Razones para estar en la cumbre clima

La delicadeza del vuelo de la libélula y la ternura del oso cuidando a sus crías son ejemplos del amor que Dios puso en la creación. El hombre sigue maravillándose a medida que va descubriendo el lenguaje oculto en el vuelo de las abejas o la tremenda resistencia de la tela de una araña. Todo ello son obras de Dios y, por tanto, patrimonio de toda la humanidad y responsabilidad de todas las personas.

Desde una perspectiva profética, observamos evidentes signos de desequilibrio: en los últimos años, la brecha entre ricos y pobres se agranda y la explotación de los recursos naturales es más intensa que nunca. Son, precisamente, los y las pobres quienes más dependen de los recursos naturales. En su mayoría son campesinos y campesinas, muchos viven en entornos rurales y, con frecuencia, no tienen acceso a servicios sociales y municipales. Por eso, dependen de los recursos ambientales para cubrir parte de sus necesidades: agua, saneamiento, vivienda, alimento…

pag6_AFondo_web

La explotación excesiva del entorno natural y la degradación medioambiental provocan procesos de exclusión social. El cambio climático afecta, sobre todo, a las personas en situación de vulnerabilidad. Ésta es la realidad que observamos a través de los relatos indígenas en América Latina, de mujeres agricultoras en África, de las familias afectadas por ciclones en el Sudeste asiático y de las pequeñas comunidades insulares del Pacífico en riesgo de desaparecer.

El cambio climático es un proceso que se inició con la revolución industrial, que supuso la combustión de grandes cantidades de carbón. Desde el año 1850 se puede constatar, a través de registros históricos, una evolución de la temperatura y otros datos bioclimáticos que nos lleva a comprobar cómo es la actividad humana la que está provocando el cambio climático. Hoy en día, la comunidad científica muestra un gran consenso en este punto y propone soluciones para afrontar el problema, como son el abandono de las energías fósiles y su sustitución por fuentes renovables y una planificación de la actividad económica basada en los ciclos de la materia y la energía.

Pero, más allá de consideraciones científicas, lo que nos mueve como cristianos son principios éticos y morales: el cuidado de lo que es débil, una ecología integral y el destino universal de los bienes. El papa Francisco nos alerta contra la cultura del descarte, en la que tristemente estamos inmersos. Hoy producimos grandes cantidades de bienes de consumo, que rápidamente se transforman en basura. Al mismo tiempo, extensas capas de la humanidad viven en la precariedad y son también descartadas.

La encíclica Laudato Si’ nos habla de la búsqueda del bien común, una tarea que, por definición, es inclusiva y transgeneracional. “La mayor parte de los habitantes del planeta se declaran creyentes, y esto debería provocar a las religiones a entrar en un diálogo entre ellas orientado al cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de respeto y de fraternidad” (LS, 44).

Son los principios morales los que deben actuar como guía del modelo de sociedad en la que queremos vivir y, por tanto, inspiración de los valores de solidaridad, justicia, fraternidad y búsqueda del bien común. Pero esto choca con las tendencias actuales, marcadas por el individualismo, la competitividad y la búsqueda inmediata del máximo beneficio. Por ello, es necesario un ejercicio de reflexión y un cambio positivo en la orientación del paradigma económico.

La humanidad nunca ha contado con tantos recursos para acometer este reto: actualmente las tecnologías permiten que los procesos puedan ser mucho más transparentes, inclusivos y democráticos que nunca. Las soluciones existen y son muchos los líderes políticos y religiosos que ya están dando pasos para dirigir el cambio.

El pasado 26 de octubre las Conferencias Episcopales regionales de cinco continentes lanzaron un llamamiento a los responsables políticos y negociadores de la próxima Cumbre de París para pedir un acuerdo sobre el clima que sea justo, legalmente vinculante y motor de un verdadero cambio transformacional.[quote_left]Resulta imperativo que encontremos una solución consensuada, teniendo en cuenta la naturaleza global del impacto del clima[/quote_left]

El llamamiento alerta, además, de que las consecuencias globales que se derivan de la dramática aceleración del cambio climático nos obligan a redefinir nuestros conceptos de crecimiento y progreso. Se trata realmente de una cuestión de estilo de vida. Resulta imperativo que encontremos una solución que sea consensuada, teniendo en cuenta la envergadura y la naturaleza global del impacto del clima.

Las Conferencias Episcopales hacen, asimismo, diez peticiones concretas para orientar a los decisores hacia los puntos fundamentales que todos defendemos: incluir en el acuerdo los aspectos éticos y morales; aceptar el clima como un bien global; adoptar un acuerdo justo, vinculante y trasformador desde una perspectiva de derechos; buscar metas globales y el abandono total de las energías fósiles a mediados de siglo; explorar nuevos modelos de desarrollo más sostenibles; garantizar el agua y la tierra, la participación de las personas más pobres, la adaptación de las comunidades más afectadas y el apoyo a quienes son más vulnerables; y, finalmente, establecer hojas de ruta claras y verificables sobre cómo los países deberán cumplir sus compromisos financieros.
Todas estas acciones son necesarias para permitir que las generaciones futuras puedan disfrutar y seguir maravillándose ante nuestros ríos, mares y montañas. También son necesarias para que muchas familias y muchas comunidades puedan conservar hoy estilos de vida y culturas tradicionales. Pero estas medidas, sobre todo, son necesarias para salvar vidas.

Desde nuestras organizaciones de Iglesia estamos comprometidos a acompañar este llamamiento, porque, desde nuestra fe, tenemos esperanza.

Autoría

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *