No creo que llegue a conocer una Iglesia en la que un grupo de cristianos normales se reúnan en una casa y celebren la Eucaristía.
Sin embargo, en los Hechos de los Apóstoles se da una descripción muy sencilla de las primeras celebraciones eucarísticas. Los hermanos se reunían en las casas, rezaban juntos, compartían el pan y todo ello con un solo corazón.
No es fácil imaginar cómo aquella celebración fraternal pudo desembocar en las misas que después hemos conocido: en latín, celebradas de espaldas, en un clima nada fraternal y en las que, en la mayoría de los casos, solamente el celebrante comía el pan, partido pero no repartido.
Ciertamente no se puede pensar que un modelo de celebración permanezca intocado a través de los siglos y a través de las culturas y por esta razón, cuando estamos justamente en un cambio de época, es preciso imaginar la Eucaristía del futuro.
El Concilio Vaticano II llevó a cabo un cambio sensato y razonable pero, paradójicamente, ese trueque sirvió para poner al descubierto las carencias de la celebración, antes envueltas en un aura de misterio y lejanía. Se vio que las homilías ocupaban la mayor parte del tiempo, eran a menudo repetitivas cuando no ideológicas, la oración eucarística se recitaba una y otra vez, solía cantar un coro generalmente mediocre que no animaba al canto compartido y se hacían gestos insólitos como cantar las admoniciones –“¡el Señor esté con vosotros!”- como si el público o Dios fueran sordos.
La consecuencia fue el abandono progresivo de la asistencia, con el resultado de que los alejados acababan resultando indiferentes.
¿Y cómo ha de ser la Eucaristía del futuro? A mi modo de ver, es imprescindible que se convierta en un espacio de experiencia espiritual. No un acto de culto que Dios no necesita sino un ámbito de experiencia del Espíritu. Y ¿qué es lo que ha de ocurrir para que eso suceda?
En primer lugar, que ya el saludo sea no un resumen de la homilía -cosa que ahora a veces sucede- sino un recuerdo de que se está en una comunidad de elegidos, en una celebración de la familia de Cristo. En segundo lugar, las lecturas -dos, no tres, que no se tiene capacidad de asimilar tanto- deben ser bien leídas y con una buena audición.
Si se canta es porque cantan todos, no sólo un grupo. Y algo importante: la homilía ha de ser una lectura creyente. No una plática, no una pequeña ponencia ni una explicación de los textos, sino una brevísima invitación a que la palabra resuene en los oyentes y se convierta en oración en el silencio que ha de seguir.
Y, por fin, la plegaria eucarística y la comunión. Una plegaria que debe ser variada y tener relación con la lectura creyente que se ha anunciado y vivido.
Una cosa más: no se ha de “pasar la bandeja” en la misa dominical y menos -como a veces he visto- en bodas o funerales. La Iglesia ha de financiarse de un modo más técnico. Otra cosa es que, por ejemplo, una vez al mes se traigan alimentos para familias con necesidad y se depositen ante el altar durante la celebración.
No sé si lo he dejado claro, pero para mí lo central en la misa es el silencio y la comunión y a ello debe concurrir todo lo demás. Si se hace bien, los participantes tienen que salir literalmente entusiasmados, es decir, llenos de Dios.
Puede que no siempre todo funcione, pero en ese caso hay que revisar por qué no. Y si los fieles no han quedado contentos han de decirlo. Tendría que haber algo así como un libro de reclamaciones o de sugerencias que se utilizase a menudo.
¿Cuál es el peligro mayor? Aparte de la inflación de palabras, sin duda, la rutina: decir y volver a decir las mismas cosas, recitar el Gloria o el Credo sin caer en la cuenta de lo que se está diciendo, contestar en las preces “roguemos al Señor”sin prestar especial atención a lo pedido.
¿Asistir a misa, oír misa, escuchar misa? No, vivir la misa como nuestra experiencia espiritual más importante, porque, como dijo el Vaticano II, es el culmen y la fuente de toda vida cristiana.
Sin duda habrá quien piense que este esquema mantiene el modelo patriarcal -o matriarcal, si quien preside es una mujer- y no da lugar a la “participación”. Tengo que confesar que nunca he sabido qué es eso de la participación. Recuerdo una parroquia, ya desaparecida, en que practicaban lo que llamaban -de un modo un tanto redicho- el micrófono abierto, es decir la intervención de quien quisiera hablar. Yo mismo lo instauré en una parroquia de la que era párroco, pero abandoné esa práctica al poco tiempo. Los que la aprovechaban eran siempre los mismos para exponer sus ideas humillando en el fondo al resto de fieles más sencillos o menos decididos.
Para mí participar es estar atento a la celebración, escuchar las lecturas y meditarlas en silencio, corear las oraciones comunes sintiendo lo que se dice, dar la paz con alegría y quizá organizar a la salida, si es posible, un pequeño ágape que anime el conocimiento mutuo y la fraternidad. También puede ser participar que, de cuando en cuando, alguien cuente una experiencia, aporte un testimonio, comunique algo personal dentro de un aire familiar, comunitario.
P.D. Ha habido en mi vida cinco o seis ocasiones, que recuerdo perfectamente, en las que debí tomar una actitud y, lamentándolo después, no lo hice. En la parroquia de que antes he hablado, en una concelebración el día de su fiesta, uno de los asistentes tomó el micrófono para decir: “Resulta que estábamos todos hablando unos con otros y cuando han salido los curas nos hemos tenido que callar”. En ese momento debí haberme quitado la estola y el alba y marcharme diciendo: “pues por mí que no quede, seguid hablando. Adiós muy buenas”.
La verdad es que me fui, sólo que algunas semanas después.

Me ha gustado mucho el articulo Celebrar la Eucaristía, estoy de acuerdo con su opinión. Gracias
Sólo puedo decir que los artículos de Carlos los leo con interés. este también. Todos me hacen pensar.