África De la Cruz, una celebradora de la palabra

África De la Cruz en un pueblo de Segovia el pasado fin de semana, ejerciendo como Celebradora de la Palabra.

África de la Cruz Tomé es una mujer que atesora lucidez y entusiasmo en su condición de profesora universitaria jubilada y creyente comprometida. Entre otros compromisos, ejerce como Celebradora de la Palabra en pueblos de Segovia.

De ti se pueden decir tantas cosas, que prefiero que tú misma te presentes…

Soy una mujer de 82 años que quiere seguir siendo útil para toda persona que me necesite. Desde muy joven he tenido claro para qué estoy aquí: para echar una mano a quien sea. He sido profesora desde los 15 años y siempre he entendido que enseñar consiste en hacer fácil lo difícil para el aprendiz. Mis verbos son: simplificar y profundizar. Poco y bien. Y cada vez más. El aprendizaje se produce como el ritmo de la vida: muriendo y aprendiendo. Esto ha sido así en mi trayectoria vital.

Nací en un pueblito de Segovia, en una familia numerosa, en plena posguerra. Esta geografía e historia ha marcado mi vida. En esos complementos circunstanciales, la austeridad (no confundir con miseria) era connatural. En mi vida la simplificación y la austeridad se dan la mano. El clima familiar era de amor y exigencia. Tanto mi madre como mi padre fueron para mí modelos de buenas personas, con autoridad moral reconocida por todos. Practicantes de una religión coherente con su filosofía de la vida: personas religiosas para hacer el bien, con una honestidad a prueba de tentaciones reales. De mi educación familiar me quedan tres valores esenciales: trabajo, bondad y honestidad. Grabados a fuego, son mi ADN.

¿Y en tu vida adulta?

De mi vida adulta destaco mi alta exigencia profesional y mi alta satisfacción laboral. He disfrutado mucho con mi profesión como docente y psicoterapeuta. Y en la última fase de mi vida profesional, como formadora de profesores universitarios, he gozado mucho. Ha sido la guinda del pastel.

La fe ha sido siempre un factor decisivo en tu vida…

Sí, en mi historia personal una variable a destacar es el papel que la fe. Aprendí de mis padres que la fe, entendida y traducida en buenas obras, daba sentido a la vida humana. Que con fe (confianza) en Dios la vida se hace mejor y reporta satisfacción. Creer es útil. Aunque mi evolución como creyente me ha llevado por caminos que mis padres no pudieron ni soñar, estoy convencida de que su ejemplo de fe está en la base de mi evolución. Sin ese ejemplo yo no sería la creyente que soy hoy.

La imagen del Dios de mis padres y la mía se parecen poco, pero la necesidad de Dios de ellos y mía es la misma. Tengo que decir que las oportunidades que he tenido de actualizar mi fe no las tuvieron ellos, pero tengo la seguridad de que, de haberlas tenido, su evolución hubiera sido como la mía.

África De la Cruz en un reciente coloquio

Tú te has formado mucho, además, en el terreno religioso…

Al jubilarme abordé como asignatura pendiente estudiar Teología. La necesidad de estudiarla nació de mi propia crisis de creencias, en mí estaba clara la diferencia entre fe, actitud creyente y creencias (credo, por simplificar). La irracionalidad de muchos dogmas católicos chirriaba con mi formación como intelectual, crítica con todo conocimiento.  Mi primera oportunidad para madurar en la fe fueron los cursos de la Escuela Bíblica de Madrid. Continuó en los encuentros con la   Comunidad de Parquelagos, también de Madrid y, en ella, con la asociación Fe Adulta.

Y aquí estoy, muy feliz de seguir aprendiendo para poder enseñar. A fecha de hoy, tengo dos campos de estudio y trabajo: el Sínodo de la Sinodalidad, convocado por Francisco, y el Sínodo de las Mujeres en la Iglesia.

Además, desde 2010 soy celebradora de la Palabra en unos pueblos del Arciprestazgo Ayllón-Riaza (Segovia). Para llevar a cabo esta tarea invierto muchas horas diarias estudiando, para ponerme al día en Ciencias Religiosas.

¿En qué consiste ese ministerio laical de celebradora de la Palabra, cómo surge y cómo te llega la propuesta?

