Como cada año, en dos periodos de 45 días continuados, la madrileña parroquia de Nuestra Señora de las Angustias, situada en el barrio de Delicias, pone en práctica su proyecto de acogida de inmigrantes. Se trata de una acogida de emergencia, transitoria, como puente para la obtención de mejores recursos.

La acogida se realiza en el marco del proyecto “Mesa por la Hospitalidad”, creado en la Diócesis de Madrid por el arzobispo Carlos Osoro en septiembre de 2015.
De la atención personalizada de los acogidos, asistencia social, asesoría jurídica, búsqueda de recursos y enseñanza de la lengua española, se encargan diversas ONGs vinculadas a la Iglesia, que les atienden de acuerdo con sus recursos especializados; sin embargo, no les puede proporcionar alojamiento. Para ello, la Mesa dispone de unas pocas plazas, mediante recursos que se prestan de forma rotatoria, así que después de esta parroquia van a otra, hasta que se les pueda encontrar un recurso permanente o puedan por sí mismos obtener alojamiento y manutención básica.
La parroquia dispone de un modesto piso, adaptado a esta necesidad hace unos años cuando surgió el proyecto, con capacidad para aproximadamente doce personas, con baños, cocina y comedor. Las voluntarias y voluntarios se organizan para acoger a un pequeño grupo -el que permite la capacidad de la instalación-, y se les proporciona aseo, cena, cama y desayuno. El proyecto acoge de 8 de la tarde a 9 de la mañana todos los días, durante ese tiempo las personas acogidas pueden asearse, descansar y estar en compañía. Los acogidos suelen ser hombres jóvenes, mayores de edad, que provienen en su mayoría del África Subsahariana, aunque también de Marruecos y América Latina.
Suelen ser hombres jóvenes que provienen en su mayoría del África Subsahariana, aunque también de Marruecos y América Latina
Hasta el momento, el proyecto sale adelante con voluntarios para todos los periodos. El último periodo de acogida transcurrió durante las fiestas navideñas y muchos voluntarios decidieron pasar esas noches y disfrutar de esas cenas con todos ellos.
Además de esta asistencia de base, la acogida se organiza mediante dos formas de colaboración: las cenas y la pernocta. Por un lado, se colabora cocinando las cenas, en la mayor parte de los casos llevándola desde casa. Las personas que la traen la sirven y cenan con los chicos. Para que la diversidad de comidas, equilibrio nutricional y respeto a las costumbres y creencias de los alejados se cumpla, se elaboran unos menús para cada día de la semana. El momento de la cena es siempre enriquecedor; se habla, se comparte y se come mucho, en un ambiente cálido, regado de bromas, camaradería y respeto. Fluye como cualquier cena familiar, y la diversidad de lenguas, religiones y circunstancias personales no impide que se sientan por unos momentos en casa, relajados y protegidos.
El momento de la cena es siempre enriquecedor; se habla, se comparte y se come mucho, en un ambiente cálido, regado de bromas, camaradería y respeto
La otra forma de colaboración es por las noches; un voluntario, a veces parejas, se queda a dormir en una habitación de la casa. Se trata de no dejarlos solos, de protegerlos y de que siempre haya alguien pendiente de sus necesidades. En caso de que surja alguna urgencia, responsables de la Mesa de la Hospitalidad, junto con las organizaciones que intervienen en su protección, se encargan de gestionar los recursos necesarios.
Por la mañana, tras el desayuno, se procede a la limpieza de zonas comunes, ellos se reparten las diferentes tareas en un marco de colaboración y sentido de grupo. Después, parten hacia diversas actividades de tipo formativo y ocupacional; en algunos casos hacia sus puestos de trabajo. El fin de semana se realizan actividades recreativas con ellos, acompañadas por voluntarios.
El acercamiento, el compartir unos momentos alrededor de una mesa, acerca a los voluntarios a unos jóvenes alegres, con toda la vida por delante, con sus ilusiones y anhelos y con la experiencia del sufrimiento pasado que quieren olvidar y encontrar una vida digna y en paz. No suelen hablar mucho de su viaje, del periplo que los ha traído a Europa. Expresan sus ilusiones, a lo que se querrían dedicar, muchos tienen oficios o estudios que querrían continuar. Desean desarrollar sus vidas como cualquier otro chico de su edad, de los que simplemente les separa el azar de haber nacido tras una frontera.
Tras la cena hablan por medio del teléfono móvil con sus familiares, sus amigos, sus novias, ríen con ellos, en la tranquilidad de haber superado un itinerario, que en muchos casos es de muerte y explotación, pero con la incertidumbre de un futuro en el que cabe la expulsión y el desarraigo.
Tras el desayuno salen a las frías calles de Madrid, los ves, a ellos que provienen de países tropicales, un poco desabrigados para el enero madrileño. En ese momento sientes el peso del azar en la existencia. Mientras tú vuelves al hogar, a la seguridad y al calor, ellos se internan en la intemperie.
Preocupa pensar que de las más de 450 parroquias que tiene la Archidiócesis de Madrid, apenas una decena realicen esta acogida
En relación con los datos de la mal llamada inmigración irregular, puesto que de ahí provienen las personas acogidas y las necesidades de asistencia y alojamiento, el recurso que pone a disposición la Mesa en Madrid puede parecer escaso, pero sigue siendo un signo de la presencia de la Iglesia ante tal drama, y la vocación ejemplar de algunos de sus miembros, sacerdotes y laicos.
En todo caso, preocupa pensar que de las más de 450 parroquias que tiene la Archidiócesis de Madrid, apenas una decena realicen esta acogida. El proyecto de la parroquia de las Angustias, con los años, ha tenido que triplicar el tiempo de acogida, del mes inicial a los tres meses al año actuales, divididos en dos periodos. Las necesidades de acogida son crecientes, la mies es mucha, hacen falta más proyectos; pocas actividades son más necesarias y más evangélicas. Además, ese cuidar y compartir devuelve el enriquecimiento que produce conocer al otro, hablar con ellos, perder el miedo a esos “extraños”.
Ese cuidar y compartir devuelve el enriquecimiento que produce conocer al otro, hablar con ellos, perder el miedo a esos “extraños”
Aunque no trascienda lo suficiente, la jerarquía de la Iglesia española, a través de la Conferencia Episcopal, está exhortando a la sociedad al acogimiento y clamando para que, de una vez por todas, se tramite la iniciativa legislativa popular para la regularización extraordinaria de migrantes, pero es también evidente que se requiere un impulso y un compromiso mayor de todos con las personas migrantes, cuyas vidas pueden verse aún más dañadas con el crecimiento de la ultraderecha y su discurso deshumanizador.
Recordando al Papa Francisco, se requiere una Iglesia en salida, que vaya a las periferias y que las acoja cuando ellas vienen a nosotros.
