Un caso paradigmático: el asesinato de Berta Cáceres

Si uno pensaba en alguna candidata a la Presidencia de la República, que representara los intereses de la nación, los anhelos de toda la población y que lo hiciera desde los más pobres, ésa era Berta Cáceres, “la Niña guardiana de los ríos”, Una mujer indomable, insobornable. Por eso la mataron.

El crimen de Berta Cáceres quedará en la impunidad. Todas las fuerzas oscuras del país, bajo el mando de la empresa DESA, que tiene aliados en el Ministerio Público, así lo han decidido. Y en el aire enrarecido de este país prevalecerá lo que esas fuerzas han regado a través del poder mediático: se trató de un crimen pasional teñido de conflictos internos en la organización que Berta fundó. Sólo la presión popular interna, en estrecha articulación con las voces de la solidaridad internacional, podrán revertir esta impunidad.

 Una amistad tejida durante años

Eran las 4 de la madrugada del jueves 3 de marzo, mi hora cotidiana de despertarme, cuando descubrí decenas de llamadas perdidas en el celular. No acababa de contarlas cuando me llamaba Gustavo Cardoza, entrañable compañero de trabajo: “Quizás ya lo sabe, pero por las dudas le informo que han asesinado a Berta Cáceres”. Me senté en la cama con la esperanza de estar sumergido aún en el sueño, uno de los frecuentes y tortuosos sueños en que veo la sangre. Son tantos en Honduras -un país atravesado por la zozobra y por continuas noticias ingratas- a quienes la realidad de la muerte y las amenazas nos persigue hasta esa zona recóndita del inconsciente…

Pero no era un sueño. Todas las llamadas perdidas eran de personas cercanas. Todas sabían de la amistad que Berta y yo habíamos tejido a lo largo de años de pláticas, reuniones, caminatas, luchas, discusiones, debates y complicidades compartidas. De repente, recordé que me había acostado con el escrúpulo de haber olvidado de llamar a Iolany, la coordinadora de comunicaciones de nuestra plataforma social en el ERIC y en Radio Progreso. Berta me había llamado la tarde anterior, a las tres y nueve minutos, apenas doce horas antes de que la mataran, para concertar un foro y dos programas de radio con el mexicano Gustavo Castro, experto en energías alternativas, hoy único e incómodo testigo de lo que ocurrió la noche del crimen.

Por las gestiones y las infinitas relaciones de Berta, COPIHN (Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras) había traído a Gustavo al país para que compartiera sus experiencias con diversas organizaciones defensoras de los bienes comunes de la Naturaleza, que luchan contra la energía térmica. Quedamos en que los dos, Berta y Gustavo, vendrían a la radio el 8 de marzo para que les hiciéramos una entrevista en la revista radial que transmitimos todas las semanas. También estarían conmigo en el programa diario y nocturno de una hora, “América Libre”.

“Pero no se le olvide, que usted es bien volado”, fueron las últimas palabras de Berta. “No te preocupes, mujer. Sólo llego a la radio y coordino con Iolany”, le dije, más para tranquilizarla que por seguridad de que no se me olvidaría. Llegué a la radio al final de la tarde, saludé a Iolany, pero olvidé por completo coordinar lo de Berta. Me acordé hasta las diez de la noche, cuando ya estaba quitando el promontorio de cosas que acostumbro a tener sobre mi cama para dormir. Sólo pensé: Hay tiempo mañana para coordinar, sin saber que el tiempo de Berta se acababa esa noche…

Creíamos que era intocable

Ismael Moreno, SJ. Buen amigo de Berta Cáceres nos habla de la muerte de la activista hondureña.
Manifestación por Berta Cáceres. Hablando en el megáfono: Berta Zúñiga Cáceres.  Foto, Comisión Interamericana de Derechos Humanos

Cuando uno recibe una noticia tan estremecedora como ésa recordará para siempre hasta los pequeños detalles del momento en que la recibió. Así me sucedió el 16 de noviembre de 1989 cuando supe del asesinato de los jesuitas y de Elba y Celina. Y así también, cuando años atrás, el 24 de marzo de 1980, alfabetizando campesinos en Boaco, Nicaragua, supe que habían asesinado a Monseñor Romero, a quien había escuchado el día antes en su última homilía en un destartalado aparato de radio.

Después de saber que habían matado a Berta quedé paralizado unos cinco minutos, incrédulo, queriendo despertar de esa pesadilla. En Honduras, en donde la muerte ronda por todos lados, uno no deja de preguntarse en qué momento le tocará, si al abrir el portón en la madrugada para ir al programa mañanero de la radio o si en la carretera o si al ir a comprar las tortillas del desayuno… Así va la vida en esta nuestra Honduras, teñida de sangre, violencia y riesgos.

Cada quien desarrolla sus propias defensas sicológicas y se arma del escudo de una lógica de posibilidades. En el caso de Berta pensábamos que no lo harían. ¿O ilusamente queríamos verlo así? Creíamos que sus múltiples reconocimientos la hacían intocable. Tal vez por la ingenuidad de quienes queremos seguir creyendo que también los violentos y codiciosos de este país tienen sus límites. O tal vez creíamos eso como un recurso para tener seguridad en algo. Con el importante Premio Goldman que le dieron a Berta en abril de 2015, el premio más valioso del planeta para quienes defienden el medioambiente, ¿quién podría tocarla? En eso confiábamos muchos cuando la vimos premiada, yo entre ellos.

Por eso la mataron

Berta Cáceres creció compartiendo la tortilla y el café, el tamal y el copal, las candelas blancas, amarillas, azules y verdes con el pueblo lenca. Su amor por ese pueblo nació desde el vientre de su madre. Después fueron las ideas, los conceptos, las decisiones políticas. Por lo arraigado del amor por la cultura lenca Berta fue insobornable. Nadie la pudo comprar, nadie la pudo domar.

Nadie pudo con ella. Tuvieron que matarla. Sin esa mística primigenia, sin ese amor esencial, las personas pueden ser sobornables, domables, comprables. Las ideas claras, los conceptos exactos, las posiciones políticas lúcidas no garantizan fidelidad a los pobres. Sólo una vida vivida en complicidad con la gente es garantía que convierte la lucha en una pasión inclaudicable. Por eso la mataron. Ése es el legado que Berta nos deja.

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