Milani: un profeta apedreado y ahora en un monumento

Alandar ya habló en otros momentos de Lorenzo Milani (1923-1967) y hoy se une a la celebración del centenario de su nacimiento. El Movimiento de Educadores Milanianos (MEM) ha convocado un Premio Milani 2023 en el nº100 de Educar(NOS) https://www.amigosmilani.es

Don Lorenzo Milani, sacerdote y educador rodeado de sus alumnos. Foto tomada de la publicación Collettiva.

Don Milani fue un cura italiano metido a pedagogo en una situación pastoral que no solemos resolver así. En vez de preguntarse cómo anunciar el Evangelio a gente analfabeta de su parroquia, se preguntó si Dios los querría así, sobre todo a los jóvenes, sin dominio del lenguaje ni apenas saber leer y escribir. Para él, la Pastoral estudiada en el seminario no era un protocolo de actuación sino verdadera Teología: descubrir a Dios aquí, ahora, con estos y aquellos. A un cura empeñado en copiar su escuela le dijo:

«Es un error partir ya con una decisión tomada, pues… se te escapan infinidad de enseñanzas de la vida que, de mantener los ojos abiertos, no se te escaparían, sino te ayudarían a afinar tu objetivo, construirte tú mismo y tu propia actividad a medida; a la medida exacta de las necesidades del lugar y el momento […] Te aconsejo que mires a tu alrededor durante años y que, más que enseñar, preguntes. Poco a poco te nacerá entre las manos lo necesario» (a G. Salsoti 5.9.1958).

La acción pastoral de un buen cura

Así que, tras mucho observar a su pueblo, decidió que su marginación dependía, en gran medida, de su falta de palabra: del idioma común y también, en consecuencia, de la Palabra de Dios. Quitó entonces el recreatorio parroquial y montó una escuela nocturna en Calenzano (periferia de Florencia) para los mozos obreros. Siete años después le desterraron a Barbiana, diminuta parroquia en la montaña (50 km. de Florencia), y descubrió que no solo faltaban las palabras, sino “los intereses dignos de un hombre”. Entonces dio escuela a tiempo pleno a los chavales que acababan la Primaria, única escuela a su alcance.  

De paso denunció lo malo de la escuela pública italiana (no digamos las de curas y monjas en general): era «un hospital para sanos, que echaba a los enfermos». La escuela básica – de 6 a 14 años, en casi todo el mundo – no es para seleccionar, desde niños, a los mejores sino que es clasista y busca hacerlos iguales y compensar las carencias de los últimos. (Aquí muchos ni siquiera lo han pensado).

«Nos pagan para el último» fue mi primera reacción al leer la Carta a una maestra, escrita por ocho de sus alumnos de Barbiana (CM/1967, edición especial PPC 2017). La Carta, hoy en más de 60 lenguas, catalán, gallego y pronto en euskera, apenas nombra a don Milani que, para muchos lectores, termina ahí, sin importar si era cura o no. La estudian laicos, agnósticos, ateos y eso salvó a Milani del olvido pretendido por su exilio eclesial en la montaña y por el retiro del mercado de sus Experiencias pastorales (EP/1958, BAC 2004) por orden del Santo Oficio, (hasta la visita del papa Francisco a Barbiana el 20.6.2017).  

Siguen en segundo plano sus raíces de converso y de cura, sobre todo en España. Ese dualismo cabe entre lectores, pero le arrebata su sotana bien negra en todas las fotos y filmes. Tal vez fue por su culpa y ¡su mérito! Sabía hablar del mundo para hacer posible a Dios y de Dios, en medio de lo humano. Así menciona la Carta el Evangelio “toreando” a algún lector:

“Tres años sobre Dante. Ni siquiera un solo minuto sobre el Evangelio. No digáis que el Evangelio les toca a los curas. Aun quitando el problema religioso, queda el libro para su estudio en todas las escuelas… Puede que Jesús resultara algo sospechoso a quien os ha construido la escuela: demasiado amigo de los pobres y demasiado poco del dinero” (CM, 130-1).

Si la escuela es de un buen cristiano…

Hoy, entre lo digital y las nuevas competencias del medio laboral y económico, entre tantas palabras (y en inglés) es difícil resumir su pedagogía – ¿qué es y pretende la enseñanza? – y su didáctica – ¿cómo se hace? ¿Nos aportará algo, sin sacarle de quicio? Algunas honduras pedagógicas:

1º Enseñar no es colonizar ni asimilar a nadie:

«No les entregaremos lo que hemos construido y que se está cayendo por todas partes, sino solo las herramientas del oficio (esto es, ante todo la lengua, las lenguas, etc.) para que ellos construyan cosas completamente diferentes de las nuestras, y no bajo nuestro alto patronazgo ni paternal complacencia» (Carta a Meucci, 2.3.1955).

2º La palabra es la herramienta principal – oral y escrita – para razonar, criticar y debatir y poder entender a todos y explicarse ante cualquiera.

3º La propia conciencia es esencial:

«La obediencia ya no es una virtud, sino la más sutil de las tentaciones (…) y debe sentirse cada uno el único responsable de todo» (A los jueces, 18.10.1965)

4º De la escuela es la enseñanza/aprendizaje, si nos relaciona con todo para ese crecimiento personal llamado educación. Su lema, I Care (me importa).

5º Nos educamos (maduramos) en una primera relación indispensable: el amor concreto (no genérico) familiar y del maestro y los escolares. 

6º La actualidad mundial ha de entrar en la escuela por los medios de comunicación; traen los desafíos donde educarnos.

7º Durante un tiempo pleno podemos estar en relación; la escuela todo el día lo utiliza también para compensar a los pobres.

8º Nos educamos juntos y también los alumnos se enseñan en clase unos a otros y aguardan a los rezagados. Etc. etc.

Las didácticas que hoy todo lo invaden…

Cada punto anterior debe inventar sus artimañas y aplicarlas en cada caso. Lo malo del arte de enseñar es que don Milani lo ve supeditado.

«Con frecuencia me preguntan los amigos cómo hago para llevar la escuela y cómo hago para tenerla llena. Insisten para que les escriba un método, que les precise los programas, las materias, la técnica didáctica. Equivocan la pregunta. No deberían preocuparse de cómo hay que hacer para dar escuela, sino sólo de cómo hay que ser para poder darla […] Hay que tener las ideas claras respecto a los problemas sociales y políticos. No hay que ser interclasista, sino que es preciso tomar partido. Hay que arder del ansia de elevar al pobre a un nivel superior. No digo ya a un nivel igual al de la actual clase dirigente. Sino superior: más de hombre, más espiritual, más cristiano, más todo.

Ya veréis como vienen los obreros, como dejan plantadas todas las diversiones del mundo y se echan en manos del cura para dejarse construir por él. De un cura así están dispuestos a aceptarlo todo: divisiones de tres cifras, verbos, dictado, historia, política, teología, broncas, malhumor. Todas las materias son buenas y todos los modos de explicarlas son buenos” (EP, 172).

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