Desde Granada, Manuel Velázquez nos envía una reflexión sobre el verdadero significado de la festividad del Corpus Christi, que tuvo lugar la semana pasada. Por encima de procesiones y boatos varios, el sentido de la fiesta- es hacer memoria “de un Cuerpo roto y una vida entregada” y de reconocer ese cuerpo “en los cuerpos doloridos de tantos hermanos que reclaman sus derechos”.
por Manuel Velázquez Martín (Sacerdote Diocesano)


Ha comenzado en Granada el hervidero humano de una ciudad en fiestas. Se trata del Corpus, la fiesta mayor, con más de quinientos años de antigüedad, que constituye para la ciudad una de las tradiciones más apropiadas para vivir y disfrutar de unas jornadas de sana convivencia y divertimento.
El programa festivo comenzó el sábado pasado con el encendido de la incandescente portada del recinto ferial, un derroche de luz, situado precisamente en la zona de la ciudad que viene sufriendo inexplicables cortes de suministro eléctrico desde hace bastantes años.
Y a partir de este encendido, viene transcurriendo la semana festiva, entre faroles y casetas, trepidantes columpios, músicas y bailes, bares y tapeo.
Pero hoy me quiero referir al acto central que da nombre a estas fiestas: la solemne procesión del jueves, en que se da culto a la Eucaristía con la participación de un largo cortejo de autoridades civiles y religiosas, organismos eclesiales, órdenes religiosas, hermandades, cofradías, entre otros.
En el Pan partido veneramos sacramentalmente el Cuerpo roto de Jesús de Nazaret, condenado a muerte por ser una amenaza permanente para los oscuros intereses de un mundo injusto.
Jesús fue llevado a la cruz por su coherencia de vida y por sus opciones que representaban una clara amenaza y una confrontación directa con la hipocresía religiosa y los abusos del poder. Y, sobre todo, por poner siempre por encima de la ley la dignidad de cualquier ser humano excluido, marginado o rechazado, ofreciendo como alternativa a este mundo insolidario el proyecto de fraternidad que nos propone el Evangelio.
Y de todo esto hacemos memoria en la eucaristía. Hacemos memoria de un Cuerpo roto y una vida entregada, de una vida partida en rebanadas, como el pan, para construir y sostener la comunidad de hermanos.
Una memoria, por tanto, cargada de profundas resonancias existenciales de tantos seres humanos que luchan contra la soledad o el abandono de vivir a la intemperie, tirados como fardos, en cualquier rincón de nuestras calles sin llegar a encontrar, por mucho que se reclame, la atención integral, humana y digna a la que tienen derecho.
Venimos constatando, cada día, la falta de voluntad política de los responsables municipales para dar respuestas efectivas a un tema tan urgente y prioritario como este y, sobre todo, nos desconcierta verles participando en manifestaciones religiosas que se convierten en una farsa si no practicamos la justicia.
Y esto mismo es aplicable a todos los demás, creyentes y no creyentes.
¿Qué está ocurriendo para que esta multitud que manifiesta reconocer el Cuerpo de Jesús en la custodia cuando sale en procesión, entre nubes de incienso, no sea capaz de reconocerlo, cada día, en los cuerpos doloridos de tantos hermanos que reclaman sus derechos? ¿Es que hemos olvidado que en la teología cristiana los pobres y excluidos son considerados lugar teológico, es decir, lugar privilegiado para el encuentro con Dios?
A veces me pregunto qué Evangelio leemos y desde dónde lo leemos para que sigamos mirando para otro lado, como una sociedad anestesiada, sin que se conmuevan nuestras entrañas ante el dolor ajeno.
Pienso que mientras sigamos leyendo el Evangelio desde nuestras zonas de confort o desde nuestras falsas seguridades, se convertirá en una ideología clerical. Y solo cuando lo leemos desde el sufrimiento de nuestros hermanos más pobres, solo entonces, llegará a ser una práctica liberadora que realmente nos comprometa.
