que la ciencia y la tecnología logrará gestionar con éxito- es el resultado de un modelo centrado en la seguridad de los Estados. Un modelo basado en el ejercicio del poder y en la incesante competición entre unos y otros, que entiende que hay unos intereses superiores del Estado a los que, si es necesario, se deben subordinar los de las personas que los habitan. Un modelo que no toma en suficiente consideración las necesidades, expectativas y demandas de los seres humanos y que entiende, equivocadamente, que más armas significa mayor seguridad. Por eso, tratando de explorar otras vías que permitan concretar el viejo sueño de un mundo más justo, más seguro y más sostenible, se impone la necesidad de pensar (y de actuar) en clave de seguridad humana.

Foto: Bigstock

La seguridad humana identifica a las personas como el principal foco de atención de toda agenda política a cualquier nivel, entendiendo que su bienestar y su seguridad deben ser las bases de partida de un orden internacional que vaya mucho más allá de la defensa de las fronteras y el ansia de dominio sobre otros. En sus múltiples dimensiones- económica, alimentaria, salud, ambiental, personal, comunitaria y política- plantea una agenda que no solo garantiza una vida digna a los 8.000 millones de pobladores de este pequeño planeta, sino que también consolida la paz social en cada Estado y, por extensión, en cada región y en el mundo entero. El concepto no es nuevo- ya fue presentado en 1994 en el informe sobre desarrollo humano del PNUD-, pero es un hecho que hasta hoy nunca ha habido voluntad común para implementarlo.

Esa es, por tanto, una de las principales asignaturas pendientes que tenemos ante nuestros ojos. Y no cabe esperar que, hipotecados por intereses cortoplacistas y superados en muchos casos por dinámicas transnacionales que superan las capacidades individuales de los Estados, los Gobiernos nacionales vayan a sumarse de manera entusiasta a este modelo alternativo. Por ello es necesario que también individualmente, haciendo uso de nuestra privilegiada posición como consumidores y ciudadanos, nos movilicemos con la clara intención de acelerar el necesario cambio de paradigma. Nos va en ello nuestra propia supervivencia como especie.

Jesús A. Núñez Villaverde – Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECACH)

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