Enero es el primer mes de ese año nuevo que el papa Francisco quiso llamar “el año de la misericordia”. De hecho, en el 8 de diciembre, en la basílica de San Pedro en Roma, el papa Francisco abrió «la puerta de la misericordia» y, así, inauguró el «Jubileo extraordinario de la Misericordia», que celebra el 50º aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II. De este modo, propone un nuevo modo de mirar la vida desde la perspectiva de una nueva humanización.
El mundo actual tiene urgencia de cambiar su mirada sobre su realidad. La Conferencia de la COP 21 en París, celebrada en diciembre del año pasado, se cerró con buenas intenciones, pero sin ninguna decisión concreta. Las guerras internas y externas siguen, cada día, devastando vidas y poblaciones en diversos países del mundo, provocando migraciones y mucho sufrimiento. En América Latina y también en diversos países de Europa, las personas no perciben que los problemas vienen de un modelo de civilización excluyente que provoca reacciones locas. Por eso, apuestan por soluciones políticas a la derecha que solo tienden a agravar más los conflictos y traer más dolores a la humanidad.

Desgraciadamente, también las Iglesias cristianas están afectadas por enfermedades que, hace un año, el papa intentaba diagnosticar en su discurso de Navidad a los oficiales de la Curia Romana. Por eso, Francisco convoca a fieles y pastores para ver y vivir la realidad del mundo de hoy desde la mirada de un corazón misericordioso. Todavía hay mucha gente, incluso dentro del clero, que no entiende la propuesta del papa. Según la comprensión popular, la misericordia es la actitud de quien se apiada de otra. Al contrario, San Agustín buscaba lo más profundo de la palabra en su etimología latina: “miser cor dare”, dar el corazón (la vida) a quien tiene necesidad. De hecho, para la fe cristiana, misericordia significa amor solidario y liberador que compromete a cada persona con sus hermanos y hermanas. Es la actitud que, en su parábola, Jesús muestra en el samaritano, quien, al pasar por la carretera, ve a una persona herida. Sin antes preguntar quién era, qué estaba pensando o a qué raza o religión pertenecía, se compromete con el hombre herido y lo socorre.
En El Salvador, Ignacio Ellacuría, uno de los mártires jesuitas asesinados en 1989, declaró: «Hoy en día, no es sólo una o la otra persona herida en la carretera. Son pueblos enteros, crucificados por la crueldad de una élite y por la indiferencia de la mayoría de la humanidad. Hay que bajarlos de la cruz». Eso significa concretamente poner al servicio de la justicia toda nuestra capacidad humana, intelectual, religiosa y relacional. No se trata solo de actitudes y gestos de misericordia, sino -como enseña Jon Sobrino- que toda nuestra vida esté orientada por la misericordia como principio y forma permanente de ser y de comportarse. Sobrino lo llama «Principio Misericordia».
Lo opuesto al principio-misericordia es la ola de odio y violencia que hemos visto en el mundo y en las recientes campañas políticas en Brasil y Venezuela. Muchas personas entran en la lucha a favor o en contra de los gobiernos sin tener en vista lo que es mejor para el pueblo más pobre y menos aún lo que favorece proyectos sociales y políticos que van más en la dirección de la justicia y la paz, que es lo que Dios sueña para nuestro mundo.
Según la Biblia, vivir la profecía es buscar siempre una palabra de Dios para las situaciones que vivimos en nuestros países. Ella nos enseña a ser profundamente críticos en contra de cualquier sistema de este mundo, pero, al mismo tiempo, a tener el compromiso permanente de despertar la esperanza de la liberación y de una vida más plena. Como celebramos en el ciclo de la Navidad, al recordar que Jesús nació en Belén nos reafirmamos en la convicción de que la nueva realidad de una sociedad más justa solo puede nacer de los más pobres organizados y cuando se unen justicia y misericordia como principios de vida.
