Inmunes al desaliento

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Foto. Biblioteca Pública de GuadalajaraLa prensa conservadora les daría el titular de “antisistema”, porque forman parte de una mayoría silenciosa que se resiste a tirar la toalla. La vida es dura -sí- y las ganas de embellecerla son muchas. Ante el derrumbe del Estado del bienestar, miles de personas se organizan para dar respuesta a necesidades que antes eran públicas, universales y gratuitas. Hoy –y, si alguien no lo remedia, mañana y pasado- los últimos gobiernos las han convertido en carnaza para las empresas privadas de sus amistades. Educación, empleo y cultura son algunos derechos que un puñado de personas poderosas quiere que termine siendo un lujo para la mayoría. Unos cuantos, unas cuantas, se rebelan mostrándose inasequibles al desaliento.

Resiliencia: en el caso de sistemas tecnológicos, Wikipedia define este concepto como la capacidad de un sistema de soportar y recuperarse ante desastres y perturbaciones. Y en España, la resiliencia se contagia como una epidemia entre miles de personas que no están dispuestas a conformarse con un presente injusto y frustrante. La crisis, los despidos, el paro y el recorte de recursos públicos y derechos universales se hayan convertido en el pan nuestro de cada día para la mayoría de las gentes que pueblan este país. Sin embargo, todavía quedan seres dispuestos a buscarle las grietas al sistema y darle a la creatividad, añadiendo energía solidaria y mucha vitalidad para terminar levantando proyectos ilusionantes y colectivos. Estas personas a las que nos referimos han aprendido a levantarse cada mañana “cargadas de resiliencia” porque saben que, en los tiempos que corren, el presente se debe afrontar compartiendo e inventando.

Arcadi Oliveres, profesor de economía aplicada en la Universidad Autónoma de Barcelona y Premio alandar, coincide en defender la capacidad de la ciudadanía para organizarse y buscar alternativas a los problemas que se plantean: “En la crisis económica que vivimos, resulta esencial el papel del individuo en la vida económica, la participación ciudadana. Pero esto no excluye, para nada, las formas colectivas, aunque no me atrevería a decirte partidos políticos. Sí defiendo, por el contrario, la participación en los movimientos sociales”.

Biblioteca en Guadalajara

Foto. Biblioteca Pública de Guadalajara

Cientos de usuarios y usuarias de la Biblioteca Pública de Guadalajara se negaron a verla languidecer ante la sangría progresiva que suponía la aplicación de los recortes de fondos que provenían del Ministerio de Cultura. Este organismo estatal, del que depende, la ha dejado en los últimos años en el más lamentable abandono. Blanca Calvo, directora de esta biblioteca, confesaba a El País el pasado otoño lo emocionante que le resultó comprobar que nada más enviar un correo pidiendo voluntarios les contestaran inmediatamente un montón de usuarios. “Aunque no deja de ser un dilema moral y profesional”, recalca, “porque son ellos los que están cubriendo necesidades que debería atender el Estado”.

En una ciudad donde el 40% de sus habitantes se ha hecho habitual de este centro del saber y del leer, un grupo de arriacenses se decidieron a pagar con su dinero las suscripciones de 62 publicaciones (antes de la crisis se recibían más de 200) y compraron decenas de novedades editoriales para cubrir el socavón presupuestario. En 2007, último año feliz antes del inicio del desastre financiero, la biblioteca de Guadalajara disponía de 150.000 euros para adquirir material. En 2012 no se logró ni un tercio de aquello (46.000 euros) y para 2013 las previsiones son igual a cero.

En este mismo reportaje al que hemos aludido anteriormente se cuenta la historia de Concha Carlavilla, quien coordinó durante seis años las actividades de animación a la lectura hasta que, en agosto pasado, fue despedida por la Fundación de Cultura y Deporte de Castilla-La Mancha de la que dependía. Concha encarna el espíritu de esta biblioteca como nadie: renunció a su plaza fija de bibliotecaria en un pueblo para trabajar en la de Guadalajara y, pese al despido, prosigue colaborando como voluntaria. “He venido de niña y ahora vienen mis hijas. Esta biblioteca es como un organismo con vida propia y yo quiero seguir participando en ella, aportando mi granito, para que esto siga como siempre desde hace 30 años”, cuenta con vehemencia mientras sujeta en una mano un ejemplar de Al este del Edén sobre el que debatirán en su club de lectura, uno de los 30 que funcionan en la biblioteca y en los que participan 500 adultos y 150 niños. Sus últimas palabras resuenan teñidas de un aire reivindicativo: “En los momentos de crisis es cuando hay que invertir más que nunca en bibliotecas. La gente no tiene dinero para comprar libros, pero sigue necesitando acceder a la cultura y a la información. O es que, además de echarnos del trabajo, ¿tampoco vamos a tener derecho a leer y a saber?”.

