El elefante y la rosa

Vivo en Madrid, en la ciudad donde cada día miles de personas se desplazan en Metro a sus diferentes tareas y quehaceres. Hace años que utilizo este medio de transporte y desde hace un tiempo descubrí en él un lugar donde conviven, de forma silenciosa, las historias más variopintas, las más bellas y las más duras. También he llegado a descubrir en los vagones, pequeños santuarios donde Dios se hace presente: en los rostros cansados de las personas, en algunos gestos y detalles; en las manos de los viajeros que cada día buscan algo o a alguien donde agarrarse para no caer, en los músicos y vendedores que tienen que ser creativos para ganarse la vida, pendientes de que ningún vigilante de seguridad les expulse por estar prohibido cantar o vender.

En esta ciudad digital que cada día se vuelve más tecnológica, no es fácil encontrar artistas del papel plateado y papel de colores.

Uno de esos días, en los que la fortuna te sorprende regalándote una experiencia nueva, coincidí en el tren con un chico que hacía figuras con papel de aluminio y rosas con papel pinocho. Me sorprendió que saludaba a otros pasajeros sin conocerlos y les deseaba, cuando se apeaban, que fueran felices y tuvieran buen día. Un tipo así no me pasa desapercibido. Les tengo adoración, pues rompen la monotonía y el silencio al que optamos en lugar de comunicarnos. Nos hemos hecho demasiado serios y formales, renunciando a la espontaneidad. Yo iba acompañado de una niña que se sorprendió al ver que se dirigía a ella y le pedía que le propusiera hacer alguna figura. Ni corta ni perezosa, le dijo que hiciera un elefante. El chico dijo que le encantan los retos: «Mi reto es que me reten«. Aunque hacía tiempo que nadie le pedía un animal de ese tipo, se puso a hacerlo. Mientras, nos regalaba con sus palabras un manual de consejos para la vida, de esos que los libros de auto-ayuda te proponen pero que, en algunos casos, no sabes cómo concretar. Nos contó la historia de su abuela. A mi parecer una mujer sabia y no sobre-protectora, que un día le dijo: «De herencia no te voy a dejar ni una casa, ni dinero, pero te voy a enseñar a desarrollar tus habilidades manuales para que te puedas ganar la vida». Aquel muchacho había aprendido a moldear su vida con los medios y en las circunstancias que se iban poniendo a su paso. De esta forma iba consiguiendo dinero para poder pagar las medicinas que necesitaba su hijo enfermo. Viviendo de la generosidad, algún trabajo y alguna ayuda social, viajaba en el Metro regalando buenos deseos y modelando la vida de quien se quiera dejar transformar por este artesano del papel de aluminio.

Los comentarios de la niña con la que iba no se hicieron esperar cuando él bajó del vagón. Decía que estaba un poco loco -y no le faltaba razón-. El chico también consideraba que lo estaba. Por otra parte, la pequeña, captó su amabilidad, su sensibilidad por los enfermos y su preocupación por cuidar a su niño al que iba a ver al hospital. 

En esta ciudad digital que cada día se vuelve más tecnológica, no es fácil encontrar artistas del papel plateado y papel de colores. Él nos regaló sus historias, su amabilidad, además de un elefante y una rosa con perfume. Nosotros le dimos conversación y alguna moneda, no sé si algo más. Después de este encuentro sigo teniendo la sensación de que Dios se hace presente en los lugares y personas más inverosímiles, es cuestión de entrar en conversación con quienes son mediación de él.

Juan Carlos Prieto Torres

jukaprieto@hotmail.com

Juan Carlos Prieto
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