Lo que ocurrió el pasado día 2 de abril en Espacio Ronda no fue la presentación de un libro más de Luis Miguel Uriarte. Fue, como predijo al inicio Pepa Torres, “una aventura mistagógica. Una inmersión en un abismo de amor y misterio, de comunión en el ser y participación con la trascendencia”.
Pura delicadeza y pura espiritualidad made in Luismi, añadiría yo. No podía ser de otra manera con ingredientes como las palabras introductorias de Pepa; la música multiinstrumentista (entre otros, una flauta armenia del siglo I) de Josema Pizarro, antiguo componente de la banda Mägo de Oz; los versos recitados por el propio autor y una sorpresa que él mismo se guardó para el final como haré yo aquí. Todo un lujo, que pueden disfrutar en el vídeo completo de la presentación.



Pero empecemos por el principio. Aunque lo habrán adivinado, no está de más aclarar que lo que se presentaba era Amarexistir (Ed. Monte Carmelo), el séptimo poemario de Luismi Uriarte, viejo conocido, como Pepa Torres, de esta revista. Para dudas sobre este extraño y, al tiempo, inspirado título, escuchen la interpretación de Pepa en el vídeo mencionado. O, mejor, compren el libro y léanlo. Les dejo una pequeña muestra para abrir boca: “Amarexistir es un neologismo que expresa ese deseo de sostenernos en el reto de vivir en los otros, con los otros, para los otros; en total desnudez ante el Ser que es Misterio y Amor. Es un horizonte de inocencia y rebeldía, para peregrinos forjados en un viaje que no invita a sobrevivir sino a recrear el mundo”.
Luismi dice que éste es su segundo poemario de temática espiritual. Yo tengo que disentir. La espiritualidad, la mística, la fe, son consustanciales a Luismi y, por tanto, siempre están presentes en su literatura. No podría ser de otro modo, porque escribe como es y como actúa: afable, sereno, libre, confiado en Dios. Lo que no significa que esta travesía no haya esfuerzo, dudas, reveses, incertidumbre, cansancio.
Sus versos han ido madurando en función del paso de los días y de los tiempos que corren. Y es cierto que en Amarexistir la presencia divina, del Misterio -en mayúsculas-, se hace más explícita. Un Dios al que Luismi experimenta y al que mira cara a cara. Y al que, si hace falta, reprocha su ausencia:
¿Miras
y no ves allí
lo que ansías
encontrar?
Nunca está.
Pero no dejes de mirar.
Ese desengaño nos hace
precisamente humanos.
Pero Luismi ejerce una espiritualidad empapada de una intensa humanización. La pasión por las cosas del cielo no le impiden ver lo tiene delante, en el momento concreto. Los poemas sin arraigo en la tierra son poemas estériles. Es lo primero que cuenta: “Es lo menos mío que tengo. / Siempre viene religada / a la Humanidad, (…) / a la Naturaleza, (…) / a la Cultura, (…) / al Misterio, (…)”.
Inmediatamente presentimos que estos versos son un lugar al que llegar: el otro como razón para amar y como razón para existir:
Nunca estoy solo,
estoy
en Dios
(otra forma de decir
estoy
contigo:
mi igual,
mi prójimo,
mi cometido).
Esta es la conclusión de la lectura de este libro, como señaló Pepa: “Amarexistir como un darse, gastarse, luchar por la dignidad absoluta e innegociable de la humanidad entera”. Porque “Llueve Dios / y me empapa. / Sudo hombre / y riego el Misterio. (…) / No hay Dios / sin Ser humano”. Abalizando senderos en la noche.
Y vamos con lo prometido. Al terminar el acto, Luismi nos sorprendió con un regalo inédito a Conchi, su mujer, en el día en que se cumplían 50 años de su relación. Como estos versos no aparecen en el libro, no me queda más remedio que reproducirlos aquí, con permiso de su destinataria:
50 años desde ese 2 de abril
Nunca hubo una margarita,
nunca unos dedos preocupados.
nunca buscamos acabar en el sí.
Sucedió.
Fue sí desde el principio,
desde los niños que nada sabían,
desde nuestros cuerpos de nieve virgen.
Fue sí porque no había no,
aunque estuviésemos construyendo casi un imposible,
un cuento de amor y confianza apenas esbozado.
Fue sí porque no podía haber un no
para esas flechas disparadas a oscuras
sobre dianas colgadas del horizonte.
Fue una historia nunca interrumpida,
como una rambla a veces tumultuosa otras tranquila
alimentándose de tu lluvia y de la mía.
