Hasta pronto

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No sé muy bien cómo empezar esta columna… así que será mejor ir directamente al grano: después de una larga temporada asomando la cabeza por este Asteroide, voy a imitar al Principito, empezando un recorrido nuevo para conocer otros planetas, a ver qué personajes curiosos me encuentro y qué enseñanzas me deparan.

Sinceramente, he perdido la cuenta de las columnas escritas, no tengo claro siquiera el número de años que han sido… ¡pero juraría que casi diez! Alandar me ha acompañado en el nacimiento de mis hijos, en el cambio de trabajo, en algunas pérdidas, en mil y una reflexiones y aprendizajes y, sencillamente, ha llegado el momento de dejar paso a otras voces.

Pero, antes de hacerlo, voy a aprovechar esta última oportunidad para dar las gracias. A Charo, por confiar en mí en primera instancia y a Cristina, por asumir con deportividad la herencia y permitirme seguir formando parte de este proyecto. Y, por supuesto, a las dos por vuestra infinita paciencia para perseguirme ante mis retrasos constantes… ¡mil disculpas! A Jaime, por ser un inmejorable compañero de viaje, aunque a veces me hiciese saltar a la carrera para cubrirle en algún despiste. A Belén, Araceli, Carlos, José Luis y todo el grupo de colaboradores de alandar, a los que he acompañado menos de lo que debería y de los que sigo aprendiendo cada día. Son un equipo excelente para un proyecto excelente que, debo decirlo, me recuerda que hay muchas Iglesias dentro de la Iglesia católica, ¡afortunadamente! He aprendido de vuestro compromiso con humor, de vuestra indignación con ternura, de esa claridad para definir siempre el lado del que hay que estar: el de los más pobres y desatendidos. Cueste lo que cueste y moleste a quien moleste.

Decía también el Principito que cada uno es responsable de la rosa que ha domesticado. Yo no puedo hablar de domesticar (¡muy lejos de mi intención!), pero sí asumo mi parte de responsabilidad con este maravilloso proyecto compartido y, por eso, os puedo decir con tranquilidad que os dejo en buenas manos. Jaime seguirá al pie del cañón y ya estamos “tentando” a alguna buena amiga para que viaje al Asteroide y, desde allí, nos ayude a abrir los ojos a esas realidades cotidianas que, en medio de nuestro ajetreo diario, a veces nos pasan desapercibidas. Este espacio (la revista en su conjunto, no solo la columna) es un lugar privilegiado desde el cual poder abrir la mirada a un mundo que está ahí, unas veces a nuestro lado y otras en un rincón lejano del planeta, pero al que generalmente prestamos demasiada poca atención. Poder hacerle un espacio en vuestras mentes y vuestros corazones ha sido un privilegio enorme durante todo este tiempo y, por eso, las últimas gracias en realidad deberían ser las primeras, las dirigidas a todos vosotros, que me habéis acompañado y aguantado desde el otro lado a lo largo de esta apasionante aventura.

Decía León Felipe que debemos intentar “que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo, pasar por todo una vez, una vez siempre y ligero, ligero, siempre ligero”… En realidad, ha sido más de una vez, mucho más y, por eso, creo que ha llegado el momento de partir. Pero estoy segura de que nos volveremos a encontrar, defendiendo cualquier causa perdida, que al final lo nuestro es un poco masoquista… Una vez más, gracias a todos por estar siempre ahí.

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