Cómo ha podido torcerse todo tanto en tan poco tiempo es algo que estudiarán los libros del mañana. Pero el caso es que el multimillonario enajenado y ultraderechista Bolsonaro ha ganado las elecciones en Brasil con un discurso inimaginable hace apenas cinco años. Se suma así a la lista de gobernantes pirómanos dispuestos a prenderle fuego al mundo para mantener su cuota de poder y miedo, sólo que este tiene para quemar toda la leña que forman los bosques de la selva que se conoce como el pulmón del Planeta.

Los Derechos Humanos como línea roja internacional han desaparecido y, bajo el disfraz de destruir un “establishment” corrupto, se ensalza el machismo, el racismo, la homofobia y el negacionismo climático.

A este lado del charco, mientras la hasta hace nada caricatura política que es VOX aparece refrendada en el CIS, nos encontramos con el dilema de qué hacer con el cadáver del dictador Franco. Dilema provocado por unos medios que, a cambio de más audiencia, son capaces de poner en cuestión la propia dictadura.

Ante este escenario la Iglesia tiene que ser clara. No puede apoyar ni tan si quiera por indiferencia que se entierre a Franco en la Almudena. Si su familia tiene un terreno en la cripta y dinero para pagarlo (¿podría usted?) es porque expolió al pueblo durante 40 años de dictadura. No todo vale aunque todo sea legal.

No se puede ceder un milímetro más a las ideologías del odio. El mundo (hoy Brasil) necesita muestras de resistencia. Sólo exhumando a Franco sin honores se podrá empezar a inhumar el bolsonarismo.