La levedad de la memoria, diez años después de la desaparición de ETA

El décimo aniversario del final de ETA es una ocasión para repensar lo acontecido y, sobre todo, lo mucho que queda por hacer en el terreno de la justicia a las víctimas, de la necesaria memoria compartida y de la reconciliación.

Fuente: wal_172619 – Pixabay

Se acaban de cumplir diez años de la declaración de ETA anunciando su renuncia a la “lucha armada”. Con este anuncio se ponía fin a una historia de asesinatos, personas heridas o secuestradas, chantajes, amenazas y, también, de torturas o de excesos policiales graves. En la sociedad española, y en la vasca en particular, apenas algunos actos puntuales rememoran lo hasta ese momento acontecido y las jóvenes generaciones se socializan sin esa lacra que hubimos de padecer durante más de cuarenta años, pero tampoco con la deseable memoria de ella.

Una minoría pensamos que se ha pasado esta página de nuestra historia reciente con excesiva rapidez. Quedan los requerimientos puntuales dirigidos desde alguna instancia a quienes justificaron aquella barbarie, lo que periódicamente se concreta en algún llamamiento a que transiten de un relato que busca, sino justificar, si al menos explicar o contextualizar el terrorismo, a otro que lo condene como algo que nunca tuvo justificación alguna. Y queda su utilización en el debate político, a menudo torticera, cuando interesa desacreditar alguna propuesta o iniciativa por el hecho de que cuente con el apoyo de Bildu.

Desde un punto de vista humano, no puede parecer extraño que se pretenda olvidar aquel horror cuanto antes. Entre quienes no vieron gravemente afectada su vida por atentados y otros desmanes, al comprensible deseo de concentrarse en los problemas que el futuro plantea, se añade la incomodidad de recordar que se convivió con esa violencia con un muy limitado compromiso para con su denuncia y con escasa sensibilidad para con sus víctimas. Así, en muchas personas nuevamente la indiferencia – y en bastantes menos la mala conciencia – son motivos suficientes para cultivar esa rápida amnesia.

Una minoría pensamos que se ha pasado esta página de nuestra historia reciente con excesiva rapidez.

Sin embargo, las víctimas de esa violencia no han conseguido todavía ni toda la verdad, ni el reconocimiento debido, ni la justicia posible, ni la solidaridad deseable a las que tienen derecho. Además, ni su realidad ni sus testimonios han alcanzado el impacto positivo que podrían generar, a modo de vacuna, contra expresiones violentas en el futuro. Así, debe reconocerse que en el País Vasco se mantienen algunas actividades, especialmente en el sistema educativo o en ámbitos eclesiales, que pretenden contribuir en la construcción de una reconciliación sin pies de barro, a una dignificación de las víctimas, así como a la extensión de una cultura comprometida con el respeto más exquisito de los derechos humanos. Pero se trata de iniciativas que congregan a pocas personas y que encuentran como respuesta una indiferencia creciente y una triste desmemoria.

Las víctimas de esa violencia no han conseguido todavía ni toda la verdad, ni el reconocimiento debido, ni la justicia posible, ni la solidaridad deseable a las que tienen derecho.

Pero no todo merece una valoración negativa. El recorrido vital de algunos victimarios, reconociendo el daño causado y pidiendo perdón a quienes dejaron viudas o huérfanos, es una buena noticia. Los programas institucionales que han facilitado estos procesos son ejemplos muy significativos de una justicia restaurativa y abierta a la reinserción. La apertura mostrada para colaborar en este trabajo por parte de víctimas concretas debe reconocerse como una contribución adicional, de una generosidad radical por parte de estas personas, a una convivencia pacífica y son hitos ejemplares en el camino de la reconciliación. El desinterés mayoritario por estas iniciativas provoca que el impacto de este esfuerzo humanizador vaya poco más allá de las personas directamente afectadas.

Sirva de ejemplo lo acontecido recientemente en un centro universitario que forma futuros educadores. Decenas de jóvenes asistieron al testimonio de una víctima cuyo padre fue asesinado por ETA. Ella describía su turbulenta vida tras aquella trágica experiencia y cómo ha podido encauzarla e iniciar un proceso de sanación al conocer el trabajo de Maixabel Lasa (viuda de Juan Mª Jauregui, exgobernador civil de Gipuzkoa también asesinado por ETA), no sólo en cuanto que Directora de Atención a Víctimas en el Gobierno Vasco, sino también como protagonista de algunos de esos encuentros restaurativos en los que aceptó escuchar e interpelar directamente a quienes asesinaron a su marido. Al interrogar a esos jóvenes vascos de poco más de veinte años nadie recordaba quién es Maixabel Lasa y solo una de entre todos ellos creía recordar que se había estrenado recientemente una película sobre esta historia. Si la causa de este desconocimiento fuera que buena parte de estos jóvenes se encuentran concentrando sus energías en aquellas causas que hoy siguen generando otro tipo de víctimas, el balance podría ser más positivo. Pero ni las generaciones anteriores hemos acertado a transmitirles una historia que movilice sus ansias de cambio ni muchos de ellos confían en que sea posible esperar algo mejor.

El balance de estos diez años cuenta en su haber con el final de la absurda amenaza que pesaba sobre determinados colectivos y, lo más importante, que el listado de las víctimas del llamado conflicto vasco se haya cerrado. Ello ha permitido normalizar relaciones en algunos ámbitos familiares y sociales. Como también abordar algunos debates sociales sin la gravísima distorsión que imponía la persistencia de la violencia con pretendidos fines políticos. Pero sigue pendiente que la repulsa ética sea asumida por quienes trataron de justificarla, así como un consenso amplio e inclusivo que consiga toda la justicia posible para la memoria de todas sus víctimas.

Vivimos en una sociedad que consume a velocidad vertiginosa acontecimientos de todo tipo. Somos individuos hiperconectados para compartir, la mayoría de las veces, lo más trivial o lo más truculento de lo que acontece, pero con muy escasa capacidad para generar, desde la memoria de los últimos, caminos nuevos que consigan justicia y creen fraternidad. A quienes continúan es este empeño habrá que reconocerlos con el poeta como los imprescindibles.

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