Que la crisis económica y financiera de la que la mayor parte de la población apenas está saliendo, había servido de excusa perfecta para acaparar riqueza, por los más poderosos, nos había quedado claro en Informe sobre la Riqueza Mundial, publicado por el banco Credit Suisse, a finales del pasado año.
Pero el estudio que hace unas semanas ha lanzado la ONGD Oxfam Intermón da una nueva vuelta de tuerca. Y deja claro que es el mundo al revés. La economía mundial está al servicio de un 1% que acumula más riqueza que el 99% restante. El poder y los privilegios se están utilizando para someter el sistema económico y así ampliar la brecha, dejando sin esperanza a cientos de millones de personas empobrecidas y excluidas. El entramado de paraísos fiscales permite que una minoría privilegiada oculte casi ocho billones de dólares. Y los gobiernos de todo el mundo se mueven entre la inacción y la connivencia, impidiendo rastrear cómo mueven el dinero las grandes fortunas. Los impuestos que se dejan de pagar por los paraísos fiscales suponen menos dinero para servicios públicos básicos como la sanidad, la educación y el bienestar social.

Los datos son incontestables. En 2015, sólo 62 personas poseían la misma riqueza que 3.600 millones (la mitad más pobre de la humanidad). No hace mucho, en 2010, eran 388 personas. El dinero en manos de las 62 personas más ricas del mundo se ha incrementado en un 44% en apenas cinco años, algo más de medio billón de dólares (542.000 millones) desde 2010, hasta alcanzar 1’76 billones de dólares. La injusticia fiscal empobrece tanto a las personas que los gobiernos no pueden seguir haciendo la vista gorda. No lo harán por propia iniciativa, debemos presionar para que suceda. Para ello Oxfam Intermón ha lanzado la campaña de incidencia: www.noalescaqueo.org.
La creciente desigualdad económica también agrava la desigualdad entre hombres y mujeres. El Fondo Monetario Internacional (FMI), ha revelado recientemente que los países con una mayor desigualdad de ingresos suelen tener también mayores diferencias entre hombres y mujeres en términos de acceso a servicios sanitarios, educación, participación en el mercado laboral y representación en las instituciones, por ejemplo en los parlamentos. También se ha demostrado que la brecha salarial entre hombres y mujeres es mayor en sociedades más desiguales. De las 62 personas más ricas del mundo, 53 son hombres. En el ámbito laboral, la brecha salarial entre el trabajador medio y los puestos directivos se ha ampliado rápidamente. Mientras los salarios de la mayoría de los trabajadores se han estancado, los de los altos ejecutivos se han disparado. La mayoría de los trabajadores peor remunerados del mundo son mujeres, desempeñando los empleos más precarios. Mientras las remuneraciones de los presidentes de las principales empresas estadounidenses han crecido un 54’3% desde 2009, los salarios medios apenas han variado. El presidente de la principal empresa de tecnología de la información de la India gana 416 veces más que un trabajador medio de esa misma empresa y tan solo hay 24 mujeres entre los presidentes de las compañías que figuran en Fortune 500.
Además de una cuestión de género es también de sostenibilidad del planeta: a pesar de que la mitad más pobre de la población mundial tan sólo genera alrededor del 10% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero, son las personas más pobres quienes viven en zonas más vulnerables al cambio climático y sufren sus peores consecuencias. La huella de carbono media del 1% más privilegiado de la población mundial podría multiplicar hasta por 175 la del 10% más pobre. En lugar de tener una economía que esté al servicio de la prosperidad de todas las personas, de las generaciones futuras y del planeta, hemos creado un modelo económico que beneficia sólo al 1%.
¿Cómo hemos llegado a esta situación?
Los cambios en las políticas que se han producido desde los años 80 (como la desregulación, el secreto bancario y las hiperconcentraciones, especialmente de las actividades financieras) han reforzado la capacidad de los más ricos y poderosos para aprovecharse de su posición de poder para concentrar aún más riqueza. Esta agenda política se ha visto impulsada principalmente por lo que George Soros ha denominado el “fundamentalismo de mercado”, la causa de que, en demasiadas ocasiones, los beneficios de las élites no sean en absoluto el reflejo del mérito o de unos rendimientos eficientes o justos. El entramado mundial de paraísos fiscales y la floreciente industria de la evasión y la elusión fiscal constituyen el mejor ejemplo de cómo el sistema económico se ha contaminado. Como ya señaló uno de los cinco hombres más ricos del mundo, Warren Buffett, en 2011, él paga menos impuestos que ninguna otra persona de su oficina, incluyendo a la persona encargada de la limpieza y a su secretaria personal. Escribió: “Dejen de mimar (nos) a los megaricos”.
Los impuestos no recaudados por la evasión y elusión fiscal generalizadas comprometen los presupuestos públicos, lo cual se traduce, a su vez, en recortes de servicios públicos esenciales como la sanidad o la educación. También implica que los gobiernos dependan en mayor medida de impuestos indirectos como el IVA, que afecta desproporcionadamente más a los sectores desfavorecidos. Estos problemas fiscales se está agravando con rapidez. Basta con ver casos recientes como el Lux Leaks (o papeles de Luxemburgo), la lista Falciani o todas las tramas corruptas vinculadas a las recalificaciones de suelo, constructoras y políticos “bizcochables” que acaban con cuentas no declaradas en el extranjero.
Es necesario conseguir un consenso internacional, como propone el movimiento ATTAC, para conseguir justicia económica global. Los líderes deben poner fin al gran agujero negro de las finanzas globales. Y para el futuro gobierno en España, ésta ha ser una prioridad absoluta. En nuestro estado es urgente tomar acciones ciudadanas que reviertan esta situación de brutal inequidad. Hay que impulsar en nuestro país una Ley contra la Evasión y Elusión Fiscal. Debemos combatir el secretismo financiero y obligar a las compañías a informar sobre dónde operan y qué impuestos pagan. Lograr un registro público que revele quiénes son los verdaderos propietarios de las empresas. Crear un organismo fiscal que controle que las grandes corporaciones pagan lo que les corresponde. La fiscalidad debe ser reformada desde la carga tributaria del trabajo y el consumo hacia la riqueza y el capital, mejorando la transparencia sobre los incentivos fiscales y recuperando un gravamen sobre la riqueza.
Además, pagar a los trabajadores y trabajadoras un salario digno y reducir las brechas con las remuneraciones de los altos directivos. Fomentar la igualdad económica y los derechos de las mujeres. Mantener bajo control la capacidad de influencia de las élites más poderosas. Combatir la desigualdad a través de un gasto público progresivo. ¡No más excusas!, hay que exigir a los líderes mundiales, a los nacionales, que pongan fin a la era de los paraísos fiscales y a sus efectos dañinos para la humanidad. Y son medidas para las que sólo hace falta voluntad política.