En Segovia, el obispo D. Antonio Palenzuela, que rigió la diócesis entre 1969 y 1995, inició esta experiencia de celebradores de la Palabra con personas de las comunidades rurales. Desde entonces, en los pueblitos segovianos ha continuado sin interrupción la experiencia. Todavía hay personas en activo de la primera hornada. Con frecuencia hablan de los primeros esfuerzos de D. Antonio. El recuerdo es imborrable para ellos.

Es de justicia recordar que fue un obispo especial, políticamente muy incorrecto y eclesiásticamente un obispo que creyó y puso en práctica en la diócesis las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Ya antes de ser nombrado, había participado en la creación de las comunidades de «Iglesia popular» que, posteriormente, se llamarían «Comunidades Cristianas Populares», según un modelo de Iglesia comprometida con la liberación de los más pobres.

Se organizaron dos encuentros en Segovia: el primero, «Evangelio y realidad», en busca de una evangelización liberadora más allá de la pastoral sacramentalista; en el segundo encuentro, en 1970, se marcaron las bases teológicas del movimiento. Se trataba de diseñar un nuevo tipo de capaz de ser luz y sal, levadura y fermento en la masa.

La labor de D. Antonio en Segovia fue, sobre todo, de concienciación pastoral de una forma sencilla y muy eficaz, por medio, sobre todo, de sus breves pero profundos artículos o cartas pastorales cortas que mucha gente leía con avidez. Y con su presencia enlos pueblos; era un obispo popular. Le preocupaba hondamente la formación de los agentes de pastoral, sobre todo la de los catequistas. De esta preocupación por la pastoral rural, dada la escasez de sacerdotes, creó los celebradores de la Palabra, hombres y mujeres.

Mis primeros recuerdos de los celebradores de la Palabra son de hace más de 40 años. Algún domingo de cada mes, en vez de venir el sacerdote a celebrar misa, un vecino del pueblo presidía la celebración con la comunidad. El sacerdote preparaba el comentario de la Palabra del día para que los celebradores la leyeran.

Y hoy día ¿sigue siendo así? ¿Cuántos estáis comprometidos en esa tarea?

En este momento en la diócesis de Segovia somos más de cien celebradores de la Palabra en ausencia del presbítero. Tenemos un manual: “Celebraciones dominicales y festivas sin sacerdote”, de Octavio Hidalgo. Desde 2018 contamos con un directorio para las celebraciones dominicales en espera de presbítero. Tenemos, anualmente, tres encuentros de formación, un retiro y un encuentro festivo de evaluación del curso. Como grupo eclesial dependemos del vicario de Pastoral.

Yo recibí la propuesta en el año 2009, coincidiendo con la llegada a nuestra UPA (Unidad Parroquial de 11 pueblos) de un sacerdote colombiano recién llegado de su país. Cuando me lo propuso me tomé un tiempo para decidir y prepararme para las tareas que debía realizar: celebración de la Palabra, acompañamiento, asistencia a los enfermos, encuentros formativos, retiros de Adviento y Cuaresma, preparación y realización de encuentros festivos parroquiales e interparroquiales… con libertad de acción y propuesta de iniciativas. En los meses de preparación, de forma autodidacta, busqué bibliografía en el portal digital de Fe Adulta y, en especial, me resultaron muy útiles los libros de F. Lobinger, El altar vacío (Herder, 2011) y Equipos de ministros ordenados. Una solución para la eucaristía en las comunidades. (Herder 2011). A este autor debo mi preparación primera, principalmente.                                                                                                                         

Los viernes viajas en tu coche desde Madrid… ¿cómo transcurre para ti un fin de semana por los pueblos de Segovia en los que ejerces tu ministerio?

Desde los tiempos gloriosos de los primeros años las cosas han cambiado más de lo esperado. Por diferentes causas. Las dos principales: nuestras comunidades, cada vez más exiguas (la España cada vez más vaciada y la edad), y el sacerdote de turno.

He compartido tareas con cinco sacerdotes de diversas nacionalidades, edad, motivaciones, personalidad y ganas de trabajar. Algo me ha valido que siempre he sido “libre pensadora” y la máxima que rige mi vida: “hacer en cada momento lo que la razón y el corazón me pidan”. Siento que tengo que ser fiel a mí misma y trabajar mi proyecto a pesar de los complementos circunstanciales. La Iglesia soy yo también.

