La dignidad y la muerte

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portada1.jpg«Es un alivio saber que ha terminado por fin un calvario demasiado largo para Eluana y sus padres. Le desconectaron la sonda para acortar la agonía y adelantar la vida«, escribe el franciscano Joxe Agirre en una carta a Eluana que reproducimos completa. Utiliza Joxe la palabra ‘calvario’, un término que este mes es usado con más frecuencia que el resto del año, al menos en las iglesias cristianas. La actualidad litúrgica, pues, y la actualidad de los medios de comunicación nos ponen en bandeja tratar de la muerte digna.

El año pasado, por estas fechas litúrgicas y primaverales, el emérito obispo Sebastián se preguntaba en voz alta en un sermón: “¿Alguien puede decir que la de Jesús no fue una muerte digna?«, para arremeter a continuación contra la despenalización de la eutanasia, e incluso contra los cuidados paliativos para los enfermos terminales. La respuesta bien podría ser otra pregunta: ¿Es digna de un ser humano, Jesús incluido, una muerte así? ¿Se merece una persona la tortura, la traición, que su dolor sea un espectáculo, ser asesinado con excusa legal y todas las condiciones en que se produjo su muerte?
La dignidad corresponde a los seres humanos. Por tanto, cuando hablamos de muerte digna nos referimos, en realidad, a si tal forma de morir es digna de los seres humanos, propia de los seres humanos. El debate acerca del reconocimiento del derecho a una muerte digna debería plantearse sin confundir legalidad con justicia, sin olvidar la misericordia (la capacidad de que el corazón se conmueva con el dolor del otro, con el otro) y sin poner en cuestión los derechos de las otras personas (que por ser otras no son yo, y no puedo reducirlas a mi punto de vista ni a mi interés).

La vida –escribe Joxe Arregi- es sagrada, claro que sí. Pero que la vida es sagrada quiere decir que ha de ser vivida en dignidad, en la dignidad que le corresponde a cada viviente. (…) Que cada viviente viva de acuerdo al deseo de su ser, en eso consiste la santidad y la dignidad de la vida.

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