Mucha gente se sorprende cuando digo que yo me apunté a eso de ser cristiano, con doce o trece años, porque la Iglesia católica me pareció el lugar más avanzado sociopolíticamente al que yo me había acercado hasta entonces.
Cuando me refiero a esto tengo la sensación de que mi interlocutor cree que lo expongo de forma irónica o provocadora, cosa que quien me conoce sabe que es fácil que así sea. Sin embargo, en este caso, lo digo literal y completamente en serio.
[quote_right]Vive en los brazos del amor ahora, tú que tanto amor y sudor dejaste entre los más necesitados y vulnerables.[/quote_right]Vivía por entonces en Vallecas (en lo que llaman el barrio de Doña Carlota) y me había destetado, religiosamente hablando, en la parroquia del barrio, el Dulce Nombre de María: bautizo, comunión y apresurada confirmación. Algunos ya sabéis quién vivía por allí: no era otro que Alberto Iniesta.
Desde Vallecas me fui a vivir a Moratalaz, a tiro de puente sobre la autopista de Valencia. Y empecé a frecuentar otra parroquia con «pedigrí» progresista y conciliar, Nuestra Señora de Moratalaz (el «V»). Estamos en los primeros 70 y me sumergí en un mundo religioso plenamente comprometido con los aires renovadores del Concilio Vaticano II, con curas y laicos implicados en una sociedad que, en esos tiempos (y en esos lugares), estaba fraguando su propia y cotidiana «transición», que no sabía gran cosa de la «gran transición» de los próceres reconvertidos, de las ternas, de la “platajunta”, de la reforma política. Allí se trabajaba con grandes dosis de alegría y renovación en encarnar la fe en las luchas diarias de las personas por la supervivencia, en llevar lo cristiano al pueblo llano, en talleres, fábricas, oficinas y hogares aún ensimismados en una dictadura pringada de nacionalcatolicismo, que parecía eterna y nos aprisionaba a todos en una camisa de fuerza tosca pero eficaz.
Iniesta fue el gran referente, para la mayoría de esas personas, de un cristianismo que se miraba en Jesús de Nazaret y su Buena Noticia más que en los mandamientos de la Santa Madre Iglesia. Un cristianismo y una experiencia religiosa que transformó la Iglesia a partir de las parroquias, de los consejos pastorales, de la corresponsabilidad laical y las pequeñas comunidades y las comunidades de comunidades. Quien vivió de una forma u otra aquello sabrá bien de lo que hablo.
De su compromiso político se está hablando mucho. O, mejor dicho, lo poco que se está hablando de él resalta su perfil más político, su militancia contra la dictadura junto a los que, fuera o dentro de la Iglesia, se enfrentaban a ella en su quehacer diario, como sindicalistas o comunistas. Pero Alberto Iniesta se enamoró de Jesús y el Concilio le dio la ocasión de sacudirse el polvo acumulado por los siglos en la Iglesia institucional y seguirle digna y humildemente en eso de dar de comer al hambriento, posada al peregrino, liberar a los cautivos y curar a los enfermos y estigmatizados. Además, lo hizo desde el único sitio posible, hoy como hace 2.000 años: las calles, los barrios, las pequeñas comunidades.
Vive en los brazos del amor ahora, tú que tanto amor y sudor dejaste entre los más necesitados y vulnerables.
