Pescadores de hombres

Santi y Esther vinieron una noche a cenar a casa y nos dijeron que se marchaban. Ya he vivido otras experiencias de personas cercanas que se han ido a países desfavorecidos. Pero no, en este caso dejaban Madrid para irse a Salamanca.

Puede parecer que 200 kilómetros no son para tanto. Pero su cara de entusiasmo por un lado y de temor por otro me hacían intuir que algo grande estaba pasando. En efecto, lo dejaban todo para hacerse “pescadores de hombres”.

Álvaro, Inés y Juan, sus hijos de 10, 7 y 4 años, dejaban a sus amigos y su colegio de toda la vida, además de una relación de barrio con dos de sus abuelos. Ellos dejaban sus trabajos de informático y economista y su carrera profesional en dichos campos. Comunidad, familia, amigos. Raíces, lazos, afectos.

¿Qué era aquello por lo que estaban dispuestos a tal despojamiento? Santi y Esther llevan toda su vida vinculados a la Fraternidad de las Escuelas Pías o, como se les conoce coloquialmente, Escolapios. Como miembros de dicha fraternidad, habían manifestado su disponibilidad de poner sus vidas al servicio de las necesidades de la institución. En este contexto recibieron una invitación por parte de los religiosos escolapios a formar parte de una comunidad mixta de religiosos y laicos en Salamanca, vinculada al Colegio Calasanz y a la Casa Escuela Santiago Uno.

Cinco padres escolapios, varones, célibes, con sus votos de pobreza, obediencia y castidad, estaban dispuestos a formar comunidad bajo un mismo techo con un matrimonio con su voto de fidelidad, sus tres hijos y sus cobayas. El arte de la convivencia requiere de diversas habilidades para cultivarlo de una manera edificante, tanto en el ámbito familiar, como en el ámbito de la vida religiosa. La yuxtaposición de ambas realidades se antoja, a primera vista, desajustada. La estructurada vida religiosa con su sosegado y ordenado ambiente de adultos, junto a la flexible vida familiar con su dicharachero y descolocado ambiente infantil entre las mismas cuatro paredes requiere, sin duda, un importante ejercicio de ajuste por todas las partes.

Las comunidades de Escolapios se unen con familias de las Fraternidades Escolapias formando comunidades mixtas.
Santi, Esther y su familia compartiendo la cena con su nueva comunidad. Foto: Jorge Gallego

Pero formar comunidad no se reduce a una mera convivencia. Se trata también de cultivar juntos otra serie de dimensiones como la espiritualidad, la vivencia de la fe, los procesos personales o la misión, entre otras. Aunque cada persona se sienta convocada por Dios a una vida cristiana desde el carisma compartido de las Escuelas Pías, no se puede vivir esto en abstracto. Resulta necesario conocerse, ponerse cara e historia, ir creciendo en afecto y en sueños compartidos para empezar a profundizar en las dimensiones de la vida comunitaria. Vale, hasta que no se empiece, no se podrán experimentar las riquezas que estimulan y las dificultades a las que hacer frente. Puede ser un reto apasionante.

Otra cuestión es la misión, el para qué de la propuesta recibida. Un primer paso es estar disponible para lo que se necesite y un segundo paso es cómo se concreta poner mis habilidades al servicio de las necesidades. Esther, con su licenciatura en Administración y Dirección de Empresas y su experiencia en administración de instituciones religiosas, podía echar una mano en la gestión del colegio y de la casa-escuela, además de comenzar en un nuevo ámbito como es la docencia, en el que estaba habilitada y no había explorado antes. Santi, recién licenciado en informática y con amplia experiencia en informática hospitalaria, necesitaba habilitarse para poder dar clases y su desarrollo profesional estaba muy alejado de los nuevos horizontes que se estaban poniendo encima de la mesa.

Tras esta larga explicación pude comprender la mezcla de ilusión y temor en sus rostros. Temor por el calado del reto al que se enfrentaban e ilusión por lo “vocacionado” de la apuesta por la que estaban optando.

