Con motivo de la muerte de Francisco y la elección de León XIV, la Iglesia católica ha estado y sigue estando en los medios de manera sorprendente por dos razones: la cantidad de noticias generadas y, en gran medida, la trivialización y superficialidad de las mismas.
En parte esto es lógico, dado el carácter de una comunidad vertida en su interior, con un lenguaje y una cultura que no terminan de encontrarse con el mundo y la sociedad en la que viven, así como la habitual carencia de cultura religiosa y eclesial que, a su vez, esos medios y esa sociedad tienen, sin entrar ahora a discernir responsabilidades.
Acabamos de escuchar al nuevo papa en la homilía de inicio de su pontificado (de “entronización” la han llamado en algunos medios y, seguramente, también así está considerada) y desde Alandar queremos percibir las pistas que sus palabras nos dan de hacia dónde considera que debe enfocar su ministerio, sin presuponer que sea un programa de gobierno:
- El desafío del amor y la unidad, como encomiendas del Señor Jesús a la misión para poder ser fermento para un mundo reconciliado.
- Dirigirse a la humanidad toda para ofrecerle la superación del mal y la muerte.
- No dejar de lanzar la red para sumergir la esperanza del Evangelio en las aguas del mundo.
- El que sólo desde la experiencia de Dios podemos construir.
- El encuentro con las y los hermanos; no se trata de atrapar con el sometimiento o los medios de poder, sino de amar como propone Jesús.
- Ser sucesor de Pedro -no un líder solitario o un jefe por encima de los demás-, a quien se le pide caminar junto a ellos porque todas y todos somos piedras vivas por nuestro bautismo.
- Ser llamados a vivir juntos en la convivencia de las diferencias.
- La superación del odio, la violencia, los prejuicios, el miedo a lo diferente.
- El abandono de un paradigma económico que explota los recursos y margina a los más pobres.
- El encuentro y diálogo con las otras Iglesias cristianas y con quienes transitan otros caminos religiosos o espirituales, con las mujeres y los hombres de buena voluntad.
- Valorar la historia personal de cada persona y la cultura social y religiosa de cada pueblo.
- Trabajar por una Iglesia misionera, que abre los brazos al mundo, anuncia la Palabra y se deja cuestionar por la historia.
Creemos que estas pistas pueden ayudar a dar hondura a aspectos estructurales y de organización que la Iglesia tiene todavía pendientes, tales como: el ejercicio de la autoridad en la Iglesia desde la significatividad comunitaria y no desde el privilegio, el papel de laicas y laicos en la organización de acuerdo con el espíritu del Evangelio y del Concilio Vaticano II, el ejercicio de la sinodalidad desde el reconocimiento de la igualdad y la eliminación del clericalismo, el reconocimiento de la igualdad de las mujeres en todos los ámbitos y para todos los servicios, recuperación del carácter profético y liberador del Evangelio frente a la preponderancia del culto y el control doctrinal, la apertura real de la Iglesia y las comunidades locales a todas las personas sea cual sea su orientación sexual, diálogo de la Iglesia con la sociedad, la cultura y la ciencia como signos del tiempo y del Espíritu.
Con León XIV iniciamos un tiempo nuevo que debería afrontar estos y otros retos que nos hagan creíbles, personal y comunitariamente, para poder ofrecer la Noticia Buena al mundo.
