Te has ido, pero te quedas, Emiliano

Muere sin justicia ni disculpas Emiliano Álvarez, una de las primeras víctimas en denunciar los abusos sexuales de un sacerdote. Tras cinco años de lucha, el Vaticano ratificó en 2021 que cuando tenía 10 años y en el Seminario de La Bañeza fue una de las muchas víctimas de violaciones y otras agresiones sexuales por parte del cura Ángel Sánchez Cao, quien puso una denuncia penal contra él. (Eldiario.es)

Emiliano, la noticia de tu muerte la semana pasada me tuvo un buen rato llorando de tristeza y rabia. De tristeza porque eras un gran tipo: una persona que había logrado recomponerse después de una vida marcada por las drogas y la desesperanza, totalmente comprometida con la lucha por la verdad y -este no es un dato menor, aunque lo parezca- un gran contador de chistes malos. De rabia, porque te has ido sin lograr toda la verdad, la justicia y la reparación que merecías. Apenas una triste e insincera disculpa por WhatsApp.

Esa tristeza y esa rabia inicial se han ido mitigando con conversaciones con personas cercanas a ti -más cercanas que yo, que no sé si merezco el título de amigo tuyo, pero que con tu permiso me lo atribuyo- en las que hemos recordado juntos tu valor, humor y generosidad. También ha disminuido por la certeza de que no te vas sin más; por la convicción de que has dejado una huella profunda entre aquellas víctimas que como tú luchan porque haya verdad, justicia y reparación para las personas que sufristeis abusos sexuales en el seno de la Iglesia Católica -y entre aquellas otras personas que por unas u otras razones nos hemos asomado a este abismo de horror y dolor-.

Te has ido, pero te quedas, Emiliano.

Hablamos por primera vez por teléfono. Un compañero del grupo de ex seminaristas de La Bañeza que a raíz de la denuncia de abusos sexuales de uno de ellos, Javier, se había movilizado para reclamar la investigación de los hechos, te había contado que yo estaba preparando un libro sobre el tema de los abusos y llamaste para darme tu testimonio. Durante más de una hora me explicaste cómo los abusos sufridos a manos del sacerdote Ángel Sánchez Cao, uno de los formadores del seminario, te habían llevado al borde del suicidio y a una vida de autodestrucción marcada por las drogas, el alcohol y las dudas y excesos sexuales. Como resumías ante los medios de comunicación: «Mis padres entregaron al seminario a un niño inocente y les devolvieron un monstruo. Todas las drogas eran pocas para paliar mi dolor».

Después de décadas de oscuridad, conseguiste desengancharte de las drogas, gestionar una pensión de jubilación por incapacidad y volver a tu pueblo natal, Borrenes, a llevar una vida tranquila de mozo viejo. Creo firmemente que fue la buena -buenísima- pasta humana de la que estabas hecho lo que te permitió volver del otro lado de las drogas y los excesos. Esa buena pasta se hizo todavía más evidente cuando denunciaste los abusos que habías sufrido y te transformaste en un activista incansable. Llanero solitario primero, acudías con tu pancarta a las procesiones de Semana Santa y otros eventos de la Diócesis de Astorga a pedir verdad y justicia, a pesar de los desdenes y desplantes que eso te acarreaba; luego te convertiste en miembro fundador e imprescindible de la primera asociación española de víctimas de abusos sexuales en la Iglesia, Infancia Robada. Me consta que el vacío que dejas entre tus compañeros ahí, a quienes incluso en las horas más bajas animabas con tu ejemplo de superación del trauma y con tu buen humor, es enorme.

Por razones de falta de espacio y tiempo, no incluí tu testimonio en el libro. Pero eras tan generoso que, cuando te invité a la presentación en Madrid, aguantaste sin pestañear más de 14 horas de autobús entre ida y vuelta a Ponferrada para acudir y dejar a todos los allí presentes impresionados con tu testimonio. Fue sin duda la parte más emotiva y verdadera de todo el acto. Emiliano, te di las gracias en su día y te las he vuelto a dar muchas veces, pero déjame volver a dártelas aquí y ahora de nuevo.

