Dios con nosotros

En mi adolescencia, con aquel catolicismo popular e ingenuo que practicábamos, solíamos escribir en los forros de los libros de texto: Virgen santa, Virgen pura, haz que apruebe esta asignatura. Y, todavía estudiando Derecho, recuerdo que hice con un amigo una peregrinación al Cerro de los Ángeles para aprobar la asignatura de Derecho Civil de Federico de Castro. Creo recordar que mi amigo no aprobó en aquella convocatoria.

Desde entonces hemos ido avanzando en la convicción de que Dios nos ha concedido libertad y autonomía y no interviene en nuestros asuntos terrenales, que han sido confiados a nuestra inteligencia y nuestras capacidades. Y sin embargo, en su elocuente discurso en el Areópago, san Pablo afirmó rotundamente: “El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos de hombres ni es servido por manos humanas, como si tuviera necesidad de algo, pues Él es quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas (…) de modo que le busquen y acaso aun a tientas lo encuentren, aunque en realidad no está lejos de cada uno de nosotros porque en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Act 17, 24-28).

Pero ¿cómo se puede afirmar a la vez que no interviene en nuestra vida y que es Él quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas? Y ¿qué quiere decir que en Él vivimos, nos movemos y existimos?

Habría que comenzar afirmando que, ante Dios, que es el misterio absoluto, hay que acercarse en muchas ocasiones con una palabra y su contraria. Por ejemplo, Dios es a la vez la absoluta trascendencia y la inmanencia absoluta.

O, por buscar otro ejemplo, Dios ha querido que exista una Biblia, pero no la ha escrito ni la ha dictado. Ha suscitado sus redactores y de este modo ese conjunto de libros es palabra de Dios sin dejar de ser palabra humana.

Hace poco, con motivo de mi 90 cumpleaños, hacía yo una mirada a mi vida y reparaba en lo siguiente: en la segunda carta a los tesalonicenses San Pablo dice que allí donde estuvo procuró trabajar con sus manos para no ser gravoso a las comunidades. Y añade: “Esto lo digo como un ejemplo a imitar”. A pesar de que esta recomendación apenas si se ha seguido, yo he tenido la suerte de pertenecer a una generación de curas que se animaron a seguir el ejemplo de Pablo. No era fácil. En un país con alto índice de paro, se trataba de encontrar un trabajo a medio tiempo, no costoso físicamente y a ser posible interesante. Pues bien, a lo largo de veintiocho años nunca me faltaron sucesivos trabajos, siempre creativos y que no me impidieron mi tarea pastoral en parroquias en las que siempre estuve solo.

Visto en perspectiva y desde la fe, creo que Dios me acompañó en ese camino, me ayudó y me dio su apoyo para que pudiera cumplir mi decisión de seguir el Evangelio. Naturalmente no era mi agente comercial, sino mi aliento y mi apoyo.

Hace años tuve a mi cargo una página de la revista de Cáritas titulada “Testigos de la caridad”. Mes a mes fui redactando hasta cincuenta biografías de creyentes, algunos muy conocidos, otros menos, que luego se reunieron en un libro con un bonito título: La fuente que mana y corre. Realmente me fascinaron las acciones emprendidas por aquellas personas, las vi siempre como sugeridas, apoyadas, acompañadas por Dios.

Con frecuencia he citado a Madeleine Dêlbrel, aquella mística de la calle. Ella veía -veía, no sólo pensaba o imaginaba- a Dios en todos los pequeños sucesos de la vida. Su testimonio ha influido decisivamente en la corriente mística actual.

A veces he contado una de esas pequeñas historias y podría contar muchas más. Una persona me llamó una vez para pedirme 150 euros porque necesitaba unas gafas. Le dije la verdad, que no los tenía. A los pocos días iba a celebrar un funeral en un colegio religioso. Al prepararlo, las hijas de la difunta me preguntaron si había que dar algo. Les dije que el colegio abría las puertas, movilizaba personas, gastaba luz y sí, estaría bien dejar algo. Y si conmigo hacían lo mismo, yo se lo daría a alguien necesitado. Llegado el día me dieron dos sobres, con 100 euros cada uno; la religiosa encargada tomó el suyo y me dio la mitad; 150 euros que mandé para comprar las gafas.

Se dirá que se trató únicamente de una casualidad pero eso me recuerda una frase atribuida al novelista francés Anatole France: “la casualidad es el pseudónimo que utiliza Dios cuando no quiere firmar”.

Es cierto que todo lo que he dicho sólo se puede decir desde la fe y no es una evidencia que convenza a quien no la tiene. Para él la historia cotidiana es sólo una sucesión de casualidades sin sentido alguno. Para el creyente es la permanente experiencia de que Dios está con nosotros.

Autoría

  • Carlos F. Barberá

    Nací el año antes de la guerra y en esta larga vida he tenido mucha suerte y hecho muchas cosas. He sido párroco, laborterapeuta, traductor, director de revistas, autor de libros, presidente de una ONG, dibujante de cómics, pintor a ratos... Todo a pequeña escala: parroquias pequeñas, revistas pequeñas, libros pequeños, cómics pequeños, cuadros pequeños, una ONG pequeña... He oído que de los pequeños es el reino de los cielos. Como resumen y copiando a Eugenio d'Ors: Mucho me será perdonado porque me he divertido mucho.

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1 comentario en «Dios con nosotros»

  1. Un saludo Carlos,. Creo que en este artículo, como en otros de tu autoría, hablas explícitamente de ti y de tu vivencia, de tu experiencia vital, de tus creencias. Y al hacerlo, de una u otra forma, nos pones a los lectores en la tesitura de pensar sobre las tuyas, sí, pero también sobre las nuestras. Y en esta lectura comparativa quizá podemos encontrar, o no, puntos de concordancia o discordancia, pero también puntos de inspiración y mejor comprensión de nuestras creencias y nuestra realidad cotidiana. Gracias.

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