Del capitalismo caníbal a la conversión a la tierra 

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Estoy leyendo dos libros que me tienen atrapada: Teología en un mundo en guerra contra la vida (AAVV, 2025) y Mujer, tierra y espíritu creador (Elizabeth A. Johnson, 2022). Ambos coinciden en la necesidad urgente de la conversión a la Tierra, la necesidad que tenemos como especie de enamorarnos del planeta y dejar de ser espectadores y espectadoras pasivos para recuperar nuestra condición de ser holobiontes. Es decir, sociedades colaborativas de organismos que viven juntos, ayudándose unos a otros. Uno de los mayores dramas de Occidente es seguir construyendo la organización material de las sociedades en contra de la naturaleza y de los vínculos y las relaciones que sostienen la vida, lo cual nos conduce a la barbarie y el expolio, generando millones de víctimas humanas y no humanas. Por ello, pensar en sociedades sostenibles nos desvela la necesidad de vivir enraizándonos en nuestra condición terrestre y limitada, para que pueda dar fruto un nosotras ecosocial y sostenible, en el que todas las vidas importen

No podemos seguir alimentando este capitalismo caníbal, depredador de ecosistemas y especies, a costa de las zonas de sacrificio. Con esta expresión se identifica a regiones geográficas que están sujetas a daños medioambientales o a falta de inversión económica (generalmente comunidades de bajos ingresos y racializadas), que soportan los daños ambientales y desechos tóxicos que las grandes trasnacionales producen. Lo cual conlleva al empobrecimiento y la vulnerabilidad de las comunidades residentes, que se convierten en vidas desechables. Algunos de los países de origen de muchos de nuestros nuevos vecinos migrantes y solicitantes de asilo, asiáticos y africanos, han huido de estas zonas de sacrificio para poder vivir. 

La trama del sufrimiento de la tierra, los ecosistemas y las especies, entre ellas la humana, es la suma de múltiples complejidades y complicidades, y nos recuerda que el desastre ecológico va muy unido a lo que Achille Mbembe llama la necroeconomía; es decir, la dinámica de muerte con la que el capitalismo, en alianza con el colonialismo, destruye la vida con la acumulación de riqueza a cualquier precio y se implanta no solo en estructuras, leyes y políticas económicas, sino también en las propias conciencias, prácticas y sensibilidades. Por ello, la conversión a la Tierra ha de ir de la mano de la urgencia de una metanoia del sistema y de las formas de vida que nos adentren en los caminos del decrecimiento y la eco justicia global. Pero ¿cómo hacerlo para no quedarnos en nominalismos inútiles? Comparto algunos caminos posibles señalados en las lecturas con las que inicio este artículo y que pasan por conjugar vitalmente tres verbos: Revisar, sospechar y actuar.

  • Revisar nuestros privilegios y practicar las tres D: despatricalizarnos, descolonizarnos, descapitalizarnos. Si no lo hacemos seguiremos reproduciendo las formas de vida y el sistema que cuestionamos  
  • Sospechar de nuestros modos de vida. En un mundo interconectado cada gesto tiene consecuencias globales y locales. ¿y dónde me visto, cómo me alimento, cómo consumo? Nada es neutro. ¿Cuánto de nuestro día dedicamos al sostenimiento de la vida y cuanto a su descuido?    
  • Actuar colectivamente, apostar por lo común. Fortalecer lo público son buenos antídotos frente al sálvese quien pueda y la mercantilización de la vida. Hacer política desde abajo y desde adentro, aun en contra de nuestros propios intereses. Poner en el centro el bien común, los intereses de los más vulnerados y vulneradas.

Aún estamos a tiempo. La vida reclama y nos reclama.

Autoría

  • Pepa Torres

    Teóloga y religiosa Apostólica del Sagrado Corazón de Jesús, vive en una comunidad intercongregacional en el madrileño barrio de Lavapiés. Allí apoya los movimientos sociales y la defensa de los derechos humanos, especialmente desde la Red Interlavapiés. Escribe en alandar la sección "Hay vida más allá de la crisis".

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