¿Y si Dios fuera «ateo»?

Alguien dijo en su día “Si las vacas pudieran imaginar a Dios, lo imaginarían en forma de vaca”. Y es que parece ser que existe una tendencia innata a que la persona imagine con forma humana todo ser espiritual o materialmente invisible. De hecho, ya en el siglo V antes de Cristo, el filósofo griego Jenófanes de Colofón criticaba la concepción antropomórfica que se tenía de los dioses, representados siempre con formas humanas diversas. En el caso de las religiones monoteístas, con formas masculinas, todas ellas, y con facciones externas que dejan entrever poder, sobre todo; de hecho, en la liturgia cristiana la mayoría de las oraciones comienzan precisamente con estas palabras u otras muy parecidas: “Oh, Dios todopoderoso…”.  

Esto que sucede a nivel físico y exterior suele pasar también en lo que respecta a cualidades y valores; en este sentido, el Dios de estas tres religiones posee virtudes — nunca defectos evidentemente — en el grado más elevado y superior respecto al de las personas creyentes; por ejemplo, la bondad, la misericordia, la benevolencia, etc. Curiosamente, yo supongo que de manera totalmente inconsciente, a este Dios también se le atribuyen maneras de ser, de pensar y de actuar humanas; algunas veces, cuando son positivas, en el grado más excelso, como acabo de decir; otras, en cambio, intentando proyectar en Él nuestros deseos de superar las propias deficiencias, por un lado, o de hacerle partícipe de nuestras concepciones personales por lo que a la vida, al cosmos y a las cosas se refiere, por otro. 

Algo parecido ocurre en cuanto al modo de concebir, entender y practicar la religión, posiblemente con el fin la mayoría de las veces de convencernos y de justificar que estamos en lo correcto. Podríamos decir, por tanto, que, si es verdad que Dios no puede experimentar, en cuanto a la actitud de creer, las vicisitudes, oscuridades y dudas que puede llegar a experimentar en general toda persona creyente, sí que puede “creer”, de hecho “cree”, solamente que en grado excelso y absoluto; ello quiere decir que, para nosotros de alguna manera, “Dios es creyente”. Y qué bien sería que fuera así para que nosotros pudiéramos justificar con ello en algunos momentos nuestros trapicheos y actitudes poco humanas, poco religiosas y nada cristianas en el caso que nos atañe. 

Foto: Nick Scheerbart
Dios que ama la vida y a todos los hombres y mujeres de manera totalmente generosa y gratuita. Foto: Nick Scheerbart

Gustaría a muchas y muchos que Dios creyera a pie juntillas en la carrera “meritoria” para ser queridos por Él, para serlo con más intensidad, incluso para que no lo fueran otras personas por no haber hecho tales méritos o no haberlos hecho en la cantidad suficiente. Sin embargo, el Dios que mostró Jesús en el Evangelio no cree en absoluto en ninguna de esas nimiedades, menos aún, cuando se pueden cuantificar  y medir, por ser visibles, tal y como mandan los “cánones”, no fuere que conciencias “laxas y permisivas”, a nivel religioso, denominasen mérito a cualquier acto de la voluntad. Por eso precisamente el propio Jesús ya tuvo que salir a zanjar esta visión, cuando “un rico se jactaba de poner pingües monedas en el cepillo del Templo frente a una pobre viuda que había dejado unos céntimos” (Lu 21,1-4). 

Dios está muy por encima, también, de dogmas y verdades religiosas; sobre todo cuando la vivencia de dichos dogmas y verdades resulta totalmente estéril por impedir un compromiso verdadero con la vida de las personas y el entorno que las rodea “Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó…” (Lu, 10,30-37).    

No cree, tampoco, en el culto ni en las prácticas religiosas, cuando se las otorga finalidad en sí mismas o se las concibe como el camino más expedito para mostrar el amor que se le rinde a Él “por encima de todas las cosas”; ignorando que el verdadero amor a Dios es inseparable del amor a las personas (Mt 22, 36-39).

Dios no cree, sencillamente, porque es contrario a su esencia en el Bautismo como el sacramento que convierte en hijas e hijos suyos y en miembros de su pueblo a todas y todos cuantos lo reciben; sin menoscabo, evidentemente, de la preeminencia que deben tener en ese pueblo quienes reciben el sacramento del Orden Sacerdotal. Y no cree en un sacramento como único instrumento de filiación, porque para Él lo es la vida por encima de todoYo soy el que soy” (Ex 3,13-14); una vida, por cierto, de la que muchos no participan o lo hacen casi vacía de dignidad. 

Tampoco cree en una Iglesia donde solamente los varones tengan acceso a los ministerios sagrados y, por tanto, solamente ellos puedan estar al frente de las comunidades, pudiendo solamente ellos, valga la redundancia, presidir la “Cena del Señor” y perdonar los pecados.    

No solamente no cree, sino que detesta con todas sus fuerzas, que la versión del libro del Génesis “Varón y hembra los creó” (Gen 5,2), se corresponda con los parámetros morfológicos, psíquicos y afectivos que el vulgo ha venido manteniendo como naturales desde antiguo, resultando así más fácil distinguir la rectitud de la perversión y, por ende, la moralidad de la inmoralidad. Y ello, precisamente, por haber entendido de manera literal la versión de dicho libro. No; nos hemos topado con un Dios que no solamente no es creyente, sino que muestra un profundo “ateísmo” en estas y otras muchas cuestiones, cuya lista sería interminable. Y, todo ello precisamente, porque es un Dios que ama la vida y ama a todos los hombres y mujeres de manera totalmente generosa y gratuita.          

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