Bicimensajes de esperanza

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“La Veloz Ecomensajería” fue el nombre que pusieron a la cooperativa de trabajo asociado que un grupo de jóvenes desempleados crearon en Zaragoza en 1993, en un momento socioeconómico muy similar al que ahora vive nuestro país. El paro golpeaba con dureza (la tasa de desempleo era del 20%, frente al 26% actual) a una población que se acababa de despertar del sueño olímpico (los Juegos se celebraron en Barcelona en 1992). Ahora, veinte años después, la coyuntura es incluso peor y, sin embargo, esta forma distinta de generar puestos de trabajo se ha mantenido rompiendo los esquemas de la empresa tradicional. Frente al “ánimo de lucro sobre todo lo demás”, en La Veloz Ecomensajería defienden que es factible levantar proyectos “económicamente viables, ecológicamente sostenibles y socialmente justos”. ¿Una quimera? Veamos cómo pasaron de las palabras a los hechos.

Empezaron en 1993 con una idea rompedora y muy atractiva: se podía crear un servicio de mensajería en bici en la ciudad del Ebro. Desde entonces han crecido, diversificando su área de referencia: también ofrecen servicios de mensajería nacional, así como se dedican a la reparación y venta de bicicletas y a asesorar sobre cicloturismo. Santi, uno de sus fundadores, explica cuáles son los pilares de su “estrategia empresarial”: “Las entidades de economía social y solidaria colocamos en el centro a la persona. Pero esto no es suficiente para sostener el empleo. Por eso hemos reforzado aspectos fundamentales como la formación, la diversificación de nuestra actividad o el reparto del tiempo de trabajo”. También han sabido guardar para cuando llegaran los tiempos difíciles. Desde su creación nunca se han repartido beneficios entre los y las cooperativistas. “Esto nos ha permitido crear unos fondos de reserva que nos han servido de ‘colchón’ para garantizar la estabilidad en el empleo”, señala Javier, del departamento financiero de esta cooperativa aragonesa.

Carlos Rey, miembro de la Secretaría Técnica de REAS (Red de Economía Alternativa y Solidaria) en una entrevista concedida al colaborador de alandar Javier Pagola, subraya la importancia que tienen hoy en día las iniciativas de economía solidaria. “Practicar la equidad es pensar en la dignidad de todas y cada una de las personas. Todas ellas son valiosas, pero son diferentes y no necesitan lo mismo: la escala salarial no debe distanciarlas. El trabajo es mucho más que un empleo remunerado y debe permitir a cada persona autonomía, desarrollo integral y hacer su aportación social. La búsqueda de sostenibilidad estudia y reconoce el impacto de nuestras acciones sobre el medio ambiente e intenta reducirlo. El principio de cooperación nos indica que siempre es mejor cooperar que competir: debemos ser competentes, pero no competitivos. El compromiso con el entorno nos invita a no vivir aislados, sino a colaborar en el desarrollo local, trabajar coordinados con otros movimientos sociales, denunciar, reivindicar y proponer alternativas”.

REAS, que empezó su labor en la década de los 90, cuenta en 2013 con 250 entidades y empresas de economía solidaria y otras 40 como socias colaboradoras. En la actualidad da trabajo a 5.902 personas y agrupa en diferentes actividades a otras 17.000. Forma parte de RIPESS, la Red Intercontinental de Economía Social y Solidaria que está presente en 65 países diferentes de los cinco continentes y que celebra encuentros con asiduidad; el próximo será en Filipinas.

El fenómeno de la economía solidaria no se limita a pequeñas experiencias, En América Latina es una forma de vida prometedora recogida como modelo en las Constituciones nacionales de Bolivia, Brasil y Ecuador. En la zona francófona canadiense de Québec la economía solidaria ha creado ya 125.000 empleos. Brasil cuenta con un ministerio dedicado a la economía solidaria y el presidente François Hollande ha revitalizado en Francia un Ministerio delegado de Economía Social y Solidaria. El país vecino cuenta con una red de 40 municipios que han acomodado su actividad a principios de economía solidaria y existe el MES (Movimiento de economía solidaria), que agrupa a personas que quieren vivir de acuerdo a este modelo alternativo.

Este banco sí que es bueno

No todos los bancos tienen pérdidas, esquilman a sus clientes, desahucian a los que no pueden pagar la hipoteca. Algunos no reparten millones entre sus directivos y tras declararse en bancarrota piden rescates multimillonarios a mamá UE que luego pagará la población, que deberá asumir una deuda que no generó.

