La cultura israelita valoraba mucho la amistad. Así lo vemos, por ejemplo, en las palabras del Eclesiastés: “Un amigo fiel es una protección segura, quien lo ha encontrado ha encontrado un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio; su valor no se mide con dinero.” (6, 14s)
De ahí probablemente la emoción con la que los discípulos escucharon las palabras de Jesús: “Ya no os llamaré siervos, sino amigos, porque el siervo no sabe lo que hace el señor. Os llamaré amigos porque todo lo que oí a mi Padre os lo he dado a conocer.” (Jn 15,15)
Sin embargo, en esa ocasión Jesús no anduvo demasiado fino al definir el contenido de esa amistad. Quien conoce lo que hace el señor puede ser un confidente, un cómplice, acaso un investigador; no necesariamente un amigo. Incluso puede ser un enemigo, si utiliza en su contra ese conocimiento.
Hay, pues, que partir de un concepto más ajustado de amistad, uno de esos que creemos conocer pero que, si llega el caso, no nos resulta tan fácil definir.
En un libro antiguo titulado La amistad, el pensador italiano Nicola Abbagnano distinguía entre la relación de pareja y la relación de amistad. En la primera, las dos personas elaboran un proyecto común que pretenden desarrollar y alcanzar juntos. En la segunda, cada uno desea que el otro progrese, mejore, desarrolle su propia personalidad y, para ello, colabora en la medida de sus posibilidades.
Así es la amistad de Jesús. Él dijo en una ocasión: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido y os he enviado para que deis fruto y un fruto que permanezca” (Jn 15,16). Un amigo de verdad.
Hay una frase ingeniosa y a la vez muy realista de Elbert Hubbart: “Un amigo es alguien que lo sabe todo de ti y aun así te quiere”. Es la contrapartida del conocido refrán, según el cual no hay ningún gran hombre para su ayuda de cámara, precisamente porque lo conoce todo de su señor.
Pues bien, como se dice en Jn 2,2s, “Jesús no se fiaba de ellos porque los conocía a todos y no necesitaba que nadie le diese testimonio del hombre pues él sabía lo que había en su corazón”. A pesar de ese conocimiento, Jesús nos amó hasta el final: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los amigos” (Jn 15,13). Realizó en grado sumo la definición de Hubbart: nos conocía a fondo y sin embargo nos amó hasta el final.
Como dice el soneto de Quevedo:
Es amigo el que a los males míos
me da su corazón, su noche y día,
el que trueca en canciones mi agonía
y en burlas el horror de mis desvíos.
Es amigo el que en penas y en baldíos
sustenta mi esperanza y compañía
y sufre mis desdenes y porfía
libertad y alivio en mis hastíos.
No el que quiere cobrar la ofensa recibida
ni el que mide su amor con mi ternura
ni el que busca mi mesa agradecida.
Es aquél en quien mi alma se asegura,
el que me ama sin tasa ni medida,
y en mis males se olvida de su cura.
¡Jesús, el Dios, nuestro Amigo!
