Díaz-Salazar: “El consenso de la Transición ya no nos vale, pero hay que rescatar una cultura del diálogo”


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Segunda parte de la entrevista en la que el sociólogo Rafael Díaz Salazar reflexiona junto con Lala Franco para Alandar sobre el 15-M al cumplirse el décimo aniversario. Si la primera estaba centrada en el origen y las repercusiones de aquella primavera de hace una década en la esfera política, esta segunda apunta más hacia el futuro, desde la herencia de aquel movimiento social.

Rafael Díaz-Salazar
Foto: Rafael Díaz Salazar

El discurso del 15-M y posterior ha cuestionado la bondad de la Transición como no se había hecho hasta ese momento.

No hay que creerse acríticamente el relato de los que hicieron la Transición, ni tampoco el de los que afirman al hilo del 15-M que todo fue un amaño entre élites. Ambos son simplistas. Tras el 15-M cobra fuerza el cambio de relato. Pienso que la Transición fue una revolución liberal en el sentido clásico del término como victoria sobre el absolutismo. Recordemos que los liberales en el siglo XIX fueron perseguidos, encarcelados y asesinados. Basta con ir al Museo del Prado para constatarlo. La Transición logró instaurar las libertades civiles propias de las democracias liberales imperantes en Europa. Impulsó derechos sociales, pero dejó intactos los poderes económicos y las estructuras de desigualdad. No estableció una nueva correlación de fuerzas entre dominantes y dominados. 

 ¿Hay que olvidarse del consenso como fórmula y exigencia en la política?

Aquel consenso fue importante. Hizo posible una democracia y una Constitución valiosa que sepultó la tiranía de la larga dictadura franquista. Me parece que hay que rescatar la cultura del diálogo como antagónica a la cultura del odio y al guerracivilismo ciudadano, mediático y político imperantes.

Ahora bien, el consenso de la Transición ya no nos vale. La prueba está en aquello que se gritaba en el 15-M: «la llaman democracia y no lo es». En gran parte, no en toda, eso es cierto. Hay un vaciamiento creciente de la democracia como poder del pueblo y para el pueblo empobrecido. ¿Para qué queremos consensos entre dirigentes, si no generan cambios sociales importantes? 

Hacen falta transformaciones radicales en los ámbitos de los derechos laborales, la vivienda, la calidad de vida en barrios y pueblos empobrecidos, la distribución de la riqueza y de otros bienes. Las sociedades se estratifican en torno a un tipo de distribución de la riqueza, del poder y del estatus. Cuanto más distribuidos están, mejor democracia. Cuanto más concentrados están, peor democracia. Para que unas clases sociales se empoderen, hay que desempoderar a otras. Esta es la lógica de conflicto coherente y consustancial a una democracia verdadera. 

Foto:  Free-Photos / Pixabay 

El 15-M surge de la constatación de que a los empoderados la democracia no los desempodera, mientras que a los empobrecidos no hay quien los empodere. ¿Qué consensos pueden establecerse cuando vemos que el poder económico tiene más fuerza que el poder político y crecen la pobreza y las desigualdades? 

No hay cambio social sin conflicto social. Este no tiene por qué ser violento. Necesitamos imperiosamente multiplicar conflictos sociales no violentos basados en la acción directa. Es una exigencia para refundar nuestra democracia. Para ello tenemos que aprender los métodos de la acción noviolenta. Los cristianos y los identificados con Gandhi somos seguidores de personas muy conflictivas y noviolentas. 

Los poderes económicos y mediáticos desean una democracia demediada y jibarizada. Les aterra una democracia desempoderadora y empoderadora. Por eso desataron desde el 15-M y la consolidación de Podemos una presión brutal y unos ataques desmedidos contra Pablo Iglesias, que era la “pieza” a cazar. De ahí su cínica alegría ante su marcha. Desean hundir para siempre a Podemos. Sea éste u otra fuerza política nueva surgida de la autocrítica y de nuevas confluencias, necesitamos un partido que recoja el espíritu y las demandas del 15-M. 

La exigencia de que la crisis no la vuelvan a pagar los de siempre es, probablemente, una herencia asentada de aquel movimiento. Pero mira los resultados electorales en Madrid y el auge de la derecha…

Eso se explica por las insuficiencias y errores de Podemos y de otras alianzas municipales. También por la gravedad de la crisis económica y laboral provocada por la pandemia. Las personas más dañadas por la desigualdad social necesitan que se resuelvan rápidamente los problemas de su vida cotidiana relacionados con el trabajo y los ingresos. No pueden dedicarse a “asaltar los cielos”. Los discursos sobre el fascismo, la casta, la oligarquía, Cataluña, son para ellos inútiles. Esto afecta también a los jóvenes aburridos de echar currículos, especialmente a los sectores juveniles que no participaron en el 15-M y que a lo sumo lo recuerdan como una algarada. 

