#conlaqueestacayendo

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No puedo con esta expresión. Sé que yo misma la he usado a veces pero, cada vez más, me saca de mis casillas. Sobre todo si se utiliza para justificar cualquier cosa. Con la que está cayendo, no podemos permitirnos el lujo de reconocer el derecho a la salud de todas las personas. Con la que está cayendo, a quién se le ocurre hablar de conciliación familiar. ¿Cómo dar dinero a los de fuera con la que está cayendo aquí? Y podríamos seguir sin parar.

El principal problema es que parece privarnos de cualquier posible argumentación, no cabe alternativa posible. La situación es la que es y todo lo que estemos planteando se convierte en algo “que valía antes”, pero que ya no nos podemos permitir. No hay alternativa. ¿O sí?

Recientemente hemos encontrado en la oficina un interesante documento publicado por la Comisión Europea. En él, se analiza el impacto redistributivo de una serie de medidas “de austeridad” tomadas por seis países de la UE. Es decir, se proyecta el impacto previsto de cada una de las medidas en distintos grupos de población, divididos en función de su riqueza. Dicho de una manera muy simple, el estudio analiza si los que van a pagar el pato de la crisis son los más pobres, los más ricos o los del medio. Además, incluye tangencialmente un análisis por grupos de edad, que confirma algo que ya sabíamos: las familias con niños son las que se están llevando la peor parte. Como consecuencia de la crisis en sí y como resultado de las medidas que se toman para tratar de paliarla.

Pero, en realidad, lo más interesante del estudio no es ni siquiera eso (que lo es). Para mí, lo más rescatable es el hecho en sí de que es perfectamente posible anticipar el impacto potencial que pueden tener las distintas medidas que se consideren en distintos grupos de población. Y, por tanto, en base a dichos análisis, es posible elegir. Bendita palabra… porque sí hay alternativa, claro que la hay, siempre la hay. De hecho, los seis países analizados en el estudio han tomado medidas “de austeridad” importantes, pero cada uno ha elegido orientarlas de manera distinta y el impacto ha sido muy diferente. En unos casos claramente regresivo (pagan más los que menos tienen), en otros progresivo (al revés) y en otros repartido de forma más o menos equitativa.

Entonces, ¿qué marca la diferencia? Pues ni más ni menos que lo de siempre, la voluntad política. Y ya sabemos que ahora mismo esta voluntad está bastante sometida a los dictados de la prima de riesgo y el porcentaje de déficit, pero insistamos una vez más: aún centrados en los indicadores macroeconómicos, con los mismos resultados en lo que a números respecta, hay medidas más y menos dañinas, más y menos sociales. Así que si no existe esa voluntad habrá que generarla, entre todos. Demostrando que sí hay opciones y, sobre todo, demostrando que a nosotros nos preocupa. Y que somos muchos. Cada vez más.

Porque, de hecho, estoy convencida de que las indiferencias y las justificaciones se retroalimentan. Que los mismos que argumentan que no se puede ayudar a “los de fuera” cuando aquí hay tantas necesidades, en la conversación siguiente explican que el Estado de bienestar para “los de aquí” también es insostenible y económicamente inviable. Porque en el fondo, ni los unos ni los otros ocupan gran parte de su pensamiento.

En definitiva, creo que la pregunta para aquellos de nosotros a los que nos preocupan unos y otros es: ¿Seremos capaces de cambiar el “con la que está cayendo” por un “precisamente ahora”? De nosotros depende.

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