La nación de los extraños, de la periodista y escritora turca Ece Temelkuran es un libro revelador que nos enfrenta a una triste verdad: el mundo de -relativas- paz y prosperidad construido tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, de la Guerra Fría, se desmorona y, en todo el planeta, la extrema derecha gana terreno y muchas señales indican que, a corto plazo, ganará la partida. En estas circunstancias, ¿es posible mantener la esperanza? Temelkuran cree que sí.

El libro de la escritora turca tiene muchos ecos del trabajo filosófico de Albert Camus. El premio Nobel francés -nacido en Argelia, no lo olvidemos: el Mediterráneo como modelo de vida puede que tenga mucho que ver en esta coincidencia de enfoques- también defendió en tiempos oscuros el trabajo a favor de la humanidad. Además, como Camus, Temelkuran escribe de una manera luminosa, profunda y clara al mismo tiempo y que apela no solo a nuestra razón, sino a nuestra más profunda humanidad.
Nada mejor para comprobarlo -y entrar en materia de una vez- que citarla: “un mundo nuevo está en vías de construcción, con unos niveles de barbarie renovados (…) Ni siquiera ese inmenso aturdimiento que, mal que nos pese, hemos desarrollado para soportar el avance sin tregua de la inhumanidad nos servirá ya… Tememos que no quede futuro suficiente en el mundo para que la justicia se materialice (…) Es como si estuviéramos de luto, no por lo que ya hemos perdido, sino por lo que sabemos que acabaremos perdiendo”.
Para Temelkuran, extraños son no solo quienes, como ella -exiliada desde 2016- han perdido físicamente su hogar, sino todas las personas que renuncian a convertirse en cómplices de las “monstruosidades” de nuestro tiempo. Estas personas han -hemos- perdido su “hogar moral” y no saben a qué instrumento político recurrir para sumar sus voces y que lleguen a oídos de los gobernantes.
La escritora explica en una serie de cartas escritas a un extraño anónimo, cómo ha llegado a ese convencimiento. Cuenta -en un relato lleno de ternura y no exento de humor- cómo ella misma tiene que superar múltiples obstáculos para obtener un permiso de residencia en Alemania y cómo, en su camino, se encuentra con muchas otras personas que, de una u otra forma, han perdido su hogar: inmigrantes, solicitantes de asilo, mujeres sin techo en el frío invierno de Berlín…
Temelkuran describe con precisión poética ese sentimiento de extrañeza que cualquiera con un mínimo de sensibilidad ha experimentado alguna vez y describe admirablemente la sensación de aplastamiento, de disolución de la identidad que causa la falta de hogar -“me siento como un objeto flotante y oscuro al que han echado una maldición”; “(soy) una autómata insensible, una máquina de supervivencia”; “la extraña aprende que el hogar no consiste en lo que una recuerda, sino en quién la recuerda”-, pero no se queda en lo personal, sino que da el salto a lo político.
La nación de los extraños incluye en su texto, aunque este no sea su objetivo principal, intuiciones esenciales sobre los mecanismos del fascismo: “No sólo silencia a la gente, sino que la obliga a hablar de determinada manera. Lo que empieza como una elusión rápida y aparentemente insignificante de una o dos palabras se convertirá en un nuevo orden”.
(Pensemos, por ejemplo, cómo en Israel obviar cualquier noticia sobre el sufrimiento de los gazatíes ha llevado a prácticamente todo un país a pensar que un genocidio está justificado).

Temelkuran se muestra convencida de que el fascismo está destinado a triunfar en el corto plazo y que no tiene sentido intentar mantener o reconstruir el supuesto orden de la democracia liberal, lo que no deja de ser un punto de vista controvertido.
Pero, al mismo tiempo, afirma rotunda de que otro futuro será posible -después del inevitable triunfo del fascismo- si todos los extraños nos unimos -“somos tantos, tantísimos, que, si nos sumáramos todos, incluso podríamos ser mayoría”- para tejer “un nuevo hogar hecho de palabras, el único material indestructible que nos queda (…) un mundo nuevo, en el que seguir siendo humano no te convierta en un extraño”.
Si para Sartre el infierno eran los otros, para Temelkuran son la única salvación posible. La supervivencia de los extraños dependerá de que sean capaces de generar “un sentido del vínculo colectivo lo bastante amplio” que supere diferencias -históricas, culturales, étnicas- y que desborde las fronteras de los partidos políticos tradicionales.
Ella no señala la ruta para llegar a la Ítaca de un mundo posfascista más humano, pero sí señala el camino: una moral de la supervivencia -“los extraños somos los que hemos sobrevivido a nuestro propio apocalipsis. Sabemos cómo sobrevivir a la destrucción y empezar de cero”- que permita que las personas se sostengan las unas a las otras incluso cuando están cayendo.
En ese nuevo mundo, la definición de hogar habrá cambiado totalmente y no vendrá definida por fronteras físicas o culturales estables. El hogar, el nuevo hogar será el lugar en donde “poder mantener conversaciones sinceras”. Algo que, sin duda, echamos en falta en nuestra sociedad de posverdades y trucos políticos de trileros.
La nación de los extraños es un libro fascinante y necesario para estos tiempos de rabia y crueldad.

