Inclusión social y el Perú maquillado

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Foto. Promperú.En tiempos en que la realidad se ve a través de miles de ventanas de Internet, el mundo está conociendo un nuevo Perú, uno donde el orgullo por los paisajes, la historia, los chefs, artistas y deportistas esconde, bajo un manto rojiblanco, lo que ocurre en calles, comunidades y empresas. Ese Perú sin turismo, encanto ni oportunidad que se intenta maquillar con afiches y vídeos.

La marca Perú, una campaña de imagen ideada en el gobierno del presidente Alan García, que eternizó también la grandilocuente frase de “El Perú avanza”, utiliza el marketing para vestir de esperanza a un país empobrecido. El objetivo fue poner “en los ojos del mundo” el turismo de costosos lodges selváticos, hoteles cinco estrellas y restaurantes de categoría.

El Perú está en venta, parece ser la verdadera frase que quiso acuñar la empresa británica Future Brand que, en un rapto de involuntario mercantilismo, convirtió el orgullo nacional en un mensaje publicitario que no refleja al amor por el país sino por lo que podemos vender de él y donde los únicos valores que importan son los que tienen precio; ignorando que la realidad, por supuesto, se ve por otra ventana.

Porque ese orgullo de camisetas estampadas y patriotismo gastronómico se desdibuja cuando se afronta lo que muchos prefieren ignorar: que, de acuerdo al PNUD, el Perú es el segundo país más pobre de Sudamérica, sólo por encima de Bolivia; que, según la Defensoría del Pueblo, hay más de 200 conflictos (la mayoría de ellos sociales y ambientales) y que, según el Foro Económico Mundial, en una lista de 139 países, la educación peruana ocupa el puesto 133.

Eso que muchos prefieren eludir, como cuando se evade la mirada del niño que pide limosna en la calle, contrasta con cifras que muchos celebran: el Perú es el primer exportador de plata (aunque también de cocaína) y el segundo de cobre y zinc (además de generar sus mayores ingresos por la venta de oro); de acuerdo con el mismo PNUD, el Perú tiene un “alto” desarrollo humano y, según el FMI, el Perú tendrá este año el mayor crecimiento económico de la región, con un 6’6% de producto bruto.

Foto. Emerson R. Zamprogno.Algo anda mal en un país cuando las cifras se contradicen o cuando uno encuentra en la capital tantas camionetas y autos nuevos como autobuses repletos y oxidados. Ese desequilibrio, que hace que uno de los 130 congresistas del Legislativo gane 25 veces más que el sueldo mínimo vital, se piensa resolver con una palabra mágica que ya es el único modelo a seguir, la panacea de la clase política que ya afronta denuncias por corrupción y tráfico de influencias: la inclusión.

Habría que preguntar a los peruanos qué significa “inclusión” porque, recientemente, un semanario local planteó el interrogante y ellos respondieron “discriminación”, “racismo” o que no lo saben porque para entender algo hay que conocerlo y para conocerlo hay que tenerlo cerca y en el Perú la pobreza vive cerca de la riqueza, pero el término “inclusión” no figura en su vocabulario.

De ahí que la creación de un Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social en el Perú parezca un efectismo, como cuando se creó uno de Ambiente y otro de Cultura, y la gente pregunte: ¿qué harán además de cobrar sus sueldos? El gobierno ha explicado que buscarán reducir la pobreza, promover la igualdad y generar trabajo. En suma, hacer bien lo que otras entidades estatales no supieron hacer.

Esta transformación, este gran cambio que cambia lo que otros antes cambiaron (y así sucesivamente) es como ponerle más polvo a las mejillas o pura retórica hecha para confundir a propios y extraños. Adornar la palabra “inclusión” con el tan venido a menos adjetivo “social” ya ha producido despistes y desconciertos que podrían remontarse hasta la época del comunismo.

Términos como “Economía social de mercado”, “marketing social”, “democracia social”, “comunicación social” y “responsabilidad social” han servido para engrosar el diccionario de la demagogia capitalista en un mundo que ha superado grandes crisis con una única y excluyente solución: el neoliberalismo. En tiempos en que el socialismo, comunismo y marxismo suenan a fracaso, la única forma de sobrevivir es “incluyéndose” en la lista del mercado.

Que es lo mismo que venderse

Por eso no es de extrañar que en el Perú haya comunidades selváticas que peleen contra las industrias petroleras que invaden y contaminan sus tierras, ofreciendo a cambio postas médicas, teléfonos móviles y otros beneficios que sólo se miden en papel moneda. No es de extrañar que haya compañías mineras que quieran mudar a una población arguyendo que “los recursos naturales son de todos los peruanos”. No es de extrañar que haya empresas que exploten a sus trabajadores con el cuento de la “competitividad”.

Es lógico que nadie entienda para qué sirve un Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social o una campaña de imagen que quiere representar a un país pero que excluye a los que se llevan la peor parte en él. El optimismo de los que caminan con traje en la ciudad es el de los que viven una realidad virtual donde sólo importan los amigos que aceptaron en su red social; la única vez que usan ese adjetivo tan venido a menos.

El sociólogo peruano Julio Cotler, autor de un libro que los peruanos excluyen de sus lecturas (“Clases, Estado y Nación”) opina que no se está dando la tan mentada “transformación” y lo que existe es una “aproximación” a ese proyecto de inclusión que dependerá de la crisis económica internacional. Si los países ricos no dejan de sufrir como pobres, a los pobres les quedan poco menos que esperanzas.

Foto. Cepes Rural.Mientras tanto, el gobierno, apoyado en su estabilidad económica, se esfuerza por crear programas que no sean caretas, empezando por las regiones que sufren más por el cambio climático, la desnutrición infantil, la falta de centros de salud y el analfabetismo. Con una televisión que muestra en sus comerciales a ciudadanos de todas las clases orgullosos de este nuevo Perú, cuesta creer que el cambio esté por venir.

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