Arriesgan la vida y la ganan

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temadeportada1-3.jpgViven contracorriente. En un mundo, como el occidental, obsesionado con la salud y la seguridad, la conservación de la vida propia se ha convertido en seña de identidad de nuestro tiempo. Frente a este mandamiento que se inculca a los bebés desde que nacen, surgen mujeres y hombres que deciden poner la suya en riesgo por una buena causa. Son seres excepcionales como Aminetu Haidar, los jesuitas asesinados en El Salvador hace 20 años, las madres argentinas de la Plaza de Mayo, la periodista mexicana Lydia Cacho (que ha denunciado en su país a redes de corrupción policial y pederastia que implicaban a gente muy poderosa) o las misioneras y misioneros de Ruanda, por citar un país en el que estos ‘cascos azules’ del amor se juegan el tipo todos los días.

Por supuesto que no se habla de gente desequilibrada que quiera inmolarse para llamar la atención o acabar con una existencia desdichada. También dan su vida por una causa los kamikazes que se ponen un cinturón de explosivos y se hacen volar en pedazos junto con todo ser vivo que les rodee. En todos los casos que citamos, el acto de jugarse la vida por los demás es una consecuencia lógica de una trayectoria vital dedicada a combatir de un modo pacífico las injusticias. Pacífico, es un adjetivo que les une y les distingue. El uso de la no violencia también distinguió a Mahatma Gandhi y a Martin Luther King, dos profetas de los derechos civiles que asumieron el riesgo que comportaba su denuncia y acabaron muriendo asesinados a manos de los de siempre.

Ya lo decía el propio Jesús de Nazaret, tal y como lo recoge Juan en su Evangelio: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. Este mensaje, una de las formas más hermosas de expresar el compromiso radical con el amor fraterno, ha marcado la senda de personas admirables que nunca aceptaron el rol de héroes o heroínas. Y muy probablemente ninguno de los que perdió la vida se sentiría a gusto con el cartel de mártir. El martirio en sí mismo es un concepto que nos devuelve el sabor amargo de una educación, promovida por una Iglesia de otros tiempos (¿o es también de este tiempo?) que ensalzaba el sufrimiento como una vía para la redención y la santidad.

En los casos de los que hablamos en el reportaje de portada de este alandar de febrero, el resultado suele ser siempre el avance en los objetivos que persiguen. La causa de los desaparecidos por la dictadura argentina de los 70 tuvo en la imagen de dignidad de cientos de mujeres (madres y abuelas de los desaparecidos) protestando con un pañuelo blanco en la cabeza, la mejor forma de despertar conciencias. Un efecto parecido ha sucedido con la causa saharaui gracias a la huelga de hambre de 32 días mantenida por Aminetu Haidar.

Dar la vida por los demás. Dar el tiempo o dar el cariño, la atención, la pasión, son gestos marcados por la generosidad con el hermano y la hermana que sufre la injusticia. En esa digna tarea hay miles de personas. Y muchas más que se unirán.

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