¿Qué tiene que decir un obispo?

La carta del arzobispo de Oviedo, don Jesús Sanz, en Covadonga, el Día de Asturias, causó mucho malestar en la Iglesia y en el ámbito civil y fue respondida desde todos ellos. Pero, más allá de esa polémica concreta, el hecho trae a primera plana dos preguntas importantes: ¿qué tiene que decir un obispo? y ¿qué podemos y debemos decir los cristianos cuando sus palabras causan escándalo?

Cueva de Covadonga que aloja a la Santina, en una gruta a la que se accede tras superar 103 escalones. Imagen tomada del Portal de Turismo de Cangas de Onís.

Hay que tomar la palabra

Los cristianos podemos y debemos tomar la palabra siempre y, especialmente, cuando las palabras del obispo no representan a la Iglesia local. Eso es lo que ha hecho la Revuelta de Mujeres en la Iglesia de Asturias, en su carta “Hermano obispo” (https://alandar.org/creer-hoy/una-polemica-homilia/)

Les ha faltado -tal vez- una pregunta, que sí se ha manifestado en otros escritos, sobre la idoneidad de don Jesús para el cargo.

Porque sí, los católicos podemos preguntarnos si nuestro obispo desempeña su cargo al servicio de la comunión eclesial, y por la conveniencia de que siga al frente de la diócesis; podemos cuestionarlo cuando, en un discurso oficial, antepone sus ideas políticas al anuncio evangélico y a la voluntad de concordia. También cuando arremete contra principios socialmente aceptados como la defensa del medio ambiente y la agenda para defenderla, o la lucha contra los abusos y el machismo, combates -por cierto- bastante evangélicos, como evidencia el esfuerzo del papa por defender a nuestra madre tierra y por ampliar, aunque sea lentamente, el espacio de las mujeres en la Iglesia.

La Iglesia sinodal a la que se nos está invitando debe caminar hacia un funcionamiento más horizontal y fraterno/sororal, menos autoritario y jerárquico, en el que se establezca la transparencia y la costumbre de rendir cuentas, también, del ejercicio pastoral.

La autoridad en la Iglesia ha de ser -es- la del servicio. ¿Cómo podemos pretender que sea sacramento de unidad, símbolo de comunión, si funciona como monarquía absoluta?

Y ¿por qué los cargos han de ser eternos en la Iglesia? ¿Por qué no aceptar el recambio con normalidad, que el desempeño de funciones tenga fecha de inicio y fin? Si eso se impusiera, no sería dramático, como lo es ahora, la renuncia o cambio de titularidad en el episcopado.

Hay, además, que tomar en cuenta la opinión de la comunidad en la elección episcopal, como se hizo durante siglos, cuando se elegía obispo entre quienes suscitaban consenso en la comunidad cristiana. Hay muchas cosas que cambiar en nuestro modo de funcionar, en cuanto a las relaciones obispo-pueblo de Dios.

¿Qué creemos que debe decir un obispo?

El obispo concentra casi toda la visibilidad, es todavía la imagen de la Iglesia diocesana, la única imagen para muchos. Porque el clericalismo es “bilateral” cómo nos lo recordó el documento síntesis del Sínodo en su fase diocesana: el excesivo protagonismo del clero se “encuentra” con la excesiva docilidad y mutismo de los fieles.  

En una Iglesia sinodal, el obispo no puede ser el único que hable, el obispo ha de repartir juego, que otros digan también: laicos, sacerdotes, religiosas… Especialmente en asuntos técnicos o especializados, debe consultar a los que más saben, crear comisiones de debate sobre esos asuntos nuevos y/o espinosos. Dar la palabra a sus colaboradores y a los fieles como costumbre.

Aun así, le corresponderá en muchas ocasiones ser el único en tomar la palabra.  Imposible contentar a todos en una Iglesia y sociedad tan plural, pero al menos no proyectar una visión unilateral, acoger y reconocer el pluralismo. Y no querer dar una receta para todo: la Iglesia que se pretende maestra de humanidad sólo puede serlo desde la humildad. 

Ha de tener una palabra oportuna, que sólo lo será si se refiere a lo concreto del momento, a las situaciones que a todos nos afectan. Siempre será mejor la caridad encarnada que la doctrina.

Una palabra de denuncia evangélica, que podrá ser criticada, pero siempre respetuosa en fondo y forma.

Una palabra que reivindique la pobreza y la debilidad como lugares privilegiados de la presencia de Dios y de exigencia para los cristianos.

Una palabra que reivindique la realidad espiritual de la persona y la ternura y el amor de Dios para con nosotros. 

Una palabra que defienda también la voz y el papel de la Iglesia, desde su vocación de serviciomás que el deseo institucional de ocupar puestos y tener visibilidad. 

Una palabra que acompañe, ilumine y dé esperanza desde lo concreto, no desde doctrinas generales ya conocidas pero que resultan no motivar nada, por desencarnadas. 

En definitiva, un obispo tiene que hablar en cristiano, desde el corazón y desde el corazón del mundo. Pero ¿no es eso lo que tenemos que hacer todos en la Iglesia? 

No lo tiene -no lo tenemos- fácil, pero tampoco tan difícil. El Evangelio es una fuente muy potente, y ¡hay tanta gente buena en la sociedad y en la Iglesia que dan fe de qué se puede vivir desde las bienaventuranzas!

A cualquier obispo le pediría que escuche y esté atento a esas huellas de Dios en el mundo y nos anime. Y, sobre todo, que no nos lo pongan tan difícil a los cristianos de a pie con tomas de postura agresivas y sectarias que hacen imposible defender públicamente la Iglesia acogedora, servidora y fraternal en la que creemos y en la que queremos estar.

