El teléfono de la Esperanza, lugar de encuentro seguro

La finalidad del Teléfono de la Esperanza es atender a las personas en crisis emocionales, a cualquier hora del día o de la noche, todos los días del año.

Sede de la organización en Madrid

Serafín Madrid, agustino, fundó el Teléfono de la Esperanza, en Sevilla, en 1971. En sus 52 años de existencia habrá recibido cinco millones de llamadas. Cuenta con 1.600 voluntarios, con turnos de unas cuatro horas semanales. En España hay 29 sedes del Teléfono. Con convenio, en Francia (París), Suiza (Zurich), Colombia (Medellín) y Honduras (La Ceiba, San Pedro Sula y Tegucigalpa). La conversación es anónima y confidencial, lo cual contribuye a la profundización en la escucha activa. A cualquier hora del día o de la noche y cada día del año, hay un voluntario al habla. Y, como material de apoyo, tenemos “A Vivir”, revista qué se puede leer gratuitamente en la red.

Se reciben llamadas de personas de todas las edades, cómo he comprobado en mi voluntariado, de más de una década, en el Teléfono de la Esperanza de Madrid. Recuerdo el llanto de un niño, desconsolado por la muerte de su perro. No quería que sus padres lo vieran llorando; es decir, quería proteger a sus padres del dolor de ver a su hijo sufriendo. Una joven universitaria compartió la exigencia e incomprensión de sus padres. Un hombre, una amistad traicionada. Con todo, las llamadas más frecuentes hablan de soledad, depresión, desamor y suicidio: intenciones, conatos… Según el Instituto Nacional de Estadística se suicidan en España 10 personas al día, superando a los fallecimientos por accidentes de tráfico. Asimismo, llaman, buscando soporte, personas con enfermedades mentales diagnosticadas. Para sobrellevar todo ello, los voluntarios se forman entre uno y dos años en escucha empática.

He vivido en muchas ocasiones como se cumple la finalidad del Teléfono de la Esperanza: atención a las personas en crisis emocionales. No puedo olvidar la llamada de un padre con un hijo recién nacido (los datos de la persona y situación están desfigurados). Estaba dudando, con el móvil en la mano, si lanzarse al vacío. Se acordó de nosotros y marcó. Él tenía “claro y evidente” que sobraba en la vida y que “lo mejor para todos” era su desaparición. No tenía a nadie a quien recurrir. Mi estado emocional se puso al máximo y creo recordar que dije algo así: “Pues, al menos, aquí tiene un ser humano que le escucha y trata de entenderle”. No sé qué debió removerse en él y se sinceró y habló y habló. Hablamos sin ambages del suicidio y sus consecuencias. Tratamos de diferenciar sentimientos -de por sí no son ni buenos ni malos- y acciones responsables.

Para tratar de concienciar a la sociedad y a la clase política de la necesidad de promover un plan nacional de prevención del suicidio, el día 7 de septiembre de 2023 asistimos al concierto solidario Agarra la vida, organizado en el Palacio de los Deportes por el Teléfono de la Esperanza.

La conversación en nuestra relación de ayuda creo que es, a la vez, contacto y reconocimiento: palabra y reflexión, e incluso silencio. El hilo” telefónico te une -anónimamente- con lo profundo del ser que llama. Ser con ser. Aquí no hay atributos accidentales del otro: aspecto, mirada, vestido, postura. Es todo lenguaje verbal: tono de la voz, llanto, impulsividad al hablar.

Asimismo, hay silencios que denotan escucha, compasión, reconocimiento; y dan oportunidad al interlocutor para contactar con sus sentimientos profundos, con su dolor, o con su alegría para comunicar una buena noticia o dar las gracias; para sentirse sentido y reconocido. Hay que dejar a la gente espacio, para que se viva a sí misma y no rellenar a toda costa el tiempo con palabras.

Es importante reconocer y responder a lo profundo de los sentimientos; y no reaccionar con respuestas lógicas. En el Teléfono de la Esperanza se suele decir que no se dan consejos ni soluciones ni recetas. Si se dan oportunidades de trabajo a las neuronas espejo de quienes llaman -y a las propias-, para que estos se confronten con ellos mismos y actúen, en consecuencia, de acuerdo con sus propios valores.

Para las personas que llaman y hablan sin cesar, las preguntas socráticas nunca vienen mal. Los monólogos suelen desequilibrar el diálogo. Las cadenas de pensamientos, y anécdotas asociadas a ellos, pueden llegar a ser interminables; y, sobre todo, infructuosas. Entonces, con la debida discreción y respeto, se puede introducir alguna cuestión, filtrando los sentimientos: “¿Cómo se siente ante tal aspecto -concretar y aterrizar- del problema o de la relación? ¿Si hubo alguna ocasión parecida, qué hizo para remontar? En fin, se trataría de que el interlocutor alumbrase la orientación de su propia vida. “Ampliar la mirada hacia horizontes renovados” pudiera ser una meta orientativa para terminar la conversación.

Según las circunstancias, es importante abrir el final del diálogo a dar salida a posibilidades nuevas. Estas podrían volver a enfocar un problema, una relación, quizá consigo mismo, la soledad, por ejemplo; o con otros, las relaciones afectivas o las laborales. Las preguntas concretas son un buen cauce; amplían el horizonte y la visión -lo cual es una fortaleza del carácter- y, como consecuencia, modifican el estilo de vida.

La atención personal en el Teléfono de la Esperanza es una experiencia social. Y lo es, porque, además del acto de la llamada en sí misma, es esencial la escucha de los compañeros, con los que intercambiamos impresiones y emociones. Incluso en tiempos de pandemia -las llamadas aumentaron un 50%- y de “teletrabajo social”, siempre me sentí acompañado, perteneciendo a “algo más grande que yo”. Aprendí más y recibí más.

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