Además, sabemos ya desde Gramsci que por el hecho de ser obrero no se es de izquierda. Hace años leí en los arrabales de México D.F. una frase en el edificio de una fundación de desarrollo que decía: “ si quieres dejar de ser pobre, deja de pensar como un pobre”. En Madrid y otras ciudades de España los más afectados por las crisis siguen pensando como pobres. “Si la Ayuso abre bares y mantiene los trabajos relacionados con ellos, votémosla que es la que permite tener empleo”. Algo parecido sucede con las actitudes de sometimiento de muchos trabajadores inmigrantes. “La izquierda predica, pero no da trigo” es una convicción cada vez más extendida.

Las redes sociales están contribuyendo a crear “cerebros twitter” y a consolidar una cultura muy poco crítica y excesivamente dependiente de sistemas de marketing de diverso tipo, también político.

Podemos, al carecer de implantación cotidiana en barrios y pueblos y repetir muchos errores de la vieja política, no ha sabido realizar un trabajo asociativo, social y cultural, una política de goteo en el día a día, sin la cual no hay cambio profundo. Tampoco ha sabido crear tejido productivo basado en la economía social como hizo el PCI en la italiana Emilia-Romaña, ni tiene suficiente fuerza en ayuntamientos con capacidad de incidencia social y económica. No ha tenido demasiado tiempo, es cierto; pero también ha habido una desorientación profunda. 

 Diez años después de aquel 15-M, ¿qué nos falta y qué nos sobra como sociedad?

Carecemos de un Estado dispuesto a dar primacía en todas sus políticas a los últimos y ser capaz de desempoderar a los poderosos. Tenemos un débil asociacionismo socio-político y las luchas sociales son escasas. “El hambre y sed de justicia” es limitado.

Nos falta cultura samaritana. Hay que popularizar y llevar ese concepto a la sociedad laica. Falta también cultura de la interioridad, hay que trabajarse el yo interior junto al yo político, porque un yo político de largo recorrido precisa un yo interior, y eso también requiere riego por goteo. 

Hay una enorme carencia de profundidad existencial. Esta no se identifica con saber más cosas o convertirnos en intelectuales. Tampoco tenemos formación humana integral.

Nos falta amor a la belleza. Nos falta cuidar más la naturaleza y cuidarnos los unos a los otros con mayor intensidad.

Nos sobra el capitalismo como sistema de organización de la economía, la política y la cultura. Es terrible que el dios Dinero sea el objetivo existencial de masas y el articulador de la mercantilización de la vida social. Sin transición al postcapitalismo no hay futuro. 

También nos sobra aceleración, banalidad y mala información. Tenemos obesidad digital, estamos alienados y envenenados por el hiperconsumo de pantallas. Nos sobra ruido mediático y nos falta dedicar tiempo al silencio profundo. Hay que acabar con las violencias contra las mujeres, el guerracivilismo cotidiano, la cultura del odio, del fastídiate, de la xenofobia, del olvido del sufrimiento de los empobrecidos en el Sur global. Eso es nazismo antropológico. 

¿Cuál es para ti la principal tarea, a veinte años vista, para la España que sueñas?

No pienso en veinte años porque las cosas empiezan hoy o no empiezan nunca. ¿Por dónde tenemos que empezar? Por construir un sentido profundo de la vida y una forma solidaria de vivir juntos. Esto requiere una transformación antropológica. 

Me gustaría una España internacionalista, porque solo cambiará el mundo cuando sintamos los problemas de la pobreza y la desigualdad internacional como sentimos nuestro derecho a ser atendidos gratuitamente en un hospital. 

Desde esta perspectiva, es central el tema de las migraciones, que es el principal problema para ver qué tipo de sociedad queremos ser. Pienso que existen cuatro opciones: impedimos que vengan, echamos a la mayoría y explotamos a los que necesitemos, acogemos e integramos con dignidad al cupo migratorio de quienes cubren trabajos que desechan los españoles, creamos condiciones justas de vida en sus países para que no tengan que emigrar. Si no damos prioridad real a la última opción, vamos a un demonazismo que crea y tolera inmensos campos de exterminio en continentes con mucha pobreza. 

Vivo con inmensa preocupación la destrucción medioambiental y el crecimiento de los migrantes climáticos. Para un futuro ecológico hay que cambiar antes del 2050 nuestros modos de producción y consumo. La solución no es el capitalismo verde.

Deseo una mayor redistribución de la riqueza a través de una nueva fiscalidad. Me gustaría la nacionalización de ciertos sectores clave para la economía nacional, especialmente en el sector energético. Necesitamos una banca pública social. También una revolución en las relaciones laborales y en las políticas de empleo y de vivienda para que las personas tengan una vida digna.

Considero que hay que impulsar un proceso de reruralización y desurbanización para poder vivir de otra manera. Abomino que asumamos como inevitable el crecimiento de las ciudades.

Si tuviera que condensar la respuesta a tu pregunta, lo haría con una frase que resume mi deseo de que logremos que otro mundo sea posible: Trabajar menos para trabajar todos y vivir mejor con menos a escala planetaria. 

Puedes leer la primera parte de la entrevista con Rafael Díaz-Salazar aquí.

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