Cuando tu banquero es ‘El Padrino’

El PadrinoAlguna vez en la Historia, hubo quien creyó, y sufrió defendiendo, que trabajar por el bien común conducía a la mejor de las sociedades posibles y que la mejor manera de vivir consistía en no tener nada propio sino compartir todo con la comunidad.

Poco importa que esta lectura rápida (y sesgada, lo reconozco) haya podido ser destilada del mensaje de un barbudo galileo del siglo I o de uno alemán del XIX. De hecho también coinciden en haber conseguido críticas severas durante su vida y un gran número de fieles seguidores tras su muerte. Y también en ambos casos, caprichos del destino o naturaleza humana, sus seguidores se empeñaron en elegir a dirigentes que enseguida traicionaron las ideas iniciales.

La teoría opuesta es tan antigua como el ser humano. Está mal señalar, pero fue uno en concreto, tan egoísta como espabilado, el que decidió transformar el defecto (o pecado, o alienación, como quieran) en “economía liberal”. Ésta asegura que el bienestar general se conseguirá si cada uno busca su propio beneficio, atendiendo a las necesidades de los demás sólo en la medida que ellos puedan devolver la ayuda… Sí, yo también creo que es una idea estúpida. A menos que sea formulada para hacer negocio, claro está. Pero debe ser que al ver nuestros instintos más ruines convertidos en filosofía y discurso político, fue fácil autoconvencernos de que aquello no estaba tan mal (me incluyo a pesar de no estar presente porque uno nunca sabe lo bajo que puede caer).

Y así, avalados por la teoría, nos fuimos inventando un modelo similar a la mafia pero de dimensiones internacionales. Las relaciones, como en la camorra, son cordiales entre nuestros países, los del Norte, los de la familia. Con el Sur, sin embargo, impera la extorsión y explotación para nuestro beneficio. Y lo más curioso de todo es constatar una y otra vez que desde nuestro punto de vista la situación no parece tan mala (hagan una pequeña encuesta si no lo creen).

Al llegar la crisis, cuando las cosas se pusieron mal, los gobiernos pensaron en soluciones tal y como les habían enseñado, ayudándose sólo a sí mismos (proteccionismo, aranceles, reducción de las importaciones…). Pero en este caso estaban en juego países de los importantes y no esos de nombres raros en los que no pasa nada si hay una guerra civil de 27 años o una esperanza de vida de 32 (en Angola y Swazilandia estos dos números son más que frías estadísticas). O incluso un 38% de afectados por sida en un país tan lejano que, por su bien, espero que no hayan oído hablar al Vaticano.

Decía que estaban en juego países de los importantes, della famiglia. Y las soluciones egoístas, como no sirven al otro, no sirven de nada. Eso bien lo conocen los BCE, OCDE, FMI y demás instituciones con nombres tan feos que no pueden ser algo bueno. Rápidamente han aconsejado unidad y solidaridad (lástima que no para las personas sino para los capitales) y no es de extrañar: saben qué políticas aplicar para ayudarse mutuamente y cuáles para llenarse los bolsillos a costa de los demás. Y nosotros, ¿seguiremos besando el anillo del padrino por miedo a perder su protección?

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