Autoría

  • Lala Franco

    Alandar me permite hacer una de las cosas que mas me gustan como periodista: entrevistar a esas personas que son la sal de la tierra porque van cambiando el mundo con su trabajo, su reflexión y su denuncia.  Además, es un espacio para la libertad y la creatividad dentro de la Iglesia, muy necesitada de ambas. Y me da pistas para vivir de un modo más solidario y menos consumista y para seguir alimentando el núcleo espiritual que nos vincula, desde lo profundo, con el mundo, con los otros y con Dios.  Por lo demás, ahora soy una periodista jubilada de TVE que se mete en muchos líos. En la Revuelta de mujeres en la Iglesia, por ejemplo. Y que está agradecida a dos espacios eclesiales: la JEC (Juventud Estudiante Católica, que me albergó de joven, y Profesionales Cristianos (PX), mi actual comunidad de referencia. Soy murciana y, además de mi tierra de origen, amo Madrid, donde vivo;  pero también la Montaña Oriental Leonesa y Asturias, donde paso buena parte de mi tiempo. La vida, pues, no cesa de abrirme a  paisajes y horizontes nuevos, en todos los sentidos. Y yo trato dejarme sorprender por la riqueza y la novedad que nos rodea y los mensajes de cambio que sugiere. 

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1 comentario en «¿Qué tiene que decir un obispo?»

  1. RESPECTO A LA LAMENTABLE HOMILÍA DEL DÍA DE COVADONGA (Y DÍA DE ASTURIAS) Y AL HILO DEL COMENTARIO DE LALA FRANCO, QUE COMPARTO TOTALMENTE. APORTO UN TEXTO QUE ESCRIBÍ EN 2008 Y QUE CREO SIGUE SIENDO VÁLIDO PARA RECORDAR A ALGUNOS CATÓLICOS (INCLUIDOS MUCHOS OBISPOS) LA DOCTRINA DE LA PROPIA IGLESIA SOBRE CÓMO SITUARSE ANTE EL ÁMBITO POLÍTICO.
    EL TEXTO SE TITULA «Unidad eclesial no es uniformidad política»
    José Manuel Parrilla Fernández, profesor de Sociología y Doctrina Social de la Iglesia

    Gracias al Concilio Vaticano II, la Iglesia española fue capaz de superar el confesionalismo anacrónico del régimen franquista y supo contribuir a la reconciliación y la democratización de nuestra sociedad. Transcurridos treinta años de democracia, la Iglesia institucional tiene dificultades para situarse en una sociedad española muy plural, que no le reconoce ya el monopolio de las definiciones éticas, aunque buena parte de su ciudadanía siga reconociéndose como católica.
    Frente a posibles tentaciones de neoconfesionalismo, es preciso recordar que la unidad de la Iglesia es en Cristo, no en un partido; por ello no debe ser confundida con la uniformidad ideológica o política. La libertad de la Iglesia para recordar a sus fieles los criterios y principios de la ética católica no se debe confundir con el deseo de gobernar las conciencias de las personas a la hora de emitir su voto libre o de ejercer cargos públicos. Por ello las intervenciones jerárquicas en materia política deberían ser capaces de expresar con amplitud las exigencias morales en ese campo, pero también ser compatibles con el respeto de ese espacio propio de discernimiento en la conciencia personal.
    La razón principal para ello estriba en que la complejidad de la toma de decisiones políticas no admite simplificaciones dualistas, en términos de bueno o malo sin matices, ni siquiera cuando se argumenta apelando a valores considerados fundamentales, porque éstos están en juego mucho más frecuentemente de lo que parece; por ello, la doctrina social católica admite que “en las situaciones concretas, y habida cuenta de las solidaridades que cada uno vive, es necesario reconocer una legítima variedad de opciones posibles. Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes” (Pablo VI, Carta Apostólica Octogesima Adveniens, n. 51).
    Para afirmar esto, Pablo VI se apoya expresamente en la Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II, donde se dice que: “muchas veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les inclinará en ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá suceder, como sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera” (GS 43).
    Esta posición del Magisterio, más respetuosa de la pluralidad que la que exhiben muchos obispos españoles actuales, no ha sido revocada en ningún momento por otros documentos eclesiásticos de igual o mayor rango. Antes bien, el reconocimiento del ejercicio de la responsabilidad en conciencia de cada cristiano ha sido reiterado por Benedicto XVI: “El cristiano laico en particular, formado en la escuela de la Eucaristía, está llamado a asumir directamente la propia responsabilidad política y social. Para que pueda desempeñar adecuadamente sus cometidos hay que prepararlo mediante una educación concreta a la caridad y a la justicia” (Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis, n. 91).
    Tampoco dicho documento anula la exigencia de discernimiento en conciencia cuando señala en otro apartado que “los políticos y los legisladores católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza humana” (Ibíd., n. 83); nótese bien que el documento papal de nuevo alude precisamente a la interpelación de la conciencia, justamente porque el paso de los principios de valor a las aplicaciones concretas exige siempre la mediación de la conciencia personal, desde la cual se han de discernir las concretas circunstancias. Interpretaciones de sesgo fundamentalista, que pretendieran aplicar de forma mecánica principios generales, sin respetar el discernimiento personal ni reconocer la necesidad del juicio de la conciencia de cada creyente, o que conviertan tales principios en meras consignas desde la posición jerárquica, no se corresponden con la metodología de la moral católica ni del Magisterio social de la Iglesia.

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