La democracia exige mirar (más) arriba

En este comienzo de año queremos llamar la atención sobre la necesidad de defender y de profundizar la democracia. Porque la democracia nos parece amenazada. Tal vez por eso el éxito de la temporada ha sido estas Navidades No mires arriba, una ficción con mucho humor negro sobre un asteroide que va a impactar contra la tierra, causando un cataclismo, situación que revelará los intereses egoístas, miopes e irresponsables de los dirigentes políticos.

En todo el mundo proliferan las figuras de hombres fuertes que, llegados al poder por la fuerza o mediante las urnas, prometen soluciones basadas en la mano dura y la negación de los derechos humanos: el filipino Duterte, el brasileño Bolsonaro, el turco Erdogan, el ruso Putin…

Este modelo de mandatarios que desprecian el buen gobierno, el bien común y la verdad, se está extendiendo a democracias consolidadas. La Unión Europea ha llamado la atención sobre prácticas no democráticas a Polonia y Hungría. Hay numerosas «democracias en retroceso”, según el Instituto para la Democracia y la Asistencia electoral, de Estocolmo.

No es solo que dos tercios de la población mundial vivan en regímenes autocráticos. Es que crece la erosión de la democracia, cuando gobiernos legítimos la socavan desde dentro. Estados Unidos no se ha repuesto del daño a las instituciones que causó la negativa de Donald Trump a aceptar su derrota electoral. Aún hoy, cerca del 70% de los votantes republicanos piensan que Biden es un presidente ilegítimo.

No estamos ajenos en España a esa erosión de la democracia. Resulta imposible acordar nada entre gobierno y oposición. El discurso político – más desde la oposición – es agrio, todo vale, también la mentira y el insulto. Y la utilización de los inmigrantes como chivos expiatorios de los males patrios. O la crítica despiadada y falaz. En definitiva, la sustitución del necesario debate sobre el país que queremos por el griterío, el titular a corto plazo y el postureo. Parece imposible evitar una sensación de hartazgo y de estar viviendo un descenso hacia tiempos oscuros, en medio de una creciente desigualdad económica que puede socavar aún más la confianza en la democracia como herramienta para solventar los problemas concretos de los ciudadanos.

Muchas personas nos preguntamos qué se puede hacer, cómo se puede revertir la situación. Para superar esta crisis no podemos contentarnos con retozar en el fango de una política de cortas miras. Tenemos que mirar (más) arriba. Y exigir con nuestro voto, con nuestras opiniones en las redes sociales, con nuestras movilizaciones, que nuestros representantes políticos y sociales hagan lo mismo.

Hay que regenerar la fe en la capacidad de la democracia de corregir sus propios errores, renovar sus instituciones y lograr un país más equitativo. Cualquier afirmación fatalista en sentido contrario – más allá de la crítica legítima y necesaria – alimenta la deriva no democrática.

En Alandar nos comprometemos a no dar voz a las voces de odio, ni a hacernos eco de debates estériles sobre cuestiones pueriles. Y, sí, por el contrario, a buscar testimonios y ejemplos de esperanza, de cambios reales y posibles, de victorias – aunque sea parciales – en el camino hacia la igualdad, los cuidados mutuos y la democracia real.

La filósofa y activista Simone Weil termina su ensayo La persona y lo sagrado afirmando que es necesario inventar instituciones para «abolir todo lo que, en la vida contemporánea, aplasta las almas bajo la injusticia, la mentira, la fealdad».

Creemos que debemos aspirar a nada menos que todo eso: una política al servicio de lo que los pueblos indígenas llaman «el buen vivir».

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