Uno de los espacios más interesantes en los que he participado este verano ha sido sin duda la Universidad de Verano Anticapitalista, convocada este año con el lema organizar la resistencia frente al fascismo y la extrema derecha.
Cerca de mil personas de todas las edades, y entre ellas numerosos jóvenes, analizamos y pensamos juntas estrategias de acción colectiva para abordar el avance de la ultraderecha en las conciencias, los espacios cotidianos, políticos e institucionales, de forma cada vez más peligrosa y provocadora, como tristemente ponen de manifiesto los sucesos que están aconteciendo en Ceuta.
En este contexto resulta enormemente llamativo que una de las charlas planteadas haya sido sobre Religiones y Emancipación. Tuve la suerte de participar en ella compartiendo mi reflexión desde una perspectiva cristiana crítica y feminista, junto a Helios F. Garcés, en su caso como musulmán de la liberación. El tema despertó gran interés. Hubo llenazo total y el nivel de diálogo fue de gran riqueza y profundidad.
Hay quienes dicen que la religión está de moda, pero más bien soy de las que pienso que el factor religioso es siempre de todo menos neutral y que las religiones son siempre un campo de batalla, un territorio disputado incluso al interior de ellas mismas. No olvidemos que la etimología de la palabra religión viene de religare (religar) y relegere (releer), palabras que aluden no sólo a una experiencia interior, sino también a la relación de las personas con el grupo humano y su forma de interpretarla.
Su significado refiere por tanto a la capacidad de establecer vínculos personales y comunitarios desde y con el misterio de lo humano, lo trascendente. Cuando hablo de lo trascendente, me refiero a los anhelos hondos que nos ayudan no solo a sobrevivir, sino a aspirar y hacer posibles vidas que merezcan la alegría y el sentido de ser vividas, el derecho al pan y a las rosas.
Pan (derechos humanos y sociales) para tener de qué vivir, y sentido(belleza, motivaciones hondas, fundamentos arraigados en la experiencia y no solo en las ideas) para tener por qué vivir. En definitiva, el anhelo de seguir haciendo históricas utopías posibles y seguir apostando con alegría y esperanza nuestras vidas en ello, pese a tantos fracasos históricos o expectativas frustradas.
Por eso las religiones no pueden ser una cuestión íntima. No pueden desentenderse de la polis: de la justicia social, de los derechos humanos y del planeta, de las libertades democráticas, de la economía, de los genocidios, de la especulación de la vivienda, de los feminicidios, ni mucho menos ser legitimadoras ni cómplices de ello, en alianza con el status quo.
No pueden quedar reducidas a una cuestión privada, pero tampoco erigirse en absoluto, ni pretender imponerse en la autonomía de lo temporal (Magnifica Humanitas 20). Cuando lo hacen, pierden lo mejor de sí mismas y domestican su capacidad emancipadora.
De hecho, así sucede, aunque, a la vez, también en el interior de ellas mismas se mantienen siempre espacios liberados, minorías indóciles, resistentes y propositivas, que continúan alimentando algunos de sus elementos originarios emancipadores, a la vez que los reconocen en iniciativas ciudadanas, sociales, políticas, humanitarias, agnóstica o ateas.
En contacto con ellas, experimentan que esos valores se redimensionan, y de ahí nacen alianzas, complicidades y activismos muy poderosos. Cito, por ejemplo, a Dorothy Day (Mi conversión) y su experiencia de cómo fue el comunismo lo que le acercó a la fe: “La masa de arrogantes cristianos burgueses que negaban a Cristo en sus pobres me hicieron volverme al comunismo (…) fueron los comunistas y mi colaboración con ellos los que me hicieron volverme a Dios” [1]
Por ello, creo que, más que un diálogo interreligioso, lo que necesitamos es un diálogo entre teorías y praxis emancipatorias, donde poder reconocernos con quienes de hecho convergemos, más allá de las creencias religiosas, en las concreciones históricas y luchas comunes emancipatorias allá donde nos encontramos, en el corazón de la vida.
Sin embargo, gran parte de la izquierda continúa teniendo unas narrativas muy locales sobre la liberación y necesita revisar su falso universalismo. Porque, a día de hoy y de los acontecimientos que estamos viviendo, quizás la pregunta pertinente no es si Dios existe o no, sino de qué Dios estamos hablando y de qué religión.
No olvidemos algo que ya preconizó Walter Benjamin: La religión más poderosa del mundo se llama capitalismo. Su dios es el capital y la libertad de mercado; sus grandes ritos acontecen en la bolsa, en las grandes superficies y en las redes sociales. Sus símbolos son McDonalds, Coca-Cola y las grandes empresas tecnológicas. Su paradigma de lo humano y lo divino es el ideal al que se aspira: varón, blanco y occidental, hetero y propietario de una gran transnacional
[1] Dorothy Day, Mi conversión, Madrid, 2014, pág. 24
