La religiosa Engracia Vidal jugó un papel muy relevante en la historia reciente de la Iglesia gallega, impulsando la reflexión cristiana desde la revista Encrucillada. Desde muy temprano, desarrolló una firme conciencia feminista y, en los agitados tiempos del posconcilio, abrió camino a nuevas formas de vida religiosa. Marisa Vidal Collazo, de la Asociación Mulleres Cristiás Galegas Exeria se mete en su piel para explicarnos cómo fue la vida de Engracia Vidal. Quienes quieran profundizar en su figura pueden recurrir al libro Engracia Vidal Estévez, profecía de fe e galeguidade.

Nací en Cambados en 1930, aunque mi casa madre estaba en Pontecaldelas. De mi primera infancia en Cambados recuerdo años muy felices. Mi madre me enseñó a leer con cuatro años. Mi hermano y mi hermana fueron internos en sendos colegios para hacer el bachillerato. Yo me quedé sola con mis padres y estalló la guerra civil. Me recuerdo jugando mucho sola.
Acaba la guerra y, con 10 años, voy al colegio del Sagrado Corazón de Placeres para estudiar el bachillerato. Al acabar, decido hacerme monja del Sagrado Corazón. Me parecía lo máximo cumplir un ideal, aunque mis padres no estaban muy de acuerdo.
En el convento descubrí lo que hoy llamamos feminismo: la conciencia de ser mujer y desarrollar todas mis capacidades. En los años sesenta, la mayor parte de las mujeres universitarias éramos monjas. Teníamos iniciativa, capacidad, autoridad…. Fui profesora en Granada, Chamartín y directora en el colegio de Placeres, donde había estudiado. Allí viví el Concilio Vaticano II.
En 1965 voy a Madrid y participo en la renovación conciliar de mi congregación. Del Capítulo General de 1970 salieron las nuevas constituciones ad experimentum, pero cuesta mucho que el Vaticano las apruebe porque ya estaba en marcha la maquinaria de la involución posconciliar. En el curso 1968-69 asisto a un curso de pedagogía de la fe, en el Instituto de Pastoral. Aquello era toda una novedad: después de 18 años de clausura, sin apenas salir de los muros del convento, íbamos andando por la calle.
La teología conciliar
Empezamos a quitarnos el hábito para trabajar en las parroquias…. Ese curso fue mi conversión. Le puse la puntilla a la antigua teología, a aquella fe de «creer lo que no vimos», y me pasé a la teología conciliar, la de entender la fe como una opción personal y un compromiso. No solo creer en algo sino creer en Alguien. Empecé a poner en práctica los presupuestos conciliares en una parroquia de Moratalaz, en grupos de trabajo con monjas, curas, laicas y laicos. Este trabajo fue la praxis que completaba la nueva forma de pensar que se abría con el Concilio Vaticano II.
Llegaban las nuevas interpretaciones teológicas y había que escucharlas y hablarlas a media voz, porque ya entonces había gente a la que no le convencía tanta praxis, tanta militancia, tanto compromiso y querían seguir poniendo el acento en la espiritualidad. Nuestro quehacer rayaba con el compromiso político. No aprobábamos el Régimen por considerarlo contrario a los principios evangélicos, que nos situaban cerca de partidos de izquierda.
En este clima de intensidad y novedad llega una propuesta original y arriesgada: venir a Galicia e iniciar, en el barrio de San Roque de Santiago, un nuevo estilo de vida comunitario mediante la creación de una residencia para que pudieran seguir los estudios de bachillerato las chicas de las aldeas. Así nació Lareira.
Chicas y monjas estábamos mezcladas en la vida cotidiana. En las tareas de la casa había turnos organizados en las que participábamos todas por igual. Las monjas pagábamos también la residencia. El fondo común lo administraba una ecónoma monja y dos chicas. Era una casa y una comunidad de puertas abiertas. Teníamos reuniones de trabajo y se celebraban eucaristías innovadoras. La casa también fue lugar de reuniones clandestinas en aquellos últimos años del franquismo.
Eran unos tiempos muy movidos, de gran efervescencia, de cambios políticos y eclesiales. Me contratan como profesora de Historia y Lengua en el seminario menor. Otra compañera empezó a coser para unos almacenes… Queríamos ser autónomas y no vivir a cuenta de las chicas de la residencia, sino de nuestro trabajo. Empecé a colaborar con el Secretariado de Catequesis de la diócesis. Hice una de las guías de la catequesis escolar, daba cursos, llevaba encuentros con catequistas y di algún retiro a los curas siguiendo la línea de la renovación catequética. Ideamos campamentos de verano para adolescentes de Cambados, Moaña y Aguiño. En esa época empiezan los cursos de teología en Compostela con Andrés Torres Queiruga.
En 1974 voy a París para hacer los cursos del INODEP (Institute ecuménique au service du développement des peuples). Paulo Freire era el presidente internacional y estuvo unos días con nosotros. El objetivo de estos cursos era formar líderes. Tuvimos muchas clases de análisis de la realidad, dinámica de grupos y visitas de muchas personas muy interesantes. Se discutían muchos proyectos.
La revista Encrucillada
Pilar Wirtz me propuso asumir la secretaría de una nueva revista: Encrucillada. Revista galega de pensamento cristián, dirigida por Andrés Torres Queiruga. Acepté, condicionada al consentimiento de mis superioras. Me fui a vivir a Ferrol para poder dedicarme a tiempo completo a poner en marcha la revista. Elegimos Ferrol porque allí estaba el obispo Araúxo, en la onda conciliar. La sede era una modesta casita en el barrio de Canido, un barrio obrero de Ferrol.
Mientras trabajaba de profesora en un instituto estatal que funcionaba con la colaboración del obispado, se forma, en 1975, la primera mesa de redacción, pero el permiso de publicación no llega hasta 1977, y hubo que volver a organizar una nueva mesa de redacción. Andrés Torres Queiruga y yo siempre fuimos parte de ella. La tercera persona que formaba con nosotros fue cambiando con el tiempo.

En este tiempo participé en todas las iniciativas que estaban reactivando la democracia. La gente sabía que yo era monja, pero entendían mi estilo de vida. Trabajar en la enseñanza pública me fue abriendo a otras perspectivas. Durante un año di las primeras clases de gallego, fuera del horario escolar y gratuitas, en el instituto masculino. Se vivía mucho en la clandestinidad porque, hasta la Constitución de 1978, la libertad no era plena.
Luchábamos por un partido político gallego. Participé en las reuniones de creación de la ANPG (Asemblea Nacional do Pobo Galego) y en algunas de la fundación del BNG. Lo que me movía era el compromiso social. Era consciente de los límites de la política, simpatizaba con la causa, pero no con muchos de los modos de actuación. Si en Galicia queremos lengua y autonomía hay que trabajar por la tierra, por ello traté de participar en movimientos sociales que se iban creando a favor de la democracia y desde una visión galleguista, al igual que en las iniciativas eclesiales que iban también en esa línea de defensa de la democracia y del galleguismo.
En la congregación empezaban a ponerme reparos. Muchas no entendían mi opción por la lengua y la cultura gallegas. Nunca se comprendió que, en Galicia, cualquiera de las dos opciones lingüísticas tenían connotaciones políticas y, en esa perspectiva, tan político era optar por el gallego como por el castellano.
En esos años empezaron los Cruceiros, las Romaxes, y después la asociación Irimia, todas ellas iniciativas nacidas en Ferrol. Hablaba Pepe Chao de las hierofanías, sitios donde se manifiesta la divinidad, buscando recuperar esos sitios en Galicia. Recuerdo la visita al Pedregal de Irimia y luego la celebración de la primera Romaxe en el lugar donde nace el río Miño, en 1978. Más de un millar de personas vibrando por la fe y por Galicia.
En este tiempo, yo tenía claro que mi labor era seguir en Galicia y con Encrucillada. En la congregación no lo entienden y nos vamos distanciando. Tengo que hacerme cargo del cuidado de mi madre y unas tías y me fui a vivir la Pontevedra, donde trabajo de profesora de gallego en el Instituto da Xunqueira. Mi casa fue la nueva sede de la revista Encrucillada.
En Pontevedra participo o apoyo diferentes iniciativas. Entré en la REAL (Rede de Entidades Amig@s da Lingua), en el Consello da Muller del Ayuntamiento de Pontevedra, en el Colectivo contra la celulosa. Doy charlas, participo en la cultura local.
En 1996 asistí al nacimiento de la Asociación Mulleres Cristiás Galegas-Exeria, ¡una alegría grande! Mulleres Cristiás Galegas trajo algo nuevo y necesario: un espacio de mujeres y para las mujeres. La sociedad tiene que ser mixta, pero que hubiera un lugar donde se pudiera estar y abrirnos a nuestra conciencia de mujeres es importante.
En el año 2000 escribo Por unha igrexa tamén feminina, un libro pionero sobre las mujeres y la Iglesia gallega editado por Encrucillada. Yo tenía escritos varios artículos sobre el tema así que los recopilé y publiqué acompañados de comentarios y actualizaciones.
Ya jubilada, me dediqué con más intensidad a escribir, sobre todo para Encrucillada y otras revistas. Con un grupo de mujeres, iniciamos una tertulia feminista en Pontevedra.
En conjunto estoy contenta con mi vida. No me arrepiento de haber sido monja, ni de haber dejado de serlo. No me arrepiento de la cantidad de cosas que he hecho a base de esfuerzo y de renuncias, o por puro placer. Por supuesto que lamento enormemente todos mis errores y fallos, que en una vida larga son muchos. Quiero creer en Dios y en la continuidad de la vida en Él. Creo firmemente en su perdón porque creo en su amor.