Un año después fui a visitarte a Borrenes. Allí conocí a tus amigos con los que ideabas aventuras tan locas como buscar oro en los arroyos de la zona durante el verano -un saludo especial a Christian, si llega a leer esto-; a tu madre, que pese a tus 50 y tantos años y a todo lo llovido te seguía mirando como al niño dulce que se fue al seminario y que solo décadas después pudo recuperar, golpeado por la vida pero de nuevo en pie y digno; a tu tío el incendiario, del que cuidabas con un delicado cariño… También conocí tus castaños; tus cabras y el albergue para peregrinos del Camino de Santiago que estabas construyendo en un viejo granero y cuya reparación me temo que ha quedado a medias (alguien debería continuar esa tarea y transformarlo en el Albergue para Peregrinos Emiliano Álvarez). Todo esto formaba parte de ti y tú formabas parte de todo ello en una bendita armonía que, imagino, te resultaría a veces extraña tras tantos años de turbulencias.

Después de eso, hablamos muchas veces por teléfono. Me contabas tus cuitas con el Obispado de Astorga y con el tramposo y oscuro sistema de justicia canónica: la increíble denuncia que puso en contra tuyo tu abusador por difamación, en un intento fallido de amedrentarte; los desplantes de la supuesta oficina de atención a las víctimas puesta en marcha por la diócesis; las negativas a hacerte llegar la documentación de tu proceso… Hasta en esos momentos jodidos conservabas el buen humor -a veces un poco negro, pero es que, claro, estamos en España, la patria del humor negro-.

Todavía alcanzamos a vernos una tercera vez en San Sebastián, en junio de 2021, durante una jornada de presentación de un libro de estudios sobre los abusos sexuales a menores en la Iglesia Católica coordinado por la increíble Gema Varona. Allí volviste a dar tu testimonio valiente ante los participantes en las jornadas y ante los medios de comunicación. Por muchas lágrimas que te arrancase el ejercicio de recordar el horror sufrido, luego te recomponías y tu sonrisa y tus chistes nos iluminaban la existencia. Esa foto en el Peine de los Vientos contigo y con Gemma, Teresa, Javier, Íñigo y algunos cómplices más la guardo y la guardaré como oro en paño.

Después de las navidades de 2021 no volví a hablar contigo. La COVID-19 se añadió a las secuelas de esa vida de exceso a la que los abusos te catapultaron y no hacías más que salir y entrar del hospital. Intercambiamos varios mensajes de voz de WhatsApp en los que sonabas cada vez más débil. La gente que te conoce y te quiere sabía que tu estado de salud era delicado, pero siempre confiamos en que tu pundonor solventaría la situación una vez más. No pudo ser. Ya nunca compartiremos ese botillo o ese magosto con los que fantaseamos en numerosas ocasiones. Y me jode, porque salgo perdiendo; porque yo ganaba mucho más con tu compañía que tú con la mía.

Dice Sabina que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Eso es cierto. Pero es igualmente cierto lo que dice Bob Dylan: hay personas que nunca olvidarás, aunque las hayas visto solo una o dos veces. Canciones aparte, agradezco a la vida que nuestros caminos se cruzaran y haber tenido el privilegio de conocer no al monstruo, sino al gigante que eras -que eres, porque estoy seguro de que nos miras con cariño desde el lugar de paz al que estoy seguro que te has marchado (por cierto, a ver si encuentras una manera de hacernos llegar todos los chistes malos que se te andan ocurriendo por allá, que la gente que te queremos los echamos de menos).

Tan solo una cosa más, Emiliano. Ojalá que tu muerte sirva para que los obispos y superiores de congregaciones religiosas de este país reflexionen y cambien de actitud. Para que se den cuenta de que no es justo, ni compasivo, ni misericordioso dejar que las víctimas de abusos sexuales en la Iglesia Católica os marchéis sin verdad, justicia y reparación. Ojalá que tú seas la última víctima de abusos que muera sin ellas. Así podremos llorar a las que se vayan con tristeza, pero sin rabia.

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