San Carlos de Foucauld, El “Santo de la puerta de al lado”

El pasado 15 de mayo, en la Plaza de San Pedro, en Roma, el Papa Francisco canonizó a diez beatos, diez personas cuya espiritualidad la Iglesia católica pone en manos de los fieles como modelo de vida. Entre ellos, Carlos de Foucauld de cuya herencia espiritual nos habla la autora de este artículo.

Carlos de Foucauld es uno de esos nuevos santos. Nació en Francia a mediados del siglo XIX. Huérfano a la edad de 6 años, él y su hermana Marie, a quien llamaba cariñosamente Mimi, pasaron a la custodia de su abuelo, el general de Morlet, quien se ocupó de su educación. En la adolescencia, influido por ciertas lecturas, Carlos pierde la fe. Más tarde, entra en la academia militar, sin demasiado entusiasmo…

Poseedor de una gran fortuna, en su interior existe un vacío que le hace sentir gran hastío: no le satisfacen los placeres a los que se entrega con sus amigos.

Emprende una expedición por Marruecos, por entonces cerrado a toda presencia europea y se ve obligado a entrar en el país disfrazado de judío, en compañía de un rabino, que conocía su identidad y le ayudó durante todo su periplo. Allí descubre Carlos el mundo musulmán, que le fascina. Primeramente, la acogida recibida, aun cuando algunos sospechaban de su verdadera identidad, sin delatarle; sin embargo, lo que capta su corazón y su pensamiento es el hecho de ver a creyentes prosternados ante el Ser supremo en profunda adoración.

De vuelta a Francia, sigue buscando la Verdad y la encuentra de la mano del Padre Huvelin, quien será su acompañante y guía durante años.

Eterno buscador del Absoluto desea vivir la vida de Jesús en Nazaret, tal como él la concibe,sin honores, sin posesiones. Allí permanece unos años y al volver a Francia es ordenado sacerdote. Finalmente, se instala en el desierto, en Argelia, viviendo como ermitaño, pero amigo de todos. Así lo expresa: “Deseo acostumbrar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos e incluso idólatras, a verme como su hermano… Ya empiezan a llamar a mi casa ‘la fraternidad’ y esto es de mi agrado”.

Hermano de todos, ermitaño, adorador de la Eucaristía, Carlos, el «hermano universal», comparte su vida con sus vecinos tuaregs, hasta el día de su muerte, en soledad, ocurrida el uno de diciembre de 1916.

Carlos muere solo pero su espiritualidad “escondida”, discreta, su amor a Jesús y a la Eucaristía, su vida, fue dando frutos en diversas congregaciones:

 Las Hermanitas del Sagrado Corazón, las congregaciones masculinas fundadas por René Voillaume, las Hermanitas de Jesús, congregación a la que pertenezco, así como diversos grupos de laicos e institutos seculares. Hoy, los discípulos del Hermano Carlos estamos agrupados en la Asociación Familia Espiritual Carlos de Foucauld.

Nosotras, las Hermanitas de Jesús, deseamos vivir su legado: vida contemplativa en medio del mundo, viviendo de nuestro trabajo, de preferencia en barrios y ambientes desfavorecidos. Queremos también ser hermanas universales. Como el Hermano Carlos, deseamos que todas las personas se sientan “hermanos acogidos” en nuestras fraternidades.

Foto: Hermanitas de Jesús

Nuestra Fraternidad nace en Argelia, el 8 de septiembre de 1939, momento del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Momento de ‘desgarre’ de la Humanidad, momento en que el amor universal suena a utopía. Y nace en ambiente musulmán, para los creyentes del mundo musulmán.  Unos años después la Fraternidad se abre a la universalidad, pero este «primer impulso» de nuestra vida como congregación religiosa, sigue marcando nuestra espiritualidad. El mundo musulmán nos ha sido dado por Jesús, a través del Hno Carlos que aprendió a amarlos en su vivir diario y nos legó este amor. De él aprendemos a amar al otro «diferente», respetando sus creencias, compartiendo la vida… y reconociendo los valores que ese «otro» vive.

El centro de nuestras fraternidades, como lo era para el Hermano Carlos, es la Eucaristía: alrededor de ella, nuestra casa, nuestra presencia en los barrios en que vivimos, ha de manar de ese misterio central de la vida cristiana. La vida sencilla, contemplativa en medio del mundo, una vida de relaciones y de amistad  que Carlos de Foucauld nos ha legado a través de Hermanita Magdeleine, nuestra fundadora. ¡Es la vida de cada cual, hombres y mujeres de nuestros días y de siempre!

Después de tantos años de vida oculta, como Jesús en Nazaret, la Iglesia reconoce la espiritualidad, la del “santo de la puerta de al lado”, en palabras del Papa Francisco, quien en la homilía del día de la canonización nos dijo que, para ser santo, no es necesario hacer grandes cosas, sino poner mucho amor en las pequeñas.

En la Eucaristía de acción de gracias, en la Basílica de San Juan de Letrán, el cardenal De Donatis, que la presidió, dio gracias al nuevo santo por haber “osado” vivir su vida en el Sahara argelino, en seguimiento de Jesús de Nazaret, en la vida ordinaria, en el día a día compartido con sus vecinos como “el hermano universal”.

El cardenal se dirigió a Carlos de Foucauld en estos términos: “Gracias porque amaste la vida, te atreviste a explorarla en todas sus facetas, saboreaste los sentimientos y las pasiones, no te resguardaste de nada. Gracias por perder el corazón por Jesús de Nazaret y por encontrarlo en cada criatura como hermano y hermana. Gracias por tus dudas, preguntas e insatisfacciones. Gracias porque tu amor nunca te parecía suficiente. Gracias por las relaciones que tejiste con tanta fidelidad, porque amaste a tu familia…. Gracias porque nunca terminaste de construir el muro que hubiera marcado tu recinto y en cambio abriste la puerta de tu ermita y de tu corazón a muchos…

Muchos de nosotros formamos parte de esa espiga nacida de ti, grano de trigo sembrado en las arenas del Sahara argelino…. Gracias Hermano Carlos…”

                                                             Hermanita Elena Celia de Jesús

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