Sueños

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Foto. M. Mazur Cathoilic Church of England & Wales.En la recién estrenada primavera de 2005 no se hablaba de otra cosa. Juan Pablo II había fallecido pocos días antes y los cardenales de todo el mundo estaban reunidos para elegir de entre ellos a su sucesor. Se hacían corrillos y comentarios de todo tipo, “el siguiente no debería durar tanto”, “¿será otra vez un italiano?”, “¿qué tal le sentará la mitra?”

Entre unas cosas y otras, los días estaban siendo agotadores, así que, a pesar de estar en una importante reunión en la iglesia, a nuestro protagonista le venció el sueño por un instante. Como él no era el centro de atención de la reunión, nadie se dio cuenta de las cabezadas que, por otra parte, apenas duraron unos minutos. Pero ese corto tiempo fue suficiente para que sus últimos pensamientos se convirtieran en sueños: ¿y si me eligieran a mí?, ¿qué haría yo si fuera papa? Dirigir una religión basada en el amor y la humildad desde un palacio, desde mi propio Estado, con sirvientes, con ministros y ceremonia de coronación… Qué disparate, se decía en su sueño. Y recordó a Jon Sobrino cuando ante la misma pregunta respondió: “No creo que pase, pero si me eligieran papa, lo primero que haría sería cerrar el Vaticano”. Pero su fe en las utopías terrenales hacía mucho que se tambaleaba y últimamente tenía que disimular una sonrisa sarcástica cuando las recordaba. Más vale malo conocido que bueno por conocer, se decía a sí mismo. Total, ser conservador es la única manera de no hacer nada mal, aunque sea a costa de retrasar los avances, continuaba.

Foto. M. Mazur Cathoilic Church of England & Wales.Y seguía pensando en todo lo que acarreaba el cargo que se iba a decidir en la Capilla Sixtina: No sé si soportaría no poder pasear tranquilo por la ciudad o sentarme en un café sin que todo el mundo me reconociera. Escoltas, cámaras, papamóvil (papamóvil, qué ridículo)… Pero también encontraba muchas ventajas: Con el poder que tendría como Papa, podría retomar con fuerza los viajes, las Jornadas de la Juventud, las tareas de Estado y muchas cosas más. Podría combatir mucho mejor todos esos movimientos que critican a la Iglesia desde dentro o que proponen cambios inadmisibles. Pero en este punto, se despertó. Críticas desde dentro, cambios inadmisibles… se repetía lentamente, pensando cada palabra. Pero esto no es tan fácil, hay muchas cosas que he hecho y he dicho siendo “un soldado” que quizá no debería hacer como “general”. A muchos cambios los llamo inadmisibles porque son demasiado avanzados para mí y no me gustaría verlos hechos realidad, pero en el fondo son legítimos. Y si yo fuera Papa tendría un dilema terrible. Los teólogos condenados, las feministas silenciadas, los curas casados… sólo piden una Iglesia más cristiana y menos católica. ¿Es esta Iglesia fiel al Evangelio? Pero habría que cambiar la tradición, eso es muy importante, la tradición… ¡Por favor, Señor, nunca me pongas en ese cargo! Y rezó repitiendo su petición una y otra vez, absorto en el ruego hasta que un compañero, sentado junto a él, le preguntó en alemán con un guiño: “Joseph, empieza la cuarta votación, ¿crees que será la definitiva?”

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