Invirtamos en paz y no en guerra

“Haz el amor y no la guerra” es un lema pacifista que se hizo popular en la década de los 60. Tal vez habría que resucitarlo en estos tiempos en que nos ensordecen con tambores de guerra. Curiosos tambores que nos avisan, sin decir quién los aporrea, quizás para no reconocer la autoría.

El Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) publicó hace apenas un par de semanas, como cada año, los gastos militares mundiales. En 2023 aumentaron por noveno año consecutivo, llegando a 2,44 billones de dólares (unos 2,30 billones de euros), cifra que supone un aumento del 6,8% en términos reales respecto al 2022. Comienzan señalando que “el aumento del 6,8% en 2023 fue el aumento interanual más pronunciado desde 2009 e impulsó el gasto mundial al nivel más alto que el SIPRI haya registrado jamás”. Lo más alarmante es que el informe del año pasado empezaba de manera similar: “El gasto militar mundial aumentó por octavo año consecutivo en 2022 hasta la cifra estimada de 2,24 billones de dólares, el nivel más alto registrado por el SIPRI”. El gasto por persona en 2022 fue de 282 dólares; en 2023, creció hasta los 306 dólares. Y así desde 1990, no ha parado de aumentar.

Muchas personas, organizaciones y movimientos sociales siguen trabajando por la paz: grupos pacifistas, colectivos noviolentos, organizaciones de derechos humanos o centros de investigación, entre otros. Sin embargo, nunca fueron tan invisibles; perdón: invisibilizados. Es como si la paz estuviera mal vista. Ahora parece que prima la decisión de resolver los conflictos con la violencia. Como la novela y el cine negro nos enseñaron, es bueno preguntarse siempre quién se beneficia de la muerte, de tanta muerte. Y lo sabemos: los fabricantes de armas, los mercaderes de la muerte.

Esto es lo que se hace, pero bien sabemos que los pecados de omisión no son menos graves. Y en este asunto, si el pecado de acción es financiar la muerte; el de omisión es detraer estos fondos de invertir en vida: en educación, en sanidad, en lucha contra el hambre, contra la emergencia climática… Los mismos países responsables de este gasto aberrante no asumen un compromiso ni dedican una fracción de esos recursos a, por ejemplo, combatir el calentamiento global. Entre 2013 y 2021, los países más ricos destinaron 9,45 billones de dólares a gasto militar, mientras que la lucha contra el cambio climático sólo mereció 243.900 millones. Justo lo contrario de lo que reclaman las ecofeministas: la prioridad es poner la vida en el centro.

Alandar siempre ha mantenido su compromiso con la construcción de la paz y la resolución pacífica de los conflictos. El último premio Alandar reconoce la labor del Centre Delàs porque creemos que, si siempre fue necesario alentar a quienes trabajan por la paz, ahora es urgente. Como es urgente denunciar, alzar la voz contra los hacedores de muerte, de todas las muertes, de toda violencia, incluida la estructural, y los gastos militares lo son.

La paz no es ausencia de violencia; es presencia de justicia. Como cantaba el grupo Jarcha allá por los 70’: “cuando los campos maduren, cuando los trigos den pan, pan para todos los hombres [y todas las mujeres] justamente repartido, habrá estallado la paz”. Mucho antes lo dijo Isaías: más arados y menos espadas; más podaderas y menos lanzas.

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