Las reacciones de su comunidad, su familia y entorno cercano, estaban resultando preventivas en mayor medida de lo esperado. Dejarlo todo es algo que choca con nuestra necesidad de seguridad. Si la experiencia sale mal pasado un tiempo, ya no tienes tus actuales trabajos para volver a tu situación anterior. Te pones en manos de una congregación que ahora apuesta por esto, pero que dentro de un tiempo no se sabe por qué apostará y, aunque formes parte de la fraternidad, al no formar parte de la congregación no tienes las mismas garantías en el plano jurídico que los religiosos.

En el fondo yo escuchaba con cierta envidia y con enorme admiración y respeto el relato que nos hacían. Por un lado sentía la propuesta como una bocanada de aire fresco, percibía una gran libertad y generosidad en su decisión. Por otro lado me cuestionaba acerca de mi vida, acerca de aquellas cosas, aquellas seguridades a las que me aferro para ir dando pequeños síes a lo que siento que Dios me pide, pero sin acabar de dar ese sí completo del que rehúyo.

Quizá de este cuestionamiento brotaban las reacciones preventivas. Disfrazadas de prudencia podían esconder una reacción de no querer poner en crisis mis resistencias al proyecto de Dios para mí. Y me daba pena que esta insistencia en no hacer una locura, algo de lo que luego se tuvieran que arrepentir, no estuviera permitiendo acompañar con alegría la locura de intentar poner a Jesús en el centro de sus vidas y aconsejaran ser precavidos para no tomar un camino, cuando precisamente no haber dado una respuesta positiva era lo que podía producir arrepentimiento y tristeza por no haber sido capaces de poner en juego lo mejor de ellos mismos, su vida.

Un año más tarde, la comida tuvo lugar en su casa. Además de ellos cinco, nos acompañó un padre escolapio. Su casa se parecía a cualquier casa de una familia. Sólo que al salir por la puerta, te encuentras en unas dependencias de un edificio donde se alojan los religiosos. En un pasillo habitaciones vacías para acoger visitas. Un piso más abajo, comedor, salón y habitaciones de los religiosos. Otra puerta y un claustro del que, saliendo, te encuentras en el pasillo del colegio. Un piso más abajo la puerta de acceso del colegio desde la calle. Hasta que se habilitó su casa, compartieron todos los espacios. Los religiosos vieron más tiempo Bob esponja en la tele que durante el resto de su vida. Ahora comparten comidas y cenas en el comedor comunitario. Los desayunos y durante los fines de semana comen en su casa. Intentan mantener así el difícil equilibrio entre mantener algún espacio familiar y conformar una comunidad mixta. Rezan juntos a diario y mantienen reuniones comunitarias. Los niños descubren la riqueza del mundo que aportan las trayectorias vitales de la familia ampliada. Los religiosos descubren que llegar al hogar no significa sentarte a descansar o a trabajar tranquilamente en tu ordenador, sino que te puedes encontrar pululando por ahí a un infante cuya curiosidad tienes que saciar o una discusión entre hermanos en la que tienes que intervenir.

Esther ha visto cómo tenía que echar mano de su experiencia como madre en su inesperado papel de educadora de una casa-escuela que, según reza en su página web, “está dedicada preferentemente a niños con alto riesgo de exclusión social por problemas de conducta”. Santi ha tenido que bucear en su interioridad para buscar recursos como acompañante de niños de todas las edades en el oratorio del colegio. Su economía familiar se ha visto mermada. Y, aunque en la actualidad tienen sus necesidades cubiertas, su capacidad de ahorro para hacer frente a los futuros retos educativos de sus hijos está en el aire.

Los que con mayor facilidad se han adaptado a su nueva situación han sido, como en la mayoría de ocasiones, los niños. Santi y Esther están viviendo un proceso de adaptación de mayor calado y de intensidad diferenciada. En su relato hay luces y sombras, sufrimientos y alegrías, expectativas que se están cumpliendo y decepciones. Como en la vida de todos. A mí me sigue resonando esa experiencia vital de dejarse la piel que están teniendo, como una invitación a dejarlo todo en mi vida, como ellos, para hacerme pescador de hombres. ¿Seré capaz?

@jorgegallegoST

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