Dietrich Bonhoeffer era un pastor luterano alemán que después de dos años de cárcel fue ahorcado por las SS en Alemania en abril de 1945.

por José Manuel Fernández

Dietrich Bonhoeffer

Bonhoeffer pasó varios años buscando realmente el sentido de la comunidad, tratando de entender y de experimentar el encuentro con los hermanos. El sentido de las palabras de la epístola a los Romanos.

Su educación refinada en el luteranismo oficial alemán, le lleva a sentirse insatisfecho y hacerse profundas preguntas sobre la Gracia y la trascendencia. Hasta que viaja a Estados Unidos y conoce la realidad del racismo y el activismo de las iglesias negras de EE.UU. Ahí, entre los oprimidos y en el activismo que busca romper las situaciones opresoras, es dónde encuentra la comunidad eclesial, y el sentido de la fe.

Además, durante su convivencia en Nueva York con compañeros europeos de países que habían sido enemigos de Alemania durante la Gran guerra, Bonhoeffer entiende que la comunidad de Dios es superior a la comunidad nacional. Esto es fundamental en 1931, porque sus condiscípulos y maestros en Alemania están llevando a las últimas consecuencias ideas que el propio Bonhoeffer había defendido en su tesis doctoral, que la fidelidad a la nación era realmente la fidelidad a la voluntad de Dios y por tanto que la guerra está justificada. Es decir, la teología oficial alemana que acabará justificando los horrores del nazismo al traicionar la fe construyendo la iglesia del reich, entiende que la comunidad eclesial real, la verdadera iglesia es la nación. Llegarán incluso a identificar al Espíritu Santo con Hitler.

Bonhoeffer se aparta de eso y entiende y proclama que la iglesia, la comunidad de Dios, es la humanidad y que está por encima de cualquier nación. Por tanto, no se puede justificar la guerra, ni la segregación racial. Su lucha desde el mismo día de la subida al poder de Hitler, advirtiendo de los peligros de endiosamiento de un régimen, se centra sobre todo en la cuestión judía. Para él expulsar a los judíos de la iglesia es expulsar a Cristo y por tanto quienes lo hacen están fuera de la iglesia, esa iglesia ecuménica en la que él cree, la que lucha por la justicia universal. Esa lucha universal es la que crea realmente los lazos de fraternidad que construye la Comunidad con mayúsculas.

Entonces y ahora

Podemos pensar que esto ahora es obvio, pero no es así. En la España de aquel momento, hay una iglesia carlista que añora la inquisición y que en los años siguientes jaleará la “cruzada” y hablará de la nación elegida por Dios o de la nación preferida de la Virgen María. Una España que sigue hoy presente, jaleada por falsos intelectuales.

Como los Cristianos Alemanes de la Iglesia del Reich hablaban de Alemania, estos lo hacen de España y ponen en sus redes sociales “Santiago y Cierra España”, con imágenes de Santiago Matamoros. Esa muestra de ignorancia supina es criminal, ya que va acompañada de falacias sobre colectivos para criminalizarlos, tal y como hizo el nazismo en su momento. Es decir, ese mensaje de Bonhoeffer y de los teólogos progresistas que trató en EE.UU., movimiento que desembocaría en la lucha de Martin Luther King, pastor de la misma escuela que él mismo, sigue siendo necesario.

Un testimonio actual

Sigue siendo necesario ese testimonio porque siempre hay un Cristo que está como el de los gitanos, sin desenclavar. Bonhoeffer escribe en Nueva York sobre el poema del Cristo Negro de Countee Cullen. Es un poema sobre un afroamericano, torturado y linchado por defender a su amante blanca de la violencia de un hombre blanco. El poema y Bonhoeffer ven en ese hombre y en cualquiera de los miles de hombres afroamericanos linchados por turbas enardecidas en aquellos años, la imagen de Jesús crucificado.

Esa violencia racista que busca perpetuar privilegios de una minoría, es la que mata a Jesús una y otra vez. Hoy, aquí en nuestro país, tenemos a la encarnación del mal, acusando falsamente a niños y niñas que no tienen familia, estigmatizándolos, atacándolos cada día en la prensa y las redes sociales. Así se justifica luego la violencia física contra el colectivo. Justamente contra aquellos que dijo Jesús, dejad que se acerquen a mí. Les llaman MENAS, pero no son más que niños huérfanos. Ellos son Cristo aquí y ahora. Y tenemos que elegir, o con Él o contra Él.

Destino elegido

Como Jesús de Nazaret o como Monseñor Romero, otro Cristo más moderno, Bonhoeffer elige su destino, decide voluntariamente vivir en Alemania, a sabiendas de los riesgos, porque entiende que es su deber. Era un hombre inteligente y consciente, que en 1933 ya vio el precipicio al que llevaba el nazismo. Aun así, como Romero, como el propio Jesús de Nazaret, decidió asumir los riesgos en pro del bien común y en su caso fueron dos años de cárcel, la tortura y una muerte horrible y dolorosa.

Ahora estamos viviendo una situación dolorosa y nueva para la mayoría, una pandemia en la que sufre y muere mucha gente, y que además nos empobrece severamente. Se avecinan tiempos duros. Pero en esta pandemia se encuentra el sentido de comunidad, de iglesia universal. Realmente hemos visto la importancia de lo común frente al individualismo, hemos entendido que en lo común está nuestra salvación. Los aplausos al personal sanitario fueron una catarsis de ese sentimiento de colectividad que no entiende de fronteras. En el mensaje de proteger al débil sacrificando para ello nuestra economía, está nuestra esencia como seres humanos, o si se prefiere el verdadero significado de la inmanencia de Dios. Y en este contexto la vida y la prédica de Bonhoeffer adquiere una renovada actualidad.

Vivos en la comunidad

Hoy tenemos que avanzar en otra frontera, no solo es el antirracismo y el anti-colonialismo, también y sobre todo es el feminismo y la lucha contra la homofobia, además de la defensa del medio ambiente. Bonhoeffer o Luther King lucharon con una frontera, ahora debemos luchar en esta nueva frontera que nos hace aún más universales porque es realmente la inclusión de toda la población mundial y unifica todas las luchas en una sola, el ecofeminismo.

Monseñor Romero decía que resucitaría en el pueblo salvadoreño. El testimonio de Bonhoeffer, como el de Luther King, como el de tantos miles sigue vivo en la comunidad. Después de la crucifixión viene la resurrección. Es decir, el florecimiento de los valores de la justicia en la Comunidad con mayúsculas. La victoria de lo común sobre el terraplanismo del odio. Por oscuros que sean los tiempos, avanzaremos y llegaremos a celebrar la Pascua.