Hay muchas frases de Jesús que se repiten, se proclaman, se saben de memoria pero raramente se analizan. Las damos por buenas sin que tengan ninguna repercusión en nuestra vida. La que encabeza estas líneas es una de ellas, tomada de Mt 18,3.
Creo que es poco conocida la historia siguiente: en el siglo XIII, Federico II, emperador del Sacro Imperio Germánico y rey de Sicilia, deseó saber en qué idioma hablarían niños a los que no se les enseñase ninguno. En efecto, encargó que a un grupo de niños se les atendiera esmeradamente pero no se les dirigiera la palabra. El resultado fue que todos murieron. Y es que, en efecto, los niños tienen necesidad, para poder vivir, de palabras y cuidados cariñosos.
Naturalmente, la recomendación de Jesús no se trata de ningún tipo de infantilismo, sino de reproducir la actitud confiada de los niños. Un niño es ante todo un ser que recibe, que espera lo que otros le den, que vive confiadamente esperando su comida, su cama caliente pero, sobre todo, unos brazos acogedores, la atención, el cuidado y la ternura de los mayores.
Pues bien, si no nos hacemos como esos niños, no entraremos en el reino de los cielos. El cristianismo, sobre todo en su vertiente católica, ha puesto siempre el acento en la confianza, en que nos sintamos transidos de lo sobrenatural que nos envuelve, nos acompaña, nos arropa, nos anima y en que, como niños, debemos dejarnos cuidar. Es lo que en el lenguaje místico se llama infancia espiritual.
No es necesario recordar que fue santa Teresita de Lisieux quien vivió y describió ese camino de confianza absoluta, no en nuestros méritos o capacidades, sino en la cercanía y el apoyo de Dios: “Es la confianza y nada más que la confianza la que debe conducirnos al amor”.
Alguna vez he reproducido el poema de las tres virtudes, de Charles Pèguy:
“La fe, dice Dios, no me asombra. Yo resplandezco realmente en mi creación. La caridad, dice Dios, no me asombra. Estas criaturas son tan desgraciadas que, a menos de tener un corazón de piedra, cómo no tener caridad por ellas. Pero la esperanza, dice Dios, esto sí que me asombra. Que estos pobres hijos vean todo lo que pasa y crean que mañana todo irá mejor. Esto es lo que es asombroso y la mayor maravilla de nuestra gracia. Esta pequeña esperanza…”
El teólogo suizo Hans Urs von Balthasar tomó este texto para defender el carácter infantil de la esperanza. Es pequeña, es como la actitud de los niños que no pueden hacer otra cosa que confiar.
Parece, así lo dicen muchos analistas, que estamos entrando en un mundo individualista que no fomenta la confianza sino todo lo contrario. Cada uno es el único responsable de sí mismo y en esa tarea los demás son potenciales adversarios. Los emigrantes atacan nuestras esencias; los gays, nuestra moral; los pobres, nuestra tranquilidad. Hay que alejarlos de nuestras vidas, que hemos de construir nosotros mismos y nadie más. Pues si esto es así, hemos de luchar para que la confianza en los demás, en la vida y en Dios sea el espacio de nuestra existencia. Como hacen los niños. Y sólo así entraremos en el Reino de los cielos. En caso contrario perteneceremos al de la Tierra. La peor Tierra, por la que algunos quieren que votemos.