Existen, por fortuna también bancos como el Fondo de Solidaridad, Paz y Esperanza, (www.fondodesolidarid.org) que funciona desde hace 28 años en Granada y que presta sin intereses, financia pequeños proyectos en toda Andalucía a través de microcréditos a fondo perdido y que apoya a mucha gente que se halla en las últimas.

Sobre este proyecto escribía el colaborador de alandar, José Luis Palacios, en la revista Noticias Obreras, de la HOAC, hace apenas un par de meses. El reportaje al que nos referimos descubría una de tantas iniciativas solidarias, basada en principios de la banca ética, que cuenta con 260 socios y socias, que se encargan de aportar una cuota periódica sin esperar que se la devuelvan.

Desde que echó a andar, este “banco bueno” ha concedido financiación y apoyo de emergencia a más de 1.200 beneficiarios que han puesto en movimiento un millón 803.000 euros. Esta corriente solidaria ha dado sus frutos, tal y como reconoce Carmen Baena, integrante del Fondo: “Se nos pidió que compartiéramos un poco de nuestra economía porque pensábamos que muchas aportaciones pequeñas podrían ayudar a personas sin empleo a crear su propio puesto de trabajo o bien a salir de una situación económicamente apurada”. Y prosigue: “Muchos de nosotros hasta ese momento no habíamos oído hablar de los microcréditos ni de la banca alternativa. Simplemente queríamos compartir nuestra economía de forma solidaria y, sobre todo, anónima”. Otra de las socias del Fondo, Mari Paz García, militante de la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica), reconoce que lo que hacen “es algo pequeño que beneficia a gente que lo necesita pero que, lamentablemente, no llega a todos los que lo requieren”.

Desde 1997, el compromiso de devolución es obligatorio para quienes reciben los préstamos del Fondo. Además de los socios, se creó la figura del “depositante”, que presta sus ahorros sin pedir intereses y sin ni siquiera tener la seguridad de que se vaya a revalorizar de acuerdo al IPC la cantidad prestada. El Fondo de Solidaridad, Paz y Esperanza, aunque es un proyecto creado por gente de Iglesia, desde el principio se identificó como aconfesional y en él participan personas de diferentes sensibilidades, creencias e ideologías.

La generosidad se aprende

Foto. AS Miguel Catalán

Ahora que el ministro de Educación, José Ignacio Wert, se va a salir con la suya en el propósito de que la asignatura de Educación para la Ciudadanía no se siga impartiendo en los centros públicos de enseñanza, habrá que buscar otras fórmulas para conseguir que quien estudia entienda que existen derechos y valores que merece la pena enseñar y aprender en la escuela. El de la solidaridad con los que peor lo pasan es uno de los más importantes. Por eso la experiencia de Aprendizaje Servicio (ApS) tiene un enorme valor. Pero, ¿de qué estamos hablando? Se trata de una práctica gracias a la cuál chicos y chicas, fundamentalmente de los últimos cursos de la ESO y de Bachiller, actúan sobre las necesidades reales de su entorno con el objetivo de mejorarlo.

Así lo hace Juan de Vicente, profesor del IES Miguel Catalán de Coslada, un municipio de 90.000 habitantes ubicado en el corredor del Henares (Madrid). Juan es un enamorado de una iniciativa que facilita que el alumnado haga “prácticas” en diferentes materias evaluables a través de un breve periodo de voluntariado, por ejemplo, en un centro de atención a personas con Alzheimer. Tras haberlo cumplido tienen la oportunidad de devolver a sus compañeros en clases de Ciencias, por ejemplo, lo que han aprendido sobre el envejecimiento, la enfermedad, etc. Aprenden mucho, lo comparten con la clase y además se les introduce el “gusanillo” de la solidaridad. Sus experiencias se pueden leer en el blog (http://asmiguelcatalan.blogspot.com.es).
Foto. Reas
Roser Batle, pedagoga y profesional de la educación en valores, ha escrito el libro Aprendizaje servicio (ApS). Educación y compromiso cívico, una de las obras en las que mejor se cuenta este proyecto pedagógico tan necesario. Cuenta Batle que el ApS es un método muy útil “para unir aprendizaje con compromiso social, sin olvidar que el verdadero éxito de la educación consiste en formar buenos ciudadanos capaces de mejorar la sociedad y no sólo su currículum personal”. La autora destaca también sus cualidades pedagógicas al afirmar que “cuando se pone en práctica, además de hacer un servicio a la comunidad y ayudar a los otros, se convierte en uno de los métodos de aprendizaje más eficaces, porque los chicos y chicas encuentran sentido a lo que estudian cuando aplican sus conocimientos y habilidades en una práctica solidaria”.

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