Si, según el refrán clerical, en tiempo de melones no hay sermones, es posible que tampoco haya grandes disquisiciones. Por esta razón quiero limitarme a contar un par de historietas y sacar una pequeña conclusión.
Huyendo del calor de Madrid el último verano pasé unos días en Espot, un pueblo del pirineo de Lérida, de unos 600 habitantes, visitado en aquellos momentos por muchos veraneantes y turistas. Tenía una iglesia bastante grande, siempre cerrada menos los sábados a las seis y media de la tarde, en que llegaba un cura a celebrar la misa. El día que asistí yo estábamos en la iglesia siete personas, tres de ellas venidas de fuera. A la vista de ese panorama -adicto como soy a escribir cartas- envié una al obispo de Seo de Urgel comunicándole mis sentimientos y ofreciéndole algunas reflexiones. Como no me contestó ni acusó recibo volví a escribirle otra carta reprochándoselo y diciéndole que no era incompatible ser obispo con ser educado. Pero ni por esas.
Dos años antes había pasado mis vacaciones cerca de Cambados. Busqué la iglesia más cercana pero nadie contestó a mis llamadas para decirme el horario de misas. Llamé a otras parroquias del contorno pero carecían de esa información. Fui de todos modos, la encontré pero en la puerta no había ningún cartel informativo y por tanto tampoco de los horarios de las misas. Unas mujeres que llegaron al cementerio parroquial adyacente me dieron la información: Había llegado, por pura casualidad, con media hora de adelanto. La misa fue como todas, convencional, pero justo la semana antes los talibanes habían conquistado Afganistán. Eché de menos que las preces fueran también convencionales y no hubiera ninguna dedicada a ese trágico suceso y a sus víctimas. Llegado a Madrid escribí igualmente una carta al párroco que, naturalmente, no me contestó.
Y ya puestos a contar historias, referiré la homilía que un amigo mío escuchó en la iglesia madrileña de Santa Teresa y Santa Isabel; el evangelio había hablado del matrimonio y el predicador dijo: “la relación en el matrimonio del hombre y de la mujer es como la mía con mi obispo. Somos iguales, pero él tiene autoridad”. Le reproché a mi amigo que no hubiera protestado, por mi parte escribí al vicario al que pertenece esa parroquia. En vez de enviar a ese cura a hacer un curso matrimonial, me contestó diciendo algo así como: ojalá el Espíritu nos ayudase en nuestro cometido.
Pero ahora viene mi moraleja. Los que vivimos en grandes ciudades, si vamos los domingos a misa, buscamos una que nos agrade y que nos ayude. Sin embargo en verano, si estamos en un lugar pequeño, tenemos que asistir a lo que haya. Sería bueno comentar esas experiencias que ojalá sean buenas pero, como en los dos casos antedichos, no lo fueron. Y en uno y otro caso escribir al obispo que corresponda para enviar nuestra felicitación o nuestra crítica.
Estoy convencido de que nuestras malas experiencias con la Iglesia no suelen producir sino un comentario con amigos. Mi recomendación es que den lugar a una carta o un correo al responsable.
Estoy convencido también de que mis posibles lectores no lo van a hacer, pero por mi parte ahí quedan la sugerencia y el encargo.
Porque en tiempo de melones sí se pueden hacer recomendaciones.