Este curso, al hilo de la fase diocesana del Sínodo de la sinodalidad, las tareas con las comunidades han sido intensas e interesantes. En todas las comunidades los grupos han sido muy reducidos (entre cinco y diez personas) lo que ha permitido vivir la sinodalidad, caminar juntos. Terminada la fase de escucha ha empezado la fase formativa correspondiente a las características y exigencias de una Iglesia sinodal. En ello estamos ahora y promete ser una tarea muy interesante.

Nos consta que estás viviendo con enorme pasión y esperanza la convocatoria del Papa Francisco del Sínodo de la sinodalidad, ¿qué te sugiere y qué ha activado en ti como mujer creyente?

Dices muy bien, con pasión y esperanza. Y más cosas que yo añado: es una oportunidad, un “Kairós”, un sueño, una ilusión, algo así como un ¡por fin! Oportuno, necesario, providencial. Sin lugar a dudas, obra del Espíritu.

La Iglesia Católica no podía seguir mirando a las nubes en su caída vertiginosa. El Papa Francisco ha tocado a rebato, invita a la Iglesia Universal a mirarse, renovarse y revitalizarse, a preguntarse: Iglesia ¿qué dices de ti misma? Este es un Sínodo de toda la Iglesia para analizar su estado real y verdadero, reflexionar y discernir su pasado, presente y futuro.

Se trata de descubrir lo que el Espíritu, a través de todo el pueblo de Dios, quiere que la Iglesia sea hoy. Es una ocasión de evaluación y propuesta de mejoras.

Sobre todo, hay que descubrir el para qué, la misión, de la Iglesia al servicio de la humanidad en el tercer milenio: evangelizar, es decir, trabajar por un mundo más justo y fraterno, una Iglesia fiel a Jesús y su Evangelio, servidora y del cuidado, ministerial toda ella, encarnada en el mundo y en su tiempo, en diálogo con la sociedad y los signos de los tiempos. Iglesia pobre y para todos. Misión compartida y todos los miembros corresponsables. Corresponsabilidad y gobierno compartido.

Organización circular, no piramidal, no a cualquier organización jerarquizada. Todos iguales en la dignidad por el bautismo y diversos para las funciones. Iglesia laica y femenina. Iglesia comunidad de comunidades, en red. Los cambios si vienen de abajo triunfan; si vienen de arriba, o convencen a los de abajo o fracasan.

Veo que lo tienes claro, África, te veo entusiasmada. Pero ¿cómo hacer esos cambios?

Todo esto exige una conversión personal y comunitaria, por un lado, y una reforma de las estructuras eclesiales, por otro. Estos dos elementos son condición de posibilidad. Sin ellos, no hay sinodalidad y sin sinodalidad la Iglesia no tiene futuro: así de importante es el momento que estamos viviendo.

Frente a la práctica reiterada de la pasividad aprendida (“tú obedece y calla”) la experiencia de pensar, hablar y actuar. No es tarea fácil, pero por ahí hay que empezar.  La educación que hemos recibido ha cultivado el clericalismo en los laicos a tal grado que hoy es nuestro enemigo capital. Sínodo y clericalismo son antagónicos.

Estoy convencida de que el mejor método para superar el clericalismo (de clero y laicos) es desarrollar, desde una autonomía personal, un pensamiento crítico y una libertad de conciencia, discernimiento y acción. Transitar con mis comunidades este camino es mi objetivo para revitalizar y actualizar la fe compartida.

También debo expresar mis miedos y preocupaciones, contra los que lidio: temo que sea demasiado tarde. Que la gente no espere nada de este proceso. Que su paciencia se haya agotado. Que su sospecha o desencanto sea irreversible y que todo esto lleve a no participar en el empeño. Sin contar las fuerzas centrípetas, ad intra, que pretenden que nada se mueva, que “así estamos bien, (los que están bien)”, inercia y resistencia al cambio. También me da miedo “cubrir las apariencias”, el sí pero no…

No obstante, mantengo mi sueño y mi esperanza.

Por eso trabajo. Como celebradora de la Palabra mi tarea está siendo la participación vivencial con las comunidades a las que sirvo en el proceso hacia una Iglesia sinodal, caminando juntos en escucha, encuentro y diálogo. Todos necesarios, todos necesitados.

Me siento útil si consigo mi objetivo: dinamizar a las comunidades para que, con ocasión de este Sínodo, se sientan sujetos activos y corresponsables de su Iglesia